Fundado en 1998, el conjunto francés Café Zimmermann ha trazado una trayectoria no únicamente dilatada, sino asimismo lustrosa. Se trata de un rasgo análogo a la institución que le da nombre: la legendaria cafetería homónima sita en la Marktplatz de Leipzig, sede dieciochesca del Collegium Musicum, fundado por George Philipp Telemann, y enclave que acogió el estreno de numerosas obras de Johann Sebastian Bach. Pero, además del rótulo, ambas entidades comparten otro rasgo destacado, que articula el programa que nos concierne: la vinculación celebratoria con movimientos musicales pertenecientes al siempre complicado de acotar período barroco. En este caso, la sucesión cronológica se presta más o menos a la determinación, segunda mitad del siglo XVIII, y el criterio temático, al margen de la sugestiva referencia al baile y la batalla, se cifra en la materia que constituye la nómina de los propios autores, en nuestra coyuntura, con la excepción de la breve pero no por ello menos indicada presencia de J. J. Froberger, protagonizada por los compositores bohemio-austriacos H. I. Franz von Biber y J. H. Schmelzer.

Los integrantes de Café Zimmermann © Jean Baptiste Millot
Los integrantes de Café Zimmermann
© Jean Baptiste Millot

Por tanto, el catálogo de piezas a interpretar adoptó la apariencia de una urdimbre que exploró la alternancia entre Schmelzer y Biber, todo ello a través de una panoplia de estructuras rítmicas, armónicas y, en definitiva, formales que dieron cuenta de la ebullición estilística que recorrió el contexto referido. Una de las mayores virtudes que pudimos percibir en la actuación de Café Zimmermann radicó en la cohesión de su sonido, construida, fundamentalmente, desde la base de la sincronía en los cambios de arco y en el equilibrio con relación a la presión ejercida por archi en las respectivas cuerdas de sus instrumentos. De este modo, como fue particularmente patente, por ejemplo, en la Serenate con altre aire, a cinque de Schmelzer o en la Sonata núm. 9 en si bemol mayor, a cinque de von Biber, el resultado sonoro de los bloques de acordes al unísono liberó un espectro de armónicos amplio y, en la mayoría de las ocasiones, perfectamente afinado, produciendo así un balance meritorio entre la profundidad y densidad del discurso y la ligereza que conviene al carácter danzado. Idéntica complicidad, con la salvedad de mínimos y eventuales desajustes en las entradas, cabe encomiar en el apartado temporal, que evidenció una dirección homogénea, aún más digna de elogio en la medida que compleja de alcanzar en el fragor y la mutabilidad agógica de la música pensada para ser bailada.

Pero, al margen de la lograda realización formal de estos trabajos, merece ser resaltada la conseguida vis dramática de Café Zimmermann a propósito del no menos apreciable tinte programático que atraviesa algunas de las páginas seleccionadas. El líder de la formación francesa, Pablo Valetti, subrayó esta dimensión a tenor de la partitura probablemente más elocuente a tal efecto, el Baletto a quatro Die Fechtschule, de Schmelzer, que el violinista presentó al público antes de su ejecución. Este momento de la exégesis, al que habría que añadir la versión inmediatamente siguiente del Lamento sopra la morte di Ferdinand III, también de Schmelzer, supuso el clímax del concierto. La lectura en cuestión fue bruñida en la primera obra, como el entrechocarse del metal de las espadas en la clase de esgrima a la que apela el título, y solemne en la segunda, donde fue notoria la distancia entre los planteamientos relativos al lenguaje compositivo de este autor y los de Biber, posteriores en dos décadas.

En conclusión, la intervención de Café Zimmermann en el ciclo Universo Barroco del Centro Nacional de Difusión Musical propició una notable impresión, que no solo hace deseable el regreso del ensemble, sino también la continuación de estos itinerarios consagrados a las músicas centroeuropeas que surgieron en los difusos contornos del umbral del Clasicismo.

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