Normalmente los momentos previos a la interpretación de un concierto sinfónico suelen ofrecer algunas pistas, más o menos acertadas, que prefiguran de alguna manera cómo va a ser el devenir del mismo. Aquellas a las que estamos más acostumbrados suelen reducirse a la presencia de una orquesta que aguarda a su director sobre el escenario, con cada miembro ensayando su parte a su manera, emitiendo sonidos que, en el conjunto, resultan desordenados. Por eso siempre es llamativo que una orquesta se presente en el escenario con la afinación y los pasajes ya resueltos, pues produce el reconfortante efecto de que todos los detalles se encuentran controlados. Así hizo el Balthasar Neumann Ensemble en la Sala Sinfónica del Auditorio, con ocasión de un programa variopinto, compuesto por el archiconocido Réquiem de Mozart y por la inaudita Missa Superba de Kerll.

Balthasar Neumann Ensemble © Florence Grandidier
Balthasar Neumann Ensemble
© Florence Grandidier

A juzgar por el resultado general de esta Misa no parece que el director Thomas Hengelbrock elija sus obras como calentamiento para afrontar luego obras de mayor aliento. En el desarrollo de esta composición ya se apreció que Hengelbrock, además de director, es un musicólogo que ha invertido esfuerzo y tiempo no sólo en la manifestación externa e instrumental de la estructura musical, sino en la inspección minuciosa de su arquitectura interna. De esta suerte, pudimos escuchar dentro de la masa orquestal cada una de las sutiles articulaciones contrapuntísticas que la componen, y hacernos ideas claras de cómo se desenvuelven y retuercen las líneas melódicas instrumentales, en su conjunción y diálogo con las vocales. Por lo demás, resultó una efectiva oferta para dar a conocer de la mano de un presentador hábil la obra de un compositor que no se prodiga mucho por las salas de concierto, y que tiene un carácter solemne pero no autoritario, agradable pero no banal. Ni un solo aplauso toleró Hengelbrock al final de la misa de Kerll. Sin dar tiempo a los oyentes para interiorizar retrospectivamente las bondades de esta partitura (y sin dar pie al tumulto de toses y murmullos habitual entre dos obras), apenas mantuvo unos segundos de silencio y dio pie, sin más, a la tremenda Misa de Réquiem de Mozart. Y digo tremenda, porque en manos de este director, no hubo un solo momento en toda la interpretación en que el oyente pudiera sustraerse al drama y a la inevitabilidad de la muerte.

Katja Stuber © Maria Conradi
Katja Stuber
© Maria Conradi
La sensación desde el Introito fue la de un fluir ligero y decidido promovido por el órgano y las cuerdas, en absoluto pesante, sobre el cual se destacaron los quejumbrosos fagotes hasta la irrupción del timbal y los trombones. En este momento se presentó el coro entonando el inconfundible Requiem aeternam que continua la línea del fagot. Aquí se presentó resolutivo e imponente, con una capacidad para la articulación y el contrapunto sobresaliente, por no hablar de la impecable pronunciación que persistió intachable durante todo el concierto, y de una capacidad para emitir un sonido de conjunto potente, pero sin agresividad. A todo esto hay que añadir la habilidad vocal para afrontar el Kyrie a la velocidad imposible que propuso el director, sin tropezar en ningún compás y sin comprometer la perceptibilidad de las líneas fugadas que se entrelazan constantemente. Todo el texto pudo apreciarse sin atropellos en todo momento, y además con una afinación igualmente impecable que no mostró fisuras en ningún momento.

Las únicas, tal vez, las pequeñas pero importantes imprecisiones del trombón con ocasión del Tuba mirum, y las intervenciones más bien tímidas, si bien correctas, del grupo solista, excepción hecha de la soprano Katja Stuber, que se mostró, en general, más compacta y expresiva. Cabe destacar, por cierto, que el conjunto solista no se desprendió físicamente del conjunto coral, y que ejecutó sus líneas desde el mismo coro, solapándose, además, entre ellos, pues todos los músicos que interpretaron el Réquiem vistieron de negro, sin excepción.

Se trata pues, como ven, de un concierto meticulosamente preparado sobre una partitura estudiada hasta sus últimos rincones, y dirigido por un maestro que, aún dejando en todo momento una evidencia incontestable acerca de cómo quiere que se interprete la obra, es capaz de mantener una orquesta cuyos músicos no dejan por ello de expresarse individualmente. Sin duda, la imagen de los miembros del Ensemble abrazándose calurosamente entre todos, al término del concierto, nos da una idea más de la extraordinaria formación que hemos podido escuchar en Madrid.

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