El ideal de imitación de la naturaleza que atraviesa el Barroco, especialmente en las artes plásticas, tiene algo de paradójico porque incurre en lo máximamente artificial. La reproducción, con lujo de detalles, de elementos naturales, que justamente por ser tales se presentan de manera espontánea, hace que nos fijemos más en la mano que los ha elaborado que en aquello que pretende representar. La música está exenta, al menos parcialmente, de este yugo comparativo y de este complejo juego de la imitación al ostentar un estatus de pureza. Hay empero algunas excepciones, como las que Jordi Savall y su Concert des Nations habían programado para esta velada de Universo Barroco. En este caso, la imitación es una excusa para poner una serie de recursos, en algunas obras realmente audaces, una experimentación que escondiéndose bajo el pretexto de imitar sonidos naturales, introduce elementos estéticos disruptivos. 

Jordi Savall
© Rafa Martín | CNDM

Les éléments de Rebel, que abrieron el concierto, son buen prueba de ello. Comienzan con aquello que se ha definido como el primer cluster de la historia de la música, a saber, todas las notas de la escala tocadas a la vez, para indicar la yuxtaposición de los elementos en el caos originario. Frente a otras lecturas que enfatizan esa disonancia añadiendo acentos rítmicos muy marcados, la de Savall es una visión más liviana, que se orienta más a la indefinición del momento, justamente queriendo suspender el tiempo. Ya desde esos primeros compases de la obra quedaron patentes las cualidades de la formación y la impronta que su director quiso plasmar: un cuidado especial por la afinación y el equilibrio de las voces y de las partes, unas sonoridades templadas en una gama dinámica sin excesos, un fraseo circular, como si de la respiración de la tierra se tratara. En este primer bloque, cabe destacar la presencia Guy Ferber y Thomas Müller, respectivamente trompeta y trompa naturales, que colocaron con acierto sus intervenciones y que no volvieron a aparecer hasta los rutilantes bises. 

El segundo bloque estuvo dedicado a Alcione de Marais, bajo el prisma del mar y sus tormentas; aquí Savall imprimió una mayor expresividad especialmente en la sección de cuerda, dibujando en algunos casos imágenes contemplativas y en otros más movimentadas, con el uso de interesantes efectos como el eolífono y la sección de percusión compuesta Pedro Estevan y Daniel Garay. Seguramente para Savall, la intención es mostrar la unidad formal de la música, más allá del carácter efectista de estas páginas; por ello, en ningún momento se abandonó una hechura bien redondeada, sin aristas, como si ese empaste rico de matices fuese lo más natural. 

Jordi Savall al frente de Le Concert des Nations
© Rafa Martín | CNDM

Asimismo, la Wassermusik de Telemann combinó la vitalidad rítmica de los movimientos de danza con la solemnidad de la ocasión para la que la música está escrita. En este caso, Savall construyó un sonido más robusto, aprovechando el entramado contrapuntístico para presentar un espectro dinámico amplio, así como una notable variedad de combinaciones tímbricas entre los varios músicos de Les Concert des Nations, todos ellos brillantes y con impecables intervenciones como por ejemplo la del fagot Josep Borrás. 

Concluía el programa, ejecutado sin intermedio y sin casi solución de continuidad dentro de cada bloque, con algunos extractos de óperas de Rameau, entre los que destacamos el "Air pour Zephire" de Les Indes galantes con la amplia melodía trazada por la flauta travesera de Charles Zebley con exquisito lirismo y refinado gusto o la vivaz contradanza de Zoroastre, que nada más terminar puso en pie al público del Auditorio Nacional, prácticamente al completo. 

Se trató de un concierto de excelente factura, en el que predominó un sentido del dominio de la material musical, un profundo conocimiento de las partituras (que están grabadas por Savall y su formación en un doble CD del 2016) además de estupendas individualidades acostumbradas desde hace mucho tiempo a trabajar con el músico catalán; una velada sumamente agradable, explorando de las mejores manos un repertorio curioso y entretenido.

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