"Han destruido ustedes la más bella pieza jamás creada". Enfurecido y así de rotundo se dirigía William Christie al numeroso público que asistía al Auditorio Nacional para disfrutar de una muy esperada interpretación de El Mesías de Handel. Haciendo pagar a justos por pecadores y con unos modos que recordaban la terribilitá de las obras de Miguel Ángel –inevitable la analogía con el amenazador Cristo del Juicio Final– el maestro reprendía a toda la sala por el timbre de un móvil que había sonado unos momentos antes. Un instante que fue más allá de la anécdota, un hecho que marcó el tono y el recuerdo de toda la representación.

El conjunto Les Arts Florissants y su director William Christie © Les Arts Florissants
El conjunto Les Arts Florissants y su director William Christie
© Les Arts Florissants

Los fatales timbrazos ocurrieron al principio de la segunda parte, de "La Pasión". Hasta entonces el público había disfrutado de un excelente, alegre y luminoso "Nacimiento", el primer segmento de la obra. Christie y sus Arts Florissants demostraron cómodamente la calidad que les ha hecho un referente incuestionable en el reportorio barroco. Las maneras historicistas se desplegaron con elegancia y refinamiento, sonidos puros, sin vibrato, tiempos ágiles y una energía jovial que, aunque contenida, evitaba cualquier intento de solemnidad que pudiera emanar de la partitura. Un trabajo orquestal fascinador e impecable en el que destacó sobre todo la sección de cuerda, poseedora de un sonido que amplía y desafía los límites habituales de sus instrumentos. Este lucimiento se llevó al máximo en la "Sinfonía pastoral", que confirmó el sentido de las interpretaciones inspiradas en la historia, con las violas y los violines originales creando colores extrañamente cercanos a las maderas, impensables en lo que se puede escuchar en las formaciones románticas.

Tras esto, el destino, en modo de teléfono móvil, interrumpió con tres llamadas una de las más bellas piezas de la obra, "He was despised"; y tras ello, el furor y la ira. "Get out", "Lárguese", gritaba Christie a voces mientras la mayoría del público apoyaba con un aplauso una reprimenda que, como se ha dicho, luego hizo extensiva al resto del auditorio. Al retomar la obra el ambiente de luminosidad y magia se perdió por completo: a Christie le costó el descanso y otra media hora más recuperar el espíritu anterior al suceso. Así, "La Pasión" fue más autoritaria que doliente, y en las butacas reinó cierta tirantez que solo se desvanecería hacia el final de la representación, no sin cierta ironía, en "Las secuelas".

En el aspecto vocal, tuvimos un elenco cumplidor que no ofreció genialidades vocales. La contención fue el factor común en sus interpretaciones. La soprano, Emmanuele de Negri, ofreció un canto sencillo, lleno dulzura y unas coloraturas más cercanas al confort que a cualquier tipo de lucimiento. El contratenor Carlo Vistoli tiene un timbre hermoso –sin el artificio que frecuentemente invade las voces de su cuerda– buena potencia, sensibilidad y un medido, pero conmovedor sentido dramático. Como curiosidad destacaremos que abandonó el falsete al descender hasta lo más bajo de la tesitura, sorprendiendo con un apunte de color baritonal que, aunque poco ortodoxo, funcionó como efecto teatral. No le faltó al tenor Samuel Boden elegancia en el canto, aunque sí el caudal necesario para hacerse escuchar en muchos momentos de su interpretación. Completaba el cuarteto el bajo, Konstantin Wolff, que mostró musicalidad y una pulida línea aunque su canto adelgazara, precisamente, en el tercio inferior.

El coro salió airoso al enfrentarse a las expectativas que siempre despierta esta obra y, sobre todo, al tamaño de una sala que casi nunca funciona bien con conjuntos reducidos. Con tan solo 24 integrantes, fueron capaces de llenar el enorme espacio y mostraron un excelente empaste, especialmente en las voces femeninas. Una interpretación, en todo caso, por encima de la de los cantantes solistas.

Para terminar, un bis del "Aleluya" que, tras los acontecimientos, nadie en el público se atrevió a acompañar y una nueva reprimenda de Christie, esta vez gestual, a los asistentes que tenían prisa por marchase. Una actitud la del director historicista que da para la reflexión, especialmente en el caso de artistas que se empeñan en recuperar la música "tal como se hacía en la época de su composición". Ese tono autoritario, más propio de un romántico atormentado que de un músico barroco, nos provoca una media sonrisa a los que creemos que el historicismo ha sido una extraordinaria manera de encontrar nuevos modos interpretativos, pero que más que una recreación de la verdad original, es tan solo una cuestión de gusto contemporáneo.