La recta final de la 67 edición del Festival Internacional de Santander ha congregado en sus últimos conciertos, sin desdoro de la programación precedente, citas musicales de primer calibre. Ejemplo de ello es la coyuntura que nos ocupa, a saber, la esperada visita de la Orquesta Filarmónica de Róterdam y Yannick Nézet-Séguin, en colaboración con el pianista Yefim Bronfman, para desgranar un repertorio de alta exigencia interpretativa: Concierto para piano núm. 2, de Liszt, y la Sinfonía núm. 4, de Bruckner. La expectativa alimentaba la imagen de una lectura enérgica, fundada en la fama que precede al conjunto neerlandés, así como a Nézet-Séguin, su director titular desde 2008 y que, en virtud de los numerosos éxitos logrados, ha sido designado como Eredirigent a partir del presente curso, además de próximo responsable musical del MET de Nueva York, en 2020. De este modo, la ocasión extendía el tono de despedida al férreo vínculo que durante más de 10 años han mantenido las filas de la OFR con el conductor canadiense, lo que aumentaba la intensidad de la atmósfera preparatoria.

El pianista Yefim Bronfman y la Filarmónica de Rotterdam bajo la dirección de  Yannick Nézet-Séguin © Pedro Puente Hoyos | Festival Internacional de Santander
El pianista Yefim Bronfman y la Filarmónica de Rotterdam bajo la dirección de Yannick Nézet-Séguin
© Pedro Puente Hoyos | Festival Internacional de Santander

En dicho contexto, abrió la velada la página lisztiana, atravesada de requerimientos técnicos y concebida como un verdadero despliegue de tropos virtuosísticos, donde la figura del pianista se agranda hasta límites inexplorados en su fecha de composición, 1839-1840. En este sentido, la presencia de Yefim Bronfman desempeñó un rol protagónico desde que entró en el escenario: la decisión con la que fueron ejecutados los arpegios iniciáticos del Adagio sostenuto assai -en todo momento tomando contacto visual con Nézet-Séguin y, más adelante, con los solistas orquestales correspondientes- evidenció pronto el deseo de no incurrir en el vicio perezoso de la representación automática. Antes al contrario, sorprendió la excitación que se manifestó en el transcurso del recorrido y Bronfman, en un estado de forma asombroso, brindó portentosas muestras de su dote al teclado.

No desentonó en la alianza, por lo demás, la OFR, que supo responder ante la electricidad descrita con no menor firmeza. Destacaron a este respecto las voces graves del quinteto de cuerda -es menester elogiar las intervenciones de violas y chelos, asimismo en lo relativo a los pasajes de solo- y la sección de fagotes, con un sonido empastado y profundo, pero también ligero, adecuado para evitar el estancamiento de los tempi -en general ágiles aunque en una tesitura moderada, especialmente contenida en el Allegro animato postrero-. En suma: sobresaliente exhibición, particularmente agradecida en cuanto al recital de Bronfman se refiere.

La segunda parte cambió de tercio y propició la abrumadora densidad sonora que suscita la obra sinfónica de Bruckner. Tras su escucha, puede recordarse uno de los pensamientos que Paul de Man articuló en La estructura intencional de la imagen romántica (1960): «El lenguaje poético solo puede originarse nuevamente, una y otra vez: es siempre constitutivo, capaz de postular independientemente de la presencia, pero, por esa misma razón, incapaz de proporcionar otra fundación a aquello que postula que no sea la intención de la conciencia». Idéntica parece ser la consigna sobre la que se erige la inmensa construcción bruckneriana, basada en una prodigiosa reelaboración del tema principal del Bewegt, nicht zu schnell.

Así, Nézet-Séguin y la OFR plantearon su exégesis como compactación exuberante, apuntalada en la función armónica y una recursividad que cuajó con la solidez de las versiones ínclitas. Un papel fundamental de tal labor residió en las pedales y los intervalos decisivos de cada acorde, primorosamente liderados por las violas y el oboe. Tampoco defraudaron las particelle de metales, que se saldaron hasta el finale con la majestuosidad y el carácter bruñido que alientan los corales de trompa y trombones. El efecto conseguido aboca a experiencias similares a las del trance, donde el mantra de los excesos románticos -se percibió la inercia en la que se inscribe la Cuarta, continuadora del homenaje a Wagner inmediatamente precedente- fue recreado con la organicidad y la tensión demandadas por una de las cumbres compositivas de finales del siglo XIX. La plenitud de los motivos y la preocupación por el detalle -desde el pianissimo de violines que inauguró la interpretación hasta los redobles de timpani conclusivos- encauzaron el desbordante derroche de fuerzas desprendido por Nézet-Séguin y la formación de Róterdam.

Al socaire de lo escuchado, queda una sensación agridulce: el lamento por la terminación de semejante enormidad musical. Pero también la celebración de su apoteosis. 

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