Hay quien dice –y yo también he defendido esto ya más de una vez– que españoles y rusos tenemos en común mucho más de lo que creemos. Fuimos desterrados por el resto de potencias europeas a la periferia, a lo exótico, y con un carácter e ímpetus similares que nos llevaron a unos y otros a formar grandes imperios de los que ahora queda apenas una sombra. También respecto a la historia de la música más reciente encontramos paralelismos, grandes genios al servicio de regímenes totalitarios: en Rusia, Shostakovich; en España, Joaquín Rodrigo.

El Cuarteto Casals y el pianista Alexei Volodin durante el concierto del Liceo de Cámara XXI © Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) | Elvira Megías
El Cuarteto Casals y el pianista Alexei Volodin durante el concierto del Liceo de Cámara XXI
© Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) | Elvira Megías

Es por ello que no sorprende la capacidad de comprensión que el Cuarteto Casals mostró para con las obras ofrecidas en la Sala de Cámara del Auditorio Nacional la pasada tarde del 21 de mayo, así como la conexión que los miembros de la agrupación mostraron con el pianista Alexei Volodin que en el último momento tuvo que sustituir a Menahem Pressler que no pudo actuar por motivos de salud. El quinteto, de hecho, funcionó de maravilla. El Cuarteto Casals ya mostró en las piezas previas su coordinación absoluta y con Alexei Volodin el grupo se enriqueció aún más. Del pianista peterburgués se pueden destacar muchas cosas, las más loables por las características de esta pieza de Shostakovich fueron: su claridad en las articulaciones que nos permitió disfrutar en un único movimiento como el último, Finale. Allegretto, de pasajes en un delicado portato que se acabaron convirtiendo en juguetones motivos en staccato. También en el Scherzo pudimos disfrutar de sus rápidas notas en el registro más agudo del piano que contrastó con los potentes graves que sirvieron como base armónica sobre la cual el cuarteto pudo desplegar los bellísimos motivos que Shostakovich escribió para su quinteto, algunos de ellos de origen popular y que en ciertos momentos, por sus floreos y utilización del modo frigio, nos pudo trasladar a la sonoridad de la música española.

En la Elegía de las Dos piezas para cuarteto de cuerda la protagonista fue Vera Martínez. La violinista madrileña nos brindó unas melodías elegantes, pero no como en el estilo galante y el clasicismo, no, algo muy diferente, más sobrio, más reservado y un tanto misterioso. El contraste con el segundo movimiento, la polka, fue asombroso. El Cuarteto de cuerda núm. 8 es, sin embargo, una obra muy conocida, probablemente de las más programadas de Shostakovich. En este caso, a pesar de que el Cuarteto Casals tiene un sonido muy compacto, sin duda fruto de largas horas de ensayos conjuntos y de haber trabajado prácticamente todas las épocas de la historia de la música –o al menos mientras se han escrito cuartetos de cuerda– las partes más violentas, el Allegretto y, sobre todo el Allegro molto­, sonaron un tanto demasiado líricas, especialmente cuando era Vera Martínez la que llevaba la melodía, quizás estuvo más acertado Jonathan Brown a la viola cuando fue él quien tomó el tema klezmer del segundo movimiento quien, por cierto, también nos brindó un espectacular solo en el quinteto.

Volviendo al cuarteto, se debe destacar el hermoso timbre del violonchelo de Arnau Tomàs que supuso un bajo excelente para construir esta bella música, así mismo, nos dejó unas melodías repletas de lirismo en el registro más agudo del instrumento. Abel Tomàs, por otro lado, tuvo mayor protagonismo en el quinteto y atacó los diferentes solos con arrojo y precisión.

En definitiva, un placer para los oídos, grandes músicos empastados a la perfección que saben escucharse –algo que se pudo notar por sus muchas miradas y gestos– dominando así la escritura camerística. Toda una lección magistral que supuso un estupendo broche final para esta temporada del Liceo de Cámara XXI.

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