Continúa la singladura de Isabelle Faust como artista residente del Centro Nacional de Difusión Musical durante la temporada 19/20, y lo hace sin hurtar a las expectativas depositadas en cada cita de la serie su correspondiente cumplimiento. En la presente ocasión, tras el recital en solitario ofrecido en el Auditorio 400 hace prácticamente 4 meses, la violinista alemana regresaba al Auditorio Nacional (si bien ahora, a diferencia de su aparición inaugural en el ciclo Liceo de Cámara XXI, para encaramarse a la tarima de la Sala Sinfónica) con una nueva compañía: Bernhard Forck (violín) y Xenia Löffler (oboe) en el apartado solista, y un nutrido número de miembros de la Akademie für Alte Musik Berlin. 

El programa a desgranar estaba conformado casi en su totalidad por conciertos y sonatas de Johann Sebastian Bach, con la excepción de la Sinfonía en do mayor de Carl Philipp Emanuel Bach, y con la peculiaridad de que, salvo el Doble concierto en re menor, el resto de piezas que integraron la selección bachiana eran el resultado de la reconstrucción o la versión a partir de partituras para clave o, en el caso de la Sonata en trio en do mayor, «para dos teclados y pedal». Pero el denominador común de todas estas obras, al margen de las mencionadas reelaboraciones que han intervenido en la confección de la música presentada anoche, radicaba en la exploración de la época en que Bach trabajó al servicio del príncipe Leopold, en la ciudad de Köthen. A dicho periodo apuntan, aunque la exactitud de las fechas de composición no siempre ha podido esclarecerse, los aludidos Doble concierto en re menor y Sonata en trío en do mayor, el Concierto para oboe y violín en do menor, el Concierto en sol menor para violín solo, cuerda y bajo continuo, y el Concierto en re menor, para la misma formación.

La violinista Isabell Faust y los integrantes de Akademie für Alte Musik Berlin © Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) | Rafa Martín
La violinista Isabell Faust y los integrantes de Akademie für Alte Musik Berlin
© Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) | Rafa Martín

Pues bien, la coherencia que anticipadamente emanaba de un inventario tal se proyectó desde el comienzo a la interpretación, aunque para atestiguar sus mejores logros hubo que esperar al final de la primera parte. El inicio dejó constancia de la dificultad que entraña una página como la del Doble concierto en re menor, cuyos obstáculos técnicos afectaron de una manera a veces demasiado evidente a la voz de Forck, especialmente durante el Vivace y el Allegro postrero (circunstancia que involuntariamente acentuó Faust, quien, por su parte, brindó un discurso mucho menos trabado, con golpes de arco verdaderamente cuidados y un sonido inmaculado, salvo en eventuales pasajes ejecutados sobre el bordón). Pero lo que un principio y por momentos pareció una alianza truncada se revelaría progresivamente como un tándem compenetrado y sobresaliente, a medida que el recorrido avanzaba y los músicos (y sus instrumentos) encontraban el temperamento y la concentración anhelados. Contribuyó a ello la permanente disposición de Faust, irradiando energía y gestos de complicidad a sus compañeros sobre el escenario, que pronto respondieron a la llamada con un sonido homogéneo y activo, dibujando los distintos meandros rítmicos, armónicos y dinámicos propuestos por Bach. 

En este sentido, la lectura de un encomiable Concierto para oboe y violín (en el que el maravilloso desempeño de Löffler sí supuso el contrapunto melódico perfecto) representó la auténtica casilla de salida en un juego musical que incrementó desde entonces sus méritos sin solución de continuidad, hasta la culminación en el Concierto en re menor. Fue en ese instante cuando el virtuosismo de Faust, desparramado en digitaciones tan precisas como complejas, cadencias orgánicas, bariolages vertiginosos y dobles cuerdas de extremado riesgo (aunque la soltura de la violinista alemana provocaba la impresión de que el proceloso ejercicio en realidad era igual de asequible que cualquier otro fraseo), se plegó por completo a la elevación de la música. Una adecuación que halló en la aportación de la Akademie für Alte Musik Berlín un correlato digno, que sin duda ayudó a corroborar lo que ya se impone como juicio irrefutable: la andadura de Faust por esta residencia artística constituye un acierto mayúsculo, que espera seguir agrandando su relieve en el próximo encuentro del 4 de junio, junto a Jean-Guihen Queyras, Pierre-Laurent Aimard y Jörg Widmann. Márquenlo con color rojo en sus agendas. 

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