No cabe duda de que nos encontramos ante un concierto de una calidad mediática insuperable, cuando se trata de Yo-Yo Ma interpretando la integral de las suites de chelo de Bach. Ambos, intérprete y compositor, atraen al público incondicional, y la partitura, con todo su misterio, goza de un lugar especial dentro de la inmensa producción del genio alemán. Lleno completo, como se pueden imaginar, para la audición de un concierto de semejante magnitud. Y la magnitud viene refrendada, también, por la tremenda gesta de interpretar la integral, de memoria, y con todas sus repeticiones en una sesión que sobrepasó, sin descanso, las dos horas de duración.

Concierto de Yo-Yo Ma en el Auditorio Nacional
© Austin Mann | Ibermúsica

Comenzó el concierto con un acto simple, pero que merece la pena ser destacado, con Yo-Yo Ma completamente preparado para acometer la primera Suite, pero aguardando pacientemente y sin perder la sonrisa a que todo el mundo tomara asiento, para que nadie perdiera ni una sola nota del famoso Preludio de la primera, y como pretendiendo hacernos partícipes del carácter solemne de esta partitura. Acometió el Preludio con libertad rítmica y tempo más bien vivo, con una articulación audaz que favoreció a la percepción de un fraseo continuo, con notorios acentos y un sonido profundo y poderoso que no se resintió del imponente tamaño del auditorio. Más bien al contrario, si alguien pensó que íbamos a estar ante una interpretación meditabunda y ensimismada en cuanto al sonido, sin duda debió llevarse una sorpresa. Bien concebida como estructura unitaria, las siguientes danzas de la suite se fueron enlazando con soltura, mostrando claramente la independencia y variedad de tempo que las individualiza, pero sin perder el sentido continuado. Se diría que íbamos de camino a un concierto inolvidable.

Yo-Yo Ma
© Austin Mann | Ibermúsica

Sin embargo, no gozó de la misma concepción la Suite núm. 2 en re menor y en esta comenzamos a observar que, aun sin perder la amplitud y uniformidad del sonido, el discurso musical comenzó a moverse un poco en torno a la divagación, como si el fraseo hubiera dejado de tener preponderancia sobre la mera técnica de ejecución mecánica. Un sinfín de toses contagiosas a la altura de la Sarabanda empezaron a sugerir que se avecinaba una desconexión entre la música y los destinatarios de la misma. Diríamos que así ocurrió, porque a partir de este momento se repitieron varios errores de ejecución, particularmente en los movimientos más rápidos. La impresión era que a fin de alcanzar la máxima velocidad se estaba sacrificando la claridad de la pronunciación de las notas, y con ello el sentido de la expresión declamada y el impulso rítmico de los motivos melódicos. Esta tendencia continuó más o menos estable, combinándose con momentos de gran maestría a la altura del Preludio de la Suite núm. 5 en do menor, tal vez uno de los grandes momentos del concierto. No se liberó, en cualquier caso, ni esta ni la última Suite, de un enfoque rítmico que descuidaba la meticulosidad de un pulso demasiado libre para lo que puede resistir una forma como la danza. La estabilidad del pulso y la correcta elección del tempo resultan elementos idiosincrásico en la Suite, sin cuya observancia, las piezas que la componen se desmoronan en su discurso.

La consecuencia de ello, y también la duración de un concierto de timbre único con particular regocijo en los tiempos lentos, produjo que más de una persona abandonara la sala antes de la última Suite; lo sentimos por ellos, porque se perdieron una inolvidable interpretación de la canción tradicional El cant dels ocells, que nos regaló el maestro al término de su recital, y que nos dejó sobrecogido a más de uno.

***11