Algunos de los solistas de Les Arts Florissants junto con su director musical asociado, Paul Agnew, han decidido enfrentarse a la integral de los seis libros de madrigales de Carlo Gesualdo, un proyecto que les llevará tres años. Decisión peculiar y comprometida porque si bien Carlo Gesualdo no es un autor para nada desconocido, tampoco deja de ser un personaje alimentado, de un lado, por su leyenda negra, y por otro, especialmente notable por los madrigales rompedores de sus últimos dos libros. En lo que concierne al primer aspecto, incluso Agnew se ve obligado a recordar, en una nota al programa de mano, como “el conde Gesualdo fue un «autoproclamado» asesino violento, un devoto y arrepentido cristiano, un noble y un compositor publicado al mismo tiempo”. De alguna manera, la contradicción viva de su figura parece erguirse como la explicación para una música tan innovadora para la época, sin considerar el caldo de cultivo y la propia evolución musical entre los siglos XVI y XVII.

Allan, Morrison, Richardot, Clayton, Agnew y Grint durante el concierto © Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) | Elvira Megías
Allan, Morrison, Richardot, Clayton, Agnew y Grint durante el concierto
© Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) | Elvira Megías

Sin embargo, la intención de Les Arts Florissants mantiene una orientación opuesta: no es que ignore la específica dimensión humana del conde (en último término, toda creación artística es un acto individual), pero sí que pretende introducirla en un contexto, histórico y musical para comprender, de forma sensata, que incluso las grandes rupturas están precedidas y preparadas por diversos elementos. Entonces, y aquí entra en valor el carácter no solamente artístico, sino también investigador del conjunto francés, cuanto más conozcamos ese contexto y la totalidad de la obra del autor, mejor podremos apreciar y disfrutar de las composiciones más interesantes: un placer para el oído, acrecentado por el intelecto.

El programa abarcaba desde 1547 con Anchor che col partire de Cipriano de Rore hasta 1650 con Alma afflitta, che fai? de Michelangelo Rossi, aunque el bloque más consistente fue justamente el segundo libro de los Madrigali a cinque voci de Gesualdo, publicados en 1594. La formación se presentó con Miriam Allan y Hannah Morrison, sopranos, Lucile Richardot, contralto, Edward Grint, bajo y Sean Clayton y el propio Agnew, como tenores. Realmente a los seis juntos les oímos solamente en la pieza inicial que fue de Orlando de Lasso –Concupiscendo concupiscit–, y luego se fueron alternando, especialmente las dos sopranos y los dos tenores. Otro signo del buen hacer del conjunto fue la presencia de textos utilizados tanto por Gesualdo, como por otros compositores como en el caso de Se taccio il duol s’avanza de Pomponio Nenna, O come è gran martire de Monteverdi o Non è questa la mano de Luca Marenzio; de este modo se pudo apreciar las distintas soluciones musicales aplicadas a un mismo texto. También se lanzó una mirada hacia el Gesualdo más maduro, el de las Sacrae Cantiones de 1603, aludiendo al cromatismo que se considera como cifra característica del compositor. A través de la primera parte quedó muy bien definido el lugar donde la obra principal se emplaza y además pudimos apreciar distintos matices interpretativos, desde la ortodoxia polifónica de Lasso y Rore hasta el ocaso del género madrigalista de Rossi. Agnew y sus compañeros dejaban claro como la evolución de la música vocal del periodo se desarrolla lenta, pero inexorablemente.

En lo que concierne al segundo libro de madrigales de Gesualdo fue una interpretación rigurosa y concentrada. La alternancia de algunos de los cantantes permitía variaciones tímbricas: en tal sentido, Allan presenta una voz más brillante que Morrison, así como Agnew tuvo más gravedad que Clayton, pero se puede afirmar que todas las combinaciones funcionaron bien, especialmente en la entonación que es seguramente el aspecto primario en este género. En lo que se refiere a las pautas interpretativas, cabe decir que fueron constantes y firmes durante todo el concierto: desde el comienzo se plasmó un sonido bien empastado que quedaba reflejado incluso en los movimientos corporales de los intérpretes: dispuestos en semicírculo, se podían apreciar matices distintos según la orientación que cada cantante tomaba, jugando con el espacio y la expansión del sonido en la sala. Las polifonías quedaron bien trazadas, con justo equilibrio; también los respiros y el fraseo fueron acertados y medidos. Tal vez se notaron ciertos ligeros desajustes rítmicos en algunas de las entradas y una aceleración poco usual de algunos momentos, apareciendo como un recurso algo forzado para romper el plácido andamiento de las varias piezas.

La tesis del proyecto de Les Arts Florissants es claro: en la obra de Gesualdo no hay misterio que resolver, sino un camino complejo, pero trasparente, un círculo de interpretación e interpelación que nos devuelve, al final del recorrido, una imagen lo más completa posible. Y los medios para conseguirlo han de ser el rigor, el conocimiento profundo de las fuentes y una mesura ejemplar para lograr devolvernos el magnífico entramado polifónico.

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