El grado de carisma se puede medir por la capacidad de producir imágenes y generar metáforas. En el caso del intérprete musical, quien posee el carisma es capaz de recrear adecuadamente a través de su ejecución esos mundos que yacen en el papel pautado hasta que alguien decide interpretarlos, convirtiéndose en el filtro que da acceso a esa recreación. Es esta una forma de acercarse a lo que representa Martha Argerich desde hace ya decenios. Con su estatus de leyenda viva del piano y su fuerte personalidad, es natural que acapare las atenciones, incluso cuando, como ya ocurre en los últimos años, no se presenta sola. De hecho, no es la primera vez que visitaba Madrid con el formato de dos pianos: en esta ocasión la acompañaba Nelson Goerner para enfrentarse a un repertorio que incluía a Debussy, Mozart y Rachmaninov.

Martha Argerich
© Rafa Martín | CNDM

En blanc et noir nos ofrecía desde los primeros compases un abanico de sonoridades y ponía a prueba el entendimiento del dúo pianístico. Lo más interesante de este tipo de formación es probablemente la capacidad de construir un discurso conjunto, elaborando una amalgama sólida y sin estridencias, algo en lo que la pareja Argerich/Goerner destacó desde el principio. Goerner demostró desde los primeros compases no ser un mero acompañante, sino un pianista de discurso inteligente, nitidez en la exposición y precisión y brillantez en el toque. Por otro lado, Argerich hizo gala de su carisma (en la acepción mencionada unas líneas más arriba) con una conducción amable, aun sin perder un vigor excepcional, aunque reservó sus mejores bazas para los momentos más introspectivos, como en el segundo movimiento de la suite de Debussy, donde envolvió la sala entre sonoridades suspendidas y un toque ligerísimo y diáfano. El tercer movimiento dio otra muestra de la conexión entre ambos, construyendo un fraseo compartido que sacó a relucir las filigranas del compositor francés. 

Nelson Goerner y Martha Argerich en el Auditorio Nacional
© Rafa Martín | CNDM

A continuación, la Sonata para dos pianos en re mayor, K448 fue un dechado de agilidad y vitalidad en sus movimientos extremos, en los que Argerich y Goerner se recorrían y se completaban en todas las latitudes del pentagrama, con solvente complicidad, a la vez que desarrollaban el material mozartiano sin excesos en las dinámicas ni en los tiempos. Por otro lado, el extenso Andante reunió todos los aciertos posibles de los intérpretes con un proceder sosegado, pero con una tersura y una continuidad en el fraseo impecables, unas sonoridades sutiles pero firmes, así como una tímbrica compacta entre ambos pianos, pero pudiendo apreciar los matices de cada dedo en el teclado.

Si el concierto hasta ahora se había mantenido delicado y amable y Argerich nos había sorprendido con su introspección, las Danzas sinfónicas op.45b de Rachmaninov se encargaron de mostrar la otra faceta de la formación. La última obra en el catálogo del compositor ruso requiere un virtuosismo sin concesiones, de complejas figuraciones rítmicas y una contundencia sin reparos. Argerich y Goerner, Goerner y Argerich, nos brindaron unas páginas llenas de robustez, precisión quirúrgica y pujanza. Desde un sonido rico de resonancias en el bajo, marcando los contrastes tanto dinámicos como tímbricos, la primera de las danzas emergió con destellos desde la amplia cromática. En el siguiente movimiento, en tiempo de vals, se dio un interesante juego de caracteres entre los temas y también las sutiles diferencias entre los dos intérpretes: más aterciopelada y asentada Argerich, más afilado e inquieto Goerner, pero llevando esta dialéctica con elegancia.

Nelson Goerner y Martha Argerich
© Rafa Martín | CNDM
El tramo final conjugó la disciplina de un discurso riguroso con un vibrante impulso, permitiendo incrementar el potencial cuasi sinfónico de cada instrumento: la escritura eléctrica que se alterna con los momentos más ensoñados propició un clima de extático en el que todo dependía de unas manos que se alzaban elegantemente sobre el teclado para después arremeter con decisión e involucrar a todos los presentes, como si la escritura de Rachmaninov nos inundara, implacable.

Así, ante todo, un concierto de Argerich (o con Argerich, como en este caso, en el que sin duda Goerner también se reveló como un pianista de primer nivel) es una lección sobre qué significa ser un intérprete, no solo más allá de la técnica o del discurso, sino en torno a la transcendencia de su gesto y su carisma. El intérprete es aquel, por ende, que nos conduce a la obra, y cuanto más carismático es, más lo hace de manera exclusiva, uniendo el destino de la obra al suyo propio.

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