Al menos desde Kipling, estamos avisados de la dificultad que entraña hallar caminos en la jungla. Máxime si la biota cae bajo los calificativos que nos ocupan. Conformada por la selección de música sacra que Claudio Monteverdi elaboró a partir del repertorio alumbrado desde 1613 (ya como Maestro de capilla en la catedral de San Marcos) y publicada en Venecia durante los años 1640 y 1641, Selva morale e spirituale (SV 252-288) ofrece un retablo magistral de refinamiento y riqueza estilística (la antología recoge salmos, madrigales, una misa a cuatro, himnos marianos y motetes) y constituye la cima del compositor cremonés (probablemente también de una época) en el género litúrgico. Argumentos que, sin embargo, no soslayan el desafío interpretativo ni han evitado una presencia discreta en los auditorios y el catálogo de sellos discográficos.

El Centro Nacional de Difusión Musical, en el marco del ciclo conmemorativo #Monteverdi 4.5.0., se ha propuesto enmendar la coyuntura con la programación íntegra de la Selva a través de 3 sesiones (la primera celebrada durante el curso pasado y las dos restantes iniciando la temporada 2017/2018 de ‘Universo Barroco’). Para afrontar tamaña empresa la erudición historicista es siempre consejera adecuada, especialmente si se acompaña de compromiso y un labrado bagaje exegético en el período renacentista y barroco. Pues bien, la ocasión ha logrado convocar oficiantes de semejante impronta: Balthasar Neumann Choir & Ensemble y la dirección de Pablo Heras-Casado. Es menester que lo festejemos.

El director Pablo Heras-Casado © Riccardo Musacchio & Flavio Ianniello
El director Pablo Heras-Casado
© Riccardo Musacchio & Flavio Ianniello

El fulgor de È questa vita un lampo (SV 254) abrió esta segunda entrega selvática. Anne Bierwirth, Julia Kirchner, Mirko Ludwig, Hermann Oswald y Raimonds Spogis acometieron el prolijo ejercicio de contrapuntos intermitentes, que fue liderado desde el podio con un gesto enérgico y milimétrico. Se trataba de capturar la fugacidad del momento (che, se miro, il pasatto / è già morto, il futuro ancor non nato, / il presente sparito / non ben anco apparito -cuando lo observo, el pasado / ya está muerto, el futuro aún no ha nacido, / el presente ha desaparecido / nada más aparecer-) y el resultado no defraudó, transmutando concentración en pulcritud armónica y exactitud rítmica.

Mirko Ludwig y Magdalene Harer desplegaron sus virtudes solistas en Deus tuorum militum, a 3 (SV 280) y Sanctorum meritis (SV 277) respectivamente, mostrando un vuelo lírico de hermosa tímbrica y empaste con Manuel Warwitz y el bordón de Marek Rzepka (redondo, junto con Spogis y Andrew Harris, durante toda la velada). Según avanzaba la expedición, crecía la atmósfera y el tono trascendental de la puesta en escena. En esta línea, Matthias Lucht cuajó un bello Spuntava il dì, a 3 (SV 255), que además confirmó las artes expertas del apartado instrumental.

Los integrantes del Balthasar Neumann Choir © Florence Grandidier
Los integrantes del Balthasar Neumann Choir
© Florence Grandidier

Se alimentaba con ello la expectación sobre el Pianto della Madonna (SV 288), excelso motete a voce sola inspirado en el célebre Lamento del’Arianna (único pecio de la ópera Arianne, de 1608). Anne Bierwirth encarnó con corrección a la desdichada, apostando certeramente por la sobriedad y el recogimiento, pero sin renunciar a la tensión dramática. La cota más elevada de arrobo llegaría acto seguido. La soprano Alicia Amo brindó en solitario un apasionante Laudate Dominus in Sanctis (SV 287), convirtiéndose en protagonista indiscutible (siempre en complicidad con el Ensemble y Heras-Casado) y brillando en toda la amplitud del registro. Continuaron Salve Regina (I) (SV 283) (solemne juego de ecos entre Jakob Pilgram y Nils Giebelhausen), Ab aeterno ordinata sum (SV 262) y Chi vol che m´innamori, a 3 (SV 256), que alcanzaron notable completitud y desarrollos orgánicos. 

Amo (ensanchando todavía más su mérito, desde los compases iniciales hasta el tutti), Kirchner, Beat Duddeck, Warwitz y Rzepka obraron la mejor interpretación del concierto: Confitebor (III), alla francese (SV 267). Nada faltó en el salmo y la elevación encontró un digno aliento postrero en el Beatus vir (II), a 5 (SV 269).

Inevitablemente uno se siente conectado a esta página perenne y comprende la dimensión del homenaje. Al finalizar, Heras-Casado levantaba la partitura, ofreciéndola a los aplausos. Pero lo cierto es que, además de Monteverdi, cada músico que poblaba el escenario en aquel instante merece elogio. Hay que ser agradecido con ellos y el CNDM: durante aproximadamente una hora, nos han permitido vivir y gloriar en la selva. 

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