Les Arts Florissants, en la temporada que contempla su cuarenta aniversario, y el ciclo Universo Barroco del Centro Nacional de Difusión Musical continúan la andadura de su proyecto consagrado a los libros de madrigales de Carlo Gesualdo, en el que no únicamente se persigue la reivindicación de las fundamentales compilaciones de los Madrigali a cinque voci firmadas por el conde de Conza, sino que también se pretende llevar a cabo una contextualización de éstas combinándolos en cada programa con piezas de otros destacados autores enmarcados en dicha tradición.

En la entrega que ahora reseñamos, la tercera del ciclo, el epicentro de los trabajos a interpretar estaba constituido por el Madrigali a cinque voci libro terzo (1595), un jalón de particular interés en el corpus bibliográfico de nuestro autor en virtud del carácter especulativo que evidencian los diecisiete números que conforman esta serie. Concebidos en 1594 como el resultado de los descubrimientos que Gesualdo llevó a cabo en la ciudad septentrional de Ferrara, la impronta de estas composiciones resalta por sus exploraciones en el ámbito armónico, donde la influencia de Nicola Vicentino y sus teorías sobre la división cromática de la escala (y la creación correspondiente de una serie de instrumentos basados en las premisas de tales postulados) es insoslayable. Estas cuestiones fueron desgranadas y transmitidas al público de modo introductorio, en un español más que correcto, por el tenor Sean Clayton.

Los integrantes de Les Arts Florissants durante el concierto en la Sala de Cámara © CNDM | Elvira Megías
Los integrantes de Les Arts Florissants durante el concierto en la Sala de Cámara
© CNDM | Elvira Megías

La obra que inauguró el ejercicio, Passa la nave mia, subrayó el influjo vincentiniano desde los compases iniciáticos: con un leve pero claro gesto, Paul Agnew, que se desempeñó en la coyuntura que nos ocupa como tenor y director, propició la complicada labor de los solistas convocados por Les Arts Florissants: Miriam Allan y Hannah Morrison en el papel de sopranos, Mélodie Ruvio en el de contralto, los mencionados Clayton y Agnew en el rol de tenores y Edward Grint en el de bajo. Su comunicación y capacidad de autonomía se puso de manifiesto desde el comienzo del concierto, manteniendo un nivel de concentración muy elevado, que se plasmó especialmente en una buena afinación y la conjunción de las voces en prácticamente la totalidad de los tramos de la partitura.

Únicamente se echó de menos una coloratura de menor contención y de mayor continuidad en el tiempo, pues los destellos de protagonismo solístico, coincidentes con las entradas de alguna de las voces o con los giros tonales, no se consumaron hasta la segunda parte. Antes de ello, pudimos escuchar otra obra de un precedente del estilo de Gesualdo, las Prophetiae Sibyllarum de Orlando di Lasso, que fueron representadas sin sobresaltos y con instantes de verdadera pulcritud interpretativa, como la Sybilla Cimmeria o la Hellespontica. Este hecho resulta tanto más encomiable en la medida que Lasso depositó en semejantes páginas pasajes de inmensa dificultad, principalmente debido a su ejecución a capella y a la variedad que suponen el canto de unas sibilas frente al de otras. Pues bien, Les Arts Florissants demostró nuevamente sus sobrados recursos para hacer frente a un repertorio de esta magnitud.

Pero el registro de nivel más notable se alcanzó a propósito de Gesualdo, sobre todo después del receso (acaso hubiera convenido reservar la integridad de la lectura del libro terzo para este momento de la actuación, en lugar de anticipar los tres madrigales iniciales de manera previa al intermedio. Sea como sea, Allan, Morrison, Ruvio, Clayton y Grint, siempre con la contribución de Agnew y en constante permuta, dieron lo mejor de sí mismos en una versión sumamente lograda, donde la cohesión entre todos los miembros del grupo no fue óbice para apreciar la materialidad sonora en términos individuales (apartado en el que Allan, muy preocupada de proyectar hacia el público en los compases adecuados, y Grint, con una presencia tan precisa como temperada en el extremo opuesto del espectro coral, fueron las figuras sobre las que descansaron los fraseos de mayor arrobo, sin desdoro del elogio que mereció el cálido timbre de Clayton y las melodías medias de Morrison y Ruvio).

En definitiva, se percibió un trabajo de preparación inmenso detrás de cada obra, y el concierto, sin incurrir nunca en el automatismo o en la ausencia de viveza (las intensidades fluctuaron de dinámica permanentemente y la dicción no se vio empañada por una atención excesiva a otros aspectos de la entonación), fue una exhibición de emisiones vocales controladas y minuciosamente examinadas. El ciclo Gesualdo del CNDM y Les Arts Florissants avanza, por tanto, por la senda deseable, y ya se espera su próxima entrega, que tendrá lugar el 13 de febrero de 2020, también en la Sala de Cámara del Auditorio Nacional.

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