Sin adentrarnos en la cuestión de cuáles serían y cómo funcionarían los mecanismos que engarzarían sonido y sentido en la música de raigambre absoluta y programática, al menos una cosa parece libre de toda duda: debe regir el principio de literalidad. Es decir, con independencia del poder evocador que pueda emanar de la volición compositiva, el respeto a la grafía está indefectiblemente llamado a preceder cualquier amago de vuelo descriptivo. Y algo similar ocurre con la directriz connotativa en el montaje o ensayo, a saber: lo que importa es el resultado y no tanto el método a través del que se obtiene.

En consecuencia, el hecho de que Jakub Hrůša haya nacido en la República Checa no desempeña, a priori, un rol decisivo en su capacidad para la interpretación de páginas incipientemente nacionalistas (poco, atendiendo a nuestra coyuntura y con relación a la habilidad ejecutante, en el caso de Antonín Dvořák y menos en el de Jean Sibelius). Pero lo cierto es que, bien por casualidad, bien como precipitado de ósmosis cultural, su figura encarna las virtudes del exégeta avezado. Pudimos comprobarlo a propósito de tres obras que se destacan entre sus respectivos catálogos formales: Vltava (perteneciente al ciclo sinfónico Má Vlast), de Bedřich Smetana, Concierto para violín y orquesta en re menor, Op.47, de Sibelius y Sinfonía núm. 9 en mi menor “del Nuevo Mundo”, Op.95, de Dvořák.

Los integrantes de la Bamberger Symphoniker junto a su director Jakub Hrůša © Andreas Herzau
Los integrantes de la Bamberger Symphoniker junto a su director Jakub Hrůša
© Andreas Herzau

Era la primera vez que Vltava sonaba en el marco de Ibermúsica y la Bamberger Symphoniker quiso corresponder a la singularidad de la circunstancia. En este sentido, el terreno venía cuidadosamente preparado, pues Hrůša y la formación alemana han consagrado su último proyecto discográfico precisamente a Má Vlast. Y, desde los compases iniciáticos, el bagaje se hizo patente: no recordamos un Moldava tan primoroso. Cada cuadro, comenzando por el discurrir de los dos manantiales y prolongándose en las escenas del bosque, la boda campesina, los rápidos de San Juan y la postrera desembocadura en el Elba, fue resuelto con la mayor pericia. Pizzicatos justos y empastados, adecuado dominio del movimiento dinámico desde el golpe de arco, liderazgo de maderas, afinación exacta y balance logrado del colorido orquestal son algunas de las virtudes que conforman el racimo desplegado por el director checo y la Bamberger.

El tramo lírico no cayó en la desidia y avanzó con la misma decisión que el propio río, los ritmos de polka propusieron un cóctel equilibrado de folclore y solemnidad y los últimos episodios supieron imprimir un carácter vertiginoso evitando el tumulto y la bulla (mención especial para las secciones de Vl. I y Vl. II). Así, la pieza menos extensa de todo el programa (aunque en paridad con el resto a propósito de su celebridad) se erigió en el momento más conseguido de la velada.

Continuó el Concierto para violín de Sibelius a manos de Viktoria Mullova. La solista moscovita deleitó con una versión elegante y sutil. De nuevo, el ropaje orquestal derrochó energía y fiabilidad, siempre bajo la expresiva conducción de Hrůša. La violinista rusa sobresalió en el empleo de arcos ligeros, convirtiendo cada cadencia en majestuosas bocanadas de aire, y en la justeza de medida y tono. El Adagio di Molto enhebró a violín con maderas y archi de un modo sencillamente magistral, volviendo a justificar la asistencia al concierto.

La violinista Viktoria Mullova © Heike Fischer
La violinista Viktoria Mullova
© Heike Fischer

Por último, ya en la segunda parte, disfrutamos de otra página memorable: la Sinfonía núm. 9, de Dvořák. En estos casos, donde la partitura goza de un reconocimiento total (por lo demás, merecido), es más necesario que nunca atenerse a “la letra” sin sucumbir a la parodia o la desvirtuación del paisaje. Con semejante consigna a la vista, la Bamberger Symphoniker y su batuta titular desgranaron la extraordinaria criatura sinfónica (por cierto, no la única) del compositor checo. Los cuatro movimientos (Adagio-Allegro Molto, Largo, Scherzo: Molto vivace y Allegro con fuoco) se sucedieron en un equilibro que debemos elogiar. La cuerda (gran sección de chelos y violas) no confundió fuerza con estridencia, el corno cautivó en su papel protagónico (al igual que los atriles principales) y el metal no se desbocó en la tentación de una potencia excesiva. También hay que aplaudir las brillantes intervenciones de timbal y la firmeza profunda de bajos, que redondearon una ejecución notable desatando el entusiasmo.

Así se saldó la cuarta entrega de la Serie Arriaga 2017/18, que avanza en su itinerario de calidad y versatilidad. Solo cabe participar de la celebración y dar la enhorabuena. 

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