“Diálogo de las músicas instrumentales de la Antigua Hispania cristiana, judía y musulmana, de Occitania y de la Italia medieval con las músicas de Marruecos, Israel, Persia, Siria, Afganistán, Armenia y del antiguo Imperio Otomano”. Tal es la descripción que acompaña a “Oriente-Occidente: Diálogo de las almas”, el rótulo del concierto de Hespèrion XXI (Jordi Savall, Waed Bouhassoun, Moslem Rahal, Dimitri Psonis y Pedro Estevan) en la presente edición del ciclo “Fronteras” (CNDM). Desde el programa de mano, Amin Maalouf afirma: “Escuchar estas músicas de Oriente y Occidente reunidas con sutileza por Jordi Savall no es una experiencia común. Porque a la emoción estética se añade un sentimiento más intenso aún, el de comulgar, como por ensalmo, con una humanidad reconciliada. […] Para volver a ofrecer algunas muestras de esperanza a nuestra humanidad desorientada hay que ir mucho más allá de un diálogo de las culturas y las creencias, hacia un diálogo de las almas. Tal es, en este inicio del siglo XXI, la misión insustituible del arte. Y es precisamente esto lo que sentimos ante la audición de estas espléndidas melodías procedentes de épocas y tierras diversas. De pronto descubrimos, o redescubrimos, que unas civilizaciones que nos parecían remotas, o incluso enemigas, muestran una cercanía sorprendente, una complicidad asombrosa”.

Al socaire de lo presenciado en la Sala de Cámara, tres danzas afganas, cantos tradicionales sirios, el Rotundellus de las Cantigas de Alfonso X ‘El Sabio’ o los fragmentos amorosos de Majnún y Layla, el ánimo, ciertamente, queda sereno, reconciliado, más pronto a la escucha (a la lectura) que al discurso. Por ello, prolongando el florilegio, esta reseña se limitará a una colección de citas, en la confianza de que, a través de la letra de otros, transparezca el espíritu que ahora nos inspira.

Jordi Savall
Jordi Savall

Ramón Andrés, El mundo en el oído: El nacimiento de la música en la cultura [todas las citas que siguen, a su vez, se encuentran citadas en esta obra]: “La forma dialogante de la sonata, la tensa discordia de la sinfonía romántica, la emisión electrónica de una onda sonora, resultan, en el fondo, expresiones de una misma voluntad creadora. Y dicho recorrido milenario comprende el punto de partida de la observación acústica de los hombres primitivos, que conducirá, con el transcurrir de los tiempos, a la especulación sobre la desintegración del sonido efectuada mediante sistemas electroacústicos e informáticos en los siglos XX y XXI. Esto explica un proceso cultural extraordinario, una singladura de indecible riqueza, aunque siempre guiada por un flujo común: a pesar de la evolución o desarrollo formal, a pesar de los distintos grados de recepción y percepción musicales mostrados por el ser humano como individualidad y también como miembro de la colectividad, el arte de los sonidos permite una valoración e ideación que va más allá del tiempo y de las consideraciones estéticas de cada época. Lo mismo que el silencio, la música es un fragmento de nuestro origen”

Joseph Brodsky, Noventa años después: “¿Qué podemos aprender de esta historia? ¿Que una lira lleva más lejos que un arado o un martillo o un yunque?”

Elias Canetti, La provincia del hombre: “El oído, no el cerebro, como sede del espíritu (Mesopotamia)”

Rainer Maria Rilke, Los sonetos a Orfeo: “Entonces ascendió un árbol. ¡Pura superación! / ¡Oh, canta Orfeo! ¡Alto árbol en el oído! / Y calló todo. Pero aun en este callar / surgió un nuevo comienzo, seña y transformación. / Animales de silencio se abrieron paso, salieron / del claro bosque libre, de lechos y guaridas; / y se vio que no era por astucia / por lo que estaban, en ellos, tan callados, / sino por escuchar. / Rugidos, gritos, bramidos / parecían pequeños en su corazón. Y donde hacía un momento / hubo una choza apenas que recogiera esto, / un refugio del más oscuro deseo, / con una entrada de jambas temblorosas, tú les creaste un templo en el oído.”

Platón, Timeo: “Y lo que en la música hay de bueno para la voz y nos la hace oír, se nos ha dado en orden a la armonía. Pues la armonía, cuyos movimientos son de la misma especie que las revoluciones regulares de nuestra alma, de ninguna manera se aparece al hombre que tiene una relación inteligente con las Musas, como simplemente buena para procurarle un placer irracional, como parece ser actualmente. Por el contrario, las Musas nos la han dado como un aliado de nuestra alma, ya que ella intenta llevar al orden y al unísono sus movimientos periódicos, que en nosotros se han desafinado. Del mismo modo, el ritmo, que corrige en nosotros una tendencia al defecto de medida y gracia, visible en la mayoría de los hombres, nos ha sido dado por las Musas con el mismo fin.”

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