Dejando aparte sentimientos de francofilia o galofobia, la humanidad, en general, le debe mucho a nuestro querido país vecino, no menos que al nuestro, seguramente, pero el caso es que Rameau era de Dijon y Gluck... bueno, Gluck vivió un tiempo en París. Tal y como iba diciendo antes de explicarme para no exaltar el acervo nacionalista de unos y otros, le debemos a los galos el descubrimiento, entre otras cosas, de la penicilina y la Ilustración, pero de las invenciones de las que hoy vengo a hablar no son menos importantes: el ballet y el amor.

El primero de estos inventos, si bien su origen no está claro, vivió su primer apogeo en la corte de Luis XIV. Se dio la casualidad de que coincidieron en el recién construido Palacio de Versalles un tal Jean-Baptiste Poquelin, que pasaría a la historia como Molière, y un tocayo suyo que había nacido en Florencia como Giovanni Battista Lulli. El genio combinado de ambos daría lugar al género de la comédie-ballet y a una época dorada para la música escénica que se prolongaría prácticamente hasta la primera mitad del siglo XX.

Marc Minkowski y Les Musiciens du Louvre © Benjamin Chilly
Marc Minkowski y Les Musiciens du Louvre
© Benjamin Chilly
Para cuando Gluck llegó a París acababa de ascender al trono de San Luis el tataranieto del Rey Sol: Luis XVI, pero el gusto en la corte de Versalles había variado más bien poco, así que el alemán cogió un texto de Molière y, como había hecho su compañero franco-italiano Lully, lo convirtió en un ballet que es la primera obra que escuchamos de mano de Les Musiciens du Louvre. Marc Minkowski, gran conocedor de este género y aún mejor músico hizo todo lo que estuvo en su mano para hacernos sentir como los invitados de la nobleza francesa en Versalles y transmitió al público la obra tal y como la hubiesen recibido en la época, teniendo en cuenta la ausencia del ballet y las limitaciones del Auditorio Nacional, claro está.

Hablo del movimiento escénico de los músicos que, por ejemplo, en el Andante de Don Juan simularon una serenata en la que el oboe canta y doña Elvira, transformada en traverso, responde mientras, a su vez, la orquesta es ahora una guitarra que acompaña el canto. Una genialidad de Gluck que Les Musiciens du Louvre supieron transmitir de forma magistral ante un público que se divirtió y lo pasó bien con la chacona y el fandango, con las castañuelas y el pandero que recuerdan ineludiblemente a España. Pero también agitó el ambiente la escena del comendador con los potentes timbales fuera del escenario y los veloces arcos de la sección de cuerdas, los cuales tocaron tanto con cerdas como col legno consiguiendo un logrado efecto de caos tan real que pareció que Minkowski perdió por unos instantes la cohesión de su orquesta. Termina la obra con un don Juan castigado, aún no existía la versión en la que el amor de doña Inés salva al mujeriego hidalgo que escribiría a mediados del siglo XIX don José Zorrilla.

Tirso de Molina, así como Molière, sabían que don Juan era la antítesis del amor cortés que inventaron los trovadores, el suyo no era un amor humano, banal, sino puro, espiritual, conceptual si lo queremos llamar con adjetivos más modernos. En este aspecto se puede decir que la selección de obras de Rameau que Minkowski nos mostró en su Symphonie Imaginaire supone un buen repaso a la exaltación de los sentimientos que provoca el amor, entre otras cosas.

Comenzamos con la ouverture de Zaïs, Rameau en toda su majestuosidad, el Palacio de Versalles hecho música y, de repente, la trágica muerte de Febe, princesa de Esparta, del Castor et Pollux con un increíble solo de fagot, sección que vimos brillar en todas y cada una de sus apariciones, al igual que los oboes y las flautas. A continuación la dulce melancolía de Les Fêtes d’Hébé, la tensión del courante de Dardanus… En fin, de cualquiera de las obras que forman esta sinfonía imaginaria se pueden derramar ríos de tinta, pero algo hay que destacar, y esa parte es, sin duda la “Danse des Sauvages” de Les Indes galantes, una pieza vibrante, llena de ritmo que los músicos abordaron con mucha energía, la misma que transmitieron al público. Y es que, cuando se sabe que la música que se hace es buena, se conoce bien, y se tiene ganas de tocar se nota y el resultado es siempre un gran concierto.

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