Se podría hablar y escribir durante horas sobre las impresiones que causan Bach y su infinita línea del pensamiento musical, el redescubrimiento de Mieczysław Weinberg magníficamente traído por la Kremerata Baltica y, por supuesto, el carisma desbordante de Martha Argerich. Y podríamos hacerlo sin entrar en lo propiamente musical, tal es la carga simbólica que conllevan estos hitos. Difícil es no dejarse transportar por la imaginación y pensar que el teclado desde el que escribo estas líneas se transforma en el teclado de un piano. Por tanto, abramos los ojos e intentemos plasmar en el pobre lenguaje de las palabras lo que el fugaz idioma de la música nos ofreció ayer.

La velada se abrió con una curiosa transcripción de la Chacona en re menor de Bach/Busoni para la orquesta de cuerda de la formación báltica. Adaptación de la adaptación, diríamos, en un doble giro, que pivota sobre Busoni y que experimenta con sonidos grabados (un clave al inicio y un violín solo hacia el final), pero que en realidad no añade demasiado a la experiencia de su versión original o de la transfiguración busoniana. A pesar de que la interpretación fue correcta, con unos tempi algo dilatados para ampliar las sonoridades y un juego espaciado del contrapunto, la sensación fue de efecto rebuscado, ahondando en una ampulosidad ahí donde la grandeza de la pieza consiste en la simplicidad de la línea principal y su constante y progresivo enriquecimiento.

La orquesta de cámara Kremerata Baltica, en el centro, su fundador y director Gidon Kremer © Angie Kremer
La orquesta de cámara Kremerata Baltica, en el centro, su fundador y director Gidon Kremer
© Angie Kremer

Un salto notable se dio, por concepto y ejecución, con la Sinfonía de cámara núm. 4, Op.153, de Weinberg: la tardía obra de este compositor soviético, polaco, judío (todo ello es secundario, pero todo ello se escucha en su obra), nos lleva a una angustia que “se angustia por la nuda existencia en cuanto arrojada en la desazón”, como diría Heidegger. Sólo que en el caso de Weinberg, en la desazón, si bien a tentones, la angustia se disipa y se transforma en una precaria ensoñación, en una belleza reconocible a pesar de estar desgajada. El Lento inicial brindó una admirable coordinación de la formación de cuerda, con un sonido ligero pero bien articulado, en el que las disonancias chocaban amablemente. La participación de Mate Bekavac como clarinete solista fue de gran nivel, abordando con solvencia los diversos registros que la obra exige: desde las sonoridades profundas del primer movimiento, a los enérgicos arrebatos del Allegro molto y al lirismo de los últimos movimientos. Esta versatilidad también estuvo presente en la cuerda que supo elevar el tono cuando necesario y volver a la calma y al recogimiento finales, con una excelente sensación de conjunto. Sin duda, Weinberg debería estar más presente en los repertorios, tanto de cámara como sinfónico.

Pero sin duda la mayor expectación la generaba ella, Martha Argerich, que, por el programa propuesto, no parecía querer sustraerse al desafío de competir consigo misma. Sería interesante saber si Argerich haya escuchado recientemente su grabación de la Partita núm. 2 de Bach de hace 40 años; lo más probable es que no sea así, lo cual en definitiva es un acierto. Lejos de aquellas asperezas, la interpretación que ahora ofrece la pianista porteña es mucho más redonda, nítida, cálida con una predilección por el canto que siempre aflora de entre sus manos. Comenzó con una Sinfonia bien ponderada en la que el material se expuso con atención y medida, para pasar a la luminosidad que caracterizó a la Allemande y a la Sarabande, muy equilibradas y con una polifonía transparente. En la Courante, el Rondeaux y el Capriccio, Argerich no renunció a la velocidad y a una pujante vitalidad rítmica: los motivos emergían como agujas y destellos impetuosos, con alguna nota poco clara, pero que devolvieron una Partita sólida y de gran impacto, un Bach en la letra, pero sobre todo en el espíritu.

En cuanto al concierto de Liszt, si esperábamos una versión más íntima con el arreglo para sola cuerda (aunque con el irrenunciable triángulo) y una sonoridad pianística más comedida, nos equivocamos. La Kremerata Baltica alcanza cotas de notable potencia y Martha Argerich, cuando se enfrenta a los colosos del repertorio romántico, desdeña un perfil bajo. Se enfrentó a las desafiantes octavas iniciales con una decisión y dominio ejemplares que obviaron la presencia de alguna nota falsa; abrió el abanico de matices en el Quasi adagio con una serenidad conmovedora; danzó con los vértigos del Allegro vivace con inigualable sentido del ritmo y cerró rotunda, recorriendo todo el teclado entre arpegios y acordes en las variaciones del tema principal. En una palabra: extraordinario, que viene a ser lo habitual en la pianista argentina.

Un concierto magistral, de altos vuelos, gracias a intérpretes excepcionales, pero también a un programa interesante y equilibrado. Con leyendas del piano como Argerich, lo simbólico juega un papel importante y condicionante, pero al margen de los hitos y las figuras, la experiencia, viva e irrepetible, de cada concierto va tomada per se, porque lo interesante no es el pasado, sino como éste se vuelve irreconocible, mutante, aun manteniendo indiscutible calidad.

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