Hay algo de fronterizo y ambiguo en el carácter de las piezas interpretadas esta noche por la Filarmonica della Scala, dirigida por Riccardo Chailly. Algo teatral que, en el fondo, no nos debería sorprender tratándose de la orquesta de uno de los escenarios de ópera más célebres del mundo. Porque el Concierto para orquesta de Bartók y los Cuadros de una exposición de Mussorgsky tienen algo muy arraigado en las respectivas tradiciones y a la vez de muy refinado en su discurso musical.

Riccardo Chailly © Luca Piva
Riccardo Chailly
© Luca Piva

El Concierto para orquesta de 1943 mantiene un lenguaje accesible, tiene un perfil claro y, gracias a esa idea de diálogo concertante entre los varios solistas de la orquesta, llega incluso a resultar liviano, en comparación con los paradigmas expresivos mayoritarios en el siglo XX. Pero no hay que engañarse: se trata de una obra que va más allá de un conjunto muy rico y variado de recursos sonoros o de reminiscencias de temas de carácter popular. Al contrario, indaga en la profundidad de la forma y propone un cosmos en el arco de los cinco movimientos. La Filarmonica della Scala sabe situarse perfectamente en esa frontera entre la tierra, las raíces, los bosques y la metafísica del sonido, para ofrecer lo abstracto de lo abstracto; porque la presencia del sonido, a pesar de su contundencia, es extremadamente pulido, casi irreal. El primer nivel de lectura se da justamente en el plano de las sonoridades: el poder de evocación de los filarmónicos es exquisito, no cabe duda de que se entienden a la perfección y saben medir su potencial. Chailly confecciona texturas asombrosas, dirigiendo con gesto claro y perfectamente controlado. Es la de la Scala una orquesta sumamente elegante, como el atril de terciopelo rojo que su director ha traído consigo al Auditorio Nacional. Paradójicamente, esta finura y fluidez restó algo de trascendencia y espontaneidad al discurso bartokiano, especialmente en los movimientos extremos, que sonaron un poco amanerados. Los movimientos segundo y cuarto, con su carácter burlón y de danza, permitieron lucirse espléndidamente a todas las secciones de la orquesta. Pero fue sobre todo en el movimiento central, la "Elegia", donde se alcanzó la cumbre, el momento más álgido. Ahí la experiencia sensorial de las sonoridades coincidió con la profunda orientación del sentido de la obra, un alegato solemne y crepuscular, pero no desesperanzador.

En la segunda parte, la célebre obra de Mussorgsky fue, en una palabra, apoteósica. La idea de un espectador que pasea por un museo y mirando los cuadros, se refleja y se identifica en ellos, es muy representativa de ese teatro de la vida que se puede respirar justamente en la vida de un teatro. Por ello, las características de la orquesta sonaron aún más naturales y acertadas: nitidez, pulcritud y control milimétrico para una gama de colores y matices que parecía no acabarse nunca. También las dinámicas fueron espectaculares: crescendi bien extendidos y progresivos, contrastes bien marcados, capacidad de sorprender. Todo muy importante para que la repetición de los materiales, a partir de la Promenade, no se haga tediosa y plana, algo que desde luego no ocurrió. Incluso, se abandonó un poco la tendencia al orden y a la reconciliación para acentuar las contraposiciones, transmitiendo ese carácter grotesco y “bárbaro” de algunos de los cuadros. Nada a lo que se llegó por casualidad, por supuesto, pero que estuvo perfectamente logrado. Y como decía, el camino fue apoteósico con su constante acercamiento hacia el punto culminante, con sus falsos finales y con un volumen orquestal que parecía haber tocado techo, pero que luego añadía un nivel ulterior, haciendo difícil refrenar el entusiasmo en la sala, que estalló en aplausos apenas sonó el último acorde.

Tras minutos de aplausos, Chailly ofreció la obertura de Semiramide de Rossini donde la teatralidad se adueñó, ya sin ningún reparo, de la escena y nos llenó de regocijo en un concierto que confirmó que Chailly es un gran director y que incluso con una orquesta de gran reputación histórica, como la Filarmonica della Scala, no se acomoda en el repertorio más convencional, sino que sabe modular y conjugar distintas estéticas. Eso sí, con un trazo muy reconocible que pasa por la máxima atención al detalle, por la luminosidad y la claridad alejadas de tintas recargadas, por un gesto sobrio aunque potente. En mi opinión, aunque en sí no constituya obviamente un defecto, este enfoque puede hacer perder algo de pathos en ciertos lenguajes (en este caso, Bartók), para privilegiar otros, igualmente complejos, pero que se ajustan a otra línea expresiva e incluso emotiva (como Mussorgsky anoche). Son la Orquesta della Scala, elegantes por definición, y tras escucharles, quedamos seducidos y complacidos, aún sin salir demasiado de nuestra zona de confort.

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