Jan Lisiecki podría pasar desapercibido si no coincidiera en una misma sala con un piano. Porque en ese caso, el joven de 23 años demuestra ser ya un veterano. Además de la trayectoria consolidada que atestiguan los numerosos conciertos, las grabaciones, la elección del repertorio, Lisiecki tiene algo que trasmitir cuando sale al escenario. Una personalidad que tal vez se esté forjando aún, pero que contiene un discreto encanto: la naturalidad.

El pianista canadiense Jan Lisiecki © Holger Hager
El pianista canadiense Jan Lisiecki
© Holger Hager

En una entrevista, hace un par de años, para el periódico francés Libération le preguntaron cómo hay que tocar a Chopin –uno de sus autores más interpretados y cuyas piezas ocupaban gran parte del programa de esta tarde– a lo que Lisiecki contestó “naturalmente. No hay que intentar añadir algo más a la música, ni sentimiento, ni romanticismo superfluo”. En efecto, sus interpretaciones del compositor polaco –y en cierta medida también las de Schumann y Rachmaninov que integraban el programa–, destacan por una pulcritud admirable, una sobriedad que permite apreciar cada nota y una técnica sólida que respalda la narración. En una palabra, Lisiecki busca la naturalidad; aunque el mero hecho de buscarla implica en cierto modo traicionarla. En todo caso, cuando hablamos de frescura, espontaneidad o, justamente, naturalidad, se trata siempre de algo sumamente medido y, a la vez, no exigido inmediatamente, hasta el punto de devolvernos una expresión que, pese a ser artificial, es genuina. Lisiecki llega a esta madurez de la noción de naturalidad, pero no de forma constante.

Este concierto conclusivo del Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo se abrió con los dos Nocturnos del Opus 55 de Chopin, en los que, queriendo evitar la fácil evocación, Lisiecki se mantuvo algo frío y rígido, especialmente en el primer nocturno, mientras que en el segundo, el fraseo fue más expresivo y el discurso apareció más claro, dibujando con contornos nítidos una serenidad final. Siguieron los Nachtstücke, Op.23, de Schumann: se trata de cuatro impresiones que se mueven entre lo lúgubre y lo ardoroso y que se generan a partir de un motivo rítmico inicial, el cual, a base de repeticiones y variaciones, estructura todas las piezas. Aquí Lisiecki se mostró algo perdido, no desde un punto de vista técnico, sino en la organización del material: se apreciaban las apariciones del motivo estructurante de la obra, pero faltaban matices; algunas transiciones resultaron borrosas y no quedó muy clara la dirección de conjunto. En los momentos más suaves, Lisiecki tiende (algo que escuchamos en ciertos momentos de casi todas las piezas interpretadas) a dilatar mucho el tempo, como para hacer patente la importancia de cada nota, sin embargo, resulta el efecto contrario: esos pasajes pierden el contorno, se desdibujan y, por tanto, los detalles se esfuman ante la falta de un paisaje global.

Por el contrario, nada de esto se produjo en el Andante spianato et Grande Polonaise brillante. Fue el momento más logrado del recital: tempi correctos, sonoridad refinada y fraseo impecable; no sé, si con naturalidad, Lisiecki se refería a esto, pero en todo caso, fue una interpretación madura, en la que la música lo decía todo, sin necesidad de probar ninguna tesis. Después del descanso, Lisiecki ofreció los cinco Morceaux de fantasie, Op.3 de Rachmaninov, en el que mantuvo el nivel de la pieza anterior, si bien aquí habría podido refrenarse menos y ofrecer una sonoridad más robusta, en todo caso fue una lectura personal con un sesgo casi intimista. Terminó con un díptico chopiniano atípico: el Nocturno, Op.72 en mi menor y el Scherzo núm. 1, Op.20. Lisiecki leyó el nocturno casi como preparación al Scherzo, de una forma desencantada y algo acelerada, pero que ligó bien con la pieza en si menor. Si bien faltó la sonoridad apropiada en algunos pasajes y hubo alguna incertidumbre, el diseño pareció bien trazado, queriendo representar el carácter abrupto y rupturista del Scherzo; con más personalidad y menos (aparente) control, Lisiecki cerraba (al margen de Träumerei de Schumann como propina) un recital interesante aunque algo desigual.

Al pianista canadiense le falta probablemente aún capacidad para mantener la misma intensidad en un recital de casi una hora y media, compuesto por piezas breves de un repertorio tan conocido. Resultaron evidentes los pasajes en los que rebajó su atención, con falta de claridad en la unión entre varios puntos de las obras. En todo caso, merece la pena escuchar a Lisiecki porque propone un discurso propio, si bien por desarrollar completamente. No es un ejecutor al uso ni para gustos facilones: sabe lo que quiere y tiene todos los medios para demostrarlo.

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