Regresa Maurizio Pollini a Madrid en el marco del Ciclo de Grandes Intérpretes. Nos debía su visita desde el 20 de octubre, en ocasión de un concierto que tuvo que aplazarse por enfermedad del maestro. Nos alegramos de su recuperación y le damos la más cálida bienvenida en el escenario del Auditorio Nacional. Ya habrá notado que es muy querido en Madrid, a juzgar por la calurosa acogida; y eso que nos traía un programa que contenía algunas piezas que siempre han gozado de una fama más bien tibia, a saber, las opus 11 y 19 de Arnold Schönberg. Quienes hemos seguido un poco su trayectoria sabemos que Pollini siempre ha sido un gran paladín de la música del siglo XX, así que podíamos esperar, sin duda, una gran interpretación de estas singulares composiciones.

Maurizio Pollini
© Mathias Bothor | DG

Y así fue; y aún nos atreveríamos a afirmar que la parte del recital dedicada a Schönberg fue la más interesante en cuanto a nivel interpretativo, enfoque técnico, calidad del fraseo y estructura rítmica. Y no nos olvidamos del dominio dinámico del piano, que resultó particularmente abrumador en los pianísimos del Sehr langsam de la Opus 19; un pianísimo de tal maestría que sonó incluso por debajo de los sonidos estructurales de la sala. Todas las inquietudes posibles que pueden emerger de una audición de estas piezas resultaron perceptibles a tenor de una articulación de las frases ejemplar. Favoreció el discurso contrapuntístico, y aplicó un enfoque rítmico que mantuvo en alza en todo momento la dirección expresiva. Sin duda son unas composiciones que requieren un dominio técnico riguroso, toda vez que es sabido que no son particularmente cómodas, y evidentemente el pianista tiene este elemento más que dominado.

Por eso nos resultó llamativo que no se mantuviera el mismo nivel de eficacia en el resto del programa, y no terminamos de entender la razón de unas interpretaciones más bien poco cuidadosas con la calidad del pulso y del fraseo. La Barcarola, op. 60, que dio inició al programa “chopiniano” aún mantuvo un vaivén rítmico apropiado para la imagen extra musical que se pretende evocar; pero ya empezó a vislumbrar una mayor presencia del pedal que, unido a una velocidad un tanto elevada y a un sonido dispuesto fundamentalmente en los registros fuertes, perjudicó un poco al resultado final.

A la vuelta del descanso tuvimos la oportunidad de escuchar una de las grandes obras del repertorio pianístico, la Sonata, op. 35 que contiene la majestuosa Marcha fúnebre. Inolvidable en manos de Pollini este tercer movimiento que nos conmovió alternando el sonido grave y severo del inicio de la Marcha, con el sonido cristalino y calmado de su sección central. Los dos primeros movimientos y el Finale se vieron, en cambio, comprometidos por bastantes imprecisiones que, en suma, vinieron a perjudicar la estructura general de la gran obra. Más o menos en la misma línea se presentaron las piezas restantes del programa, aunque cada una con su propia idiosincrasia. Nos pareció en la Berceuse que el ritmo ostinato que afronta la mano izquierda se aceleraba y se ralentizaba más bien para acomodar las dificultades propuestas al canto que por alguna razón musical o expresiva. La Polonesa, en cambio, nos cautivó sin duda con la brillantez de un sonido amplio y marcial.

Ahí terminó el programa, pero no el concierto, ya que Pollini aun quiso regalarnos su interpretación de la famosa Balada, núm. 1. Sin entrar en la banal discusión sobre si es esta una obra con carácter de propina, nos pareció en todo caso que casaba con el enfoque aplicado en el resto de las obras de Chopin, no demasiado cuidadoso con el fraseo y con la precisión, pero sí brillante en el carácter y muy propenso a grandes velocidades y amplios sonidos.

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