Concluía el ciclo de Universo Barroco, en este año tan peculiar, con una gran apuesta: la ópera de Handel, Giulio Cesare in Egitto, con la Cetra Barockorchester Basel, Andrea Marcon a la dirección y un excelente reparto del que ahora daremos detalles. Decíamos que se trataba de una apuesta por la conocida exigencia de la obra a la que se suma su extensión -rondó las 4 horas la velada- y su ser en versión de concierto. Cabe añadir además que se trataba de la versión de 1725, en la que el personaje de Sexto es interpretado por un tenor, para el que Handel escribió nuevas arias. Ello confiere mayores contrastes tímbricos entre los miembros del reparto y una mayor gravedad al personaje de Sexto.

Emőke Baráth (Cleopatra), Carlo Vistoli (Giulio Cesare), al clave, Andrea Marcon
© Rafa Martín | CNDM

La estructura de la ópera, de estilo italiano, no cuenta apenas con coros ni con escenas de conjunto, si se exceptúan los recitativos que se alternan con las arias de cada personaje. Y podríamos comenzar justamente por la importancia que unos recitativos bien cuidados han de tener para que la obra se mantenga cohesionada y no caiga en la monotonía: Andrea Marcon, como buen maestro concertador, ejecutó desde el clave las partes recitadas mientras daba puntuales pero decisivas indicaciones a los cantantes. Mientras que en las arias, el director italiano alternaba el uso del teclado con la dirección del conjunto suizo. La Cetra Barockorchester Basel mostró un sonido potente, compacto, luciendo una esplendida sección de cuatro trompas, además de la sección de madera completa y el arpa, lo que hace de esta ópera de Handel una de las que requiere un conjunto más numeroso.

Ese esplendor se vio desde los compases de la obertura: fraseo enérgico, sonido generoso y al mismo tiempo claridad rítmica hacían que el dibujo quedara bien delineado, introduciéndonos de lleno en una atmosfera barroca. El protagonista que da el título a la obra, el Julio César de Carlo Vistoli, apareció tan pronto como cesó la pieza inicial con un aria, "Presti omai l’Egizia terra", que requiere agilidad y buen volumen para confrontarse con la formación instrumental. Lo cierto es que en el comienzo de la obra, y más general en el primer acto, el contratenor italiano no se mostró del todo cómodo, quedando cubierto por la orquesta y con ciertas dificultades en mantener el registro, sobre todo en las notas bajas. Por el contrario, a partir del segundo acto, templó la voz de manera sobresaliente y regaló momentos muy notables en el tercer acto, como el aria "Aure, deh, per pietà" o la excelente escena final. El otro contratenor, Carlos Mena en el rol de Tolomeo, cumplió sólidamente con su papel, tanto en recitativos como en sus arias, aportando ese toque cómico al personaje, que tan útil es para marcar el antagonismo tanto con el general romano como con su hermana Cleopatra. Ésta, encarnada por la soprano húngara Emőke Baráth, tiene probablemente algunas de las arias más bellas de la ópera como "Piangerò la sorte mia" o "Da tempeste il legno infranto" que la soprano plasmó con gran claridad tímbrica, virtuosismo contenido por la elegancia y un dramatismo que trascendía la ausencia de la puesta en escena. Recogió las más cálidas ovaciones y fue probablemente lo mejor de la noche.

La Cetra Barockorchester con Andrea Marcon en la dirección y el tenor Juan Sancho
© Rafa Martín | CNDM

Pero Giulio Cesare in Egitto tiene un protagonismo compartido y los personajes de Cornelia, Sexto o el consejero Aquilas tienen sus arias en la que destacar y poner de relieve sus virtudes, que no fueron pocas. La mezzosoprano Beth Taylor presentó una Cornelia de voz robusta, ágil y a la vez capaz de dotar a las notas de una profunda resonancia, brillando especialmente en las escenas iniciales de la obra. El Sexto de Juan Sancho, tenor en esta versión de 1725, es un personaje complejo, obligado a elegir entre dos males hacia los que dirigir su venganza, César o Tolomeo, y que por tanto requiere un talante dramático sin caer en la mera exhibición vocal, algo que logró con una presencia escénica seria y sin concesiones, así como con voz convincente, correcta en la entonación y en el fraseo y nada amanerada como bien demostró en el cierre del primer acto, "S’armi a miei danni l’empio tiranno". También el Aquilas de José Antonio López conjugó bien la gravedad del rol, con una voz que respondió sin titubeos a las exigencias de la partitura sin renunciar a su hechura.

Con estos ingredientes, el lector puede deducir que se trató de una interpretación de valiosa talla, en la que la ausencia de puesta en escena se notó solamente en algunos de los desenlaces del tercer acto, y donde algunos fallos ocasionales se vieron ampliamente compensados por una cuidada dirección musical y un reparto de alto nivel, en el que el dramatismo y delicadeza fueron sabiamente entrelazados.

 

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