En el ámbito de la música antigua no hay versión que se libre de críticas. Que si este instrumento no era del todo así, que si está usando cuerdas de nailon, que el arco se cogía a la manera de no sé quién que distribuía de forma diferente el peso y claro, el resultado final era completamente diferente o, mi favorita: “¡pero si ese instrumento no lo dejaban meter en las iglesias!”.

En el caso de la versión que nos ofrecieron Carlos Mena e Iñaki Alberdi dentro del ciclo Fronteras del CNDM no caben este tipo de críticas por una razón de peso: el acordeón no se inventa hasta 1829, con lo cual es evidente que en cuestiones de interpretación histórica hay poco que decir. Por lo tanto, lo único que podemos criticar es si nos parece apropiado este tipo de formación para este repertorio, lo cual es bastante subjetivo, o la que a mí me parece la pregunta más acertada: ¿qué nos puede aportar esta escucha?

El contratenor Carlos Mena y el acordeonista Iñaki Alberdi © Elvira Megías | Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM)
El contratenor Carlos Mena y el acordeonista Iñaki Alberdi
© Elvira Megías | Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM)

En la primera obra, el canto gregoriano original del Ave maris stella –y digo lo de original porque después escucharíamos dos partes de la misa que el gran Josquin Desprez compondría sobre la melodía gregoriana– resulta una gran idea que el acordeón haga un bordón que dé a Carlos Mena un colchón armónico sobre el que desplegar su hermosa melodía. Incluso desde un punto de vista histórico, el sonido es bastante cercano al que en su día pudieran hacer un cantante acompañado de la zanfoña o sinfonía medieval. Y es que una de las cualidades de Iñaki Alberdi es que es capaz de abarcar no solo un gran nivel de líneas melódicas, sino que además puede sacar distintos colores que nos llevan desde la zanfoña, hasta el órgano o incluso el violín, como pudimos escuchar en la versión que nos ofrecieron de la chacona de la Partita para violín solo núm. 2, de Bach.

Sin embargo, el dúo formado por Mena y Alberdi funciona mejor depende en qué obras. Por ejemplo, en el caso de Victoria, su Alma redemptoris mater, del que se han hecho infinitas versiones, resulta perfecto para esta formación. La elaborada polifonía de la obra permite al acordeonista lucirse y mostrar todas las cualidades de este instrumento que, a aquel que no haya escuchado a Alberdi aún, le ha de dejar sorprendido. Funciona, en definitiva, mejor en aquellas piezas con un mayor desarrollo polifónico y, por lo tanto, necesariamente más tardías. En el caso de Mille Regretz, una de las chansons más famosas de Josquin, no encaja tan bien, por ejemplo, debido a que es una obra estrictamente pensada para varias voces en la que la primera es la más destacada. En estos casos, la pérdida de homogeneidad que provoca el usar dos timbres tan diferentes como el del contratenor y el acordeón hace que no se consiga el mismo efecto placentero de las voces. Bien es cierto que, sin embargo, en Plaine de deuil o en el motete Inviolata el resultado fue muy bueno, en parte porque Carlos Mena mostró mayor potencia en su voz y, aunque destacó más en las partes agudas con un sobreagudo cristalino y bien apoyado, defendió con holgura los pasos entre registros gracias a la flexibilidad de su voz, lo que la hace ideal para este tipo de repertorio.

Para el final, dos grandes monumentos de la música: los Contrapunctus de El arte de la fuga de Bach que, excepto por la falta de potencia en los graves –por mucho empeño que se le ponga, varios metros de tubo marcan la diferencia–, poco tiene que envidiar a un órgano, lo cual es realmente admirable. Sobre la versión de la Partita núm. 2 con texto de diferentes corales de Bach, solo se pueden decir buenas palabras. Es cierto que se pierde el rastro de la obra original, pero adquiere un nuevo significado mucho más profundo y sentimental.

Como sorpresa final, la propina: una obra del compositor Jesús Torres sobre el Inviolata de Josquin y con letra de San Juan de la Cruz, todo un regalo en el que Mena y Alberdi volvieron a hacer gala el primero de su flexibilidad y el segundo de su virtuosismo en una noche que podemos calificar, como poco, de curiosa y sumamente interesante y enriquecedora.

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