«Si busco una fórmula práctica para definir la época de antes de la Primera Guerra Mundial, la época en que crecí y me crié, confío en haber encontrado la más concisa al decir que fue la edad de oro de la seguridad. Todo en nuestra monarquía austríaca casi milenaria parecía asentarse sobre el fundamento de la duración, y el propio Estado parecía la garantía suprema de esta estabilidad». Con estas palabras comienza Stefan Zweig El mundo de ayer: las «memorias de un europeo» que nos sitúan en un marco necesario para el abordaje crítico de la Sexta de Mahler. Porque el concierto de anoche, además de un análisis a propósito de la –magnífica– puesta en escena musical de Ricardo Chailly y la Filarmonica della Scala, requiere un contrapunto histórico sobre el que recortar la trascendencia formal de la pieza y, por ende, el acierto del criterio seguido por el conductor italiano y el conjunto milanés.

Podemos reducir dicho "rompimiento", por emplear la terminología adorniana, a la siguiente premisa: introducir en la prosperidad epocal –también en lo que al lenguaje musical respecta y, más concretamente, a la trayectoria de Gustav Mahler–, como si de una premonición se tratase, el elemento desestabilizador e inapelable del destino. Con mayor o menor grado de insistencia según los diferentes tramos de la sinfonía, la versión de Chailly descansa sobre este presupuesto, que dota de fuerza y naturaleza sorpresiva al Allegro enérgico, ma non troppo, de una tranquilidad reparadora –pero fugaz– al Andante Moderato, de un pulso contra el convencionalismo estilístico al Scherzo, y, finalmente, de un tormento y desgarro interior –inédito en el ciclo sinfónico precedente– al Finale.

Riccardo Chailly © Silvia Lelli
Riccardo Chailly
© Silvia Lelli

Los músicos de la Filarmonica della Scala, siempre bajo el atento gesto de su director titular, comenzaron la lectura con una decisión ejemplar, que se articuló a través de los golpes de arco de la cuerda, el respaldo homogéneo y poderoso del viento, los redobles funestos de la caja y los corales de metales. Las secciones de violines contribuyeron con una tímbrica esencial en los tutti, pero su mérito más encomiable radicó en los cambios temáticos que, merced a su realización en bloque, imprimieron al movimiento un fragor y una perturbación que conforma la tonalidad anímica de toda la obra. Chailly, mediante incisivas indicaciones y una conciencia absoluta de los tempi, no cesó de alimentar la tribulación de este número, que, sin embargo, no se desvirtuó ni se perdió en la confusión, sino que mantuvo la función de cada voz firme en su cometido.

A continuación, la interpretación de Chailly se posicionó en el debate a propósito de la colocación del Andante y el Scherzo abogando por la tradición de especialistas que determina la ejecución del Andante como segundo movimiento. No puede negarse que tal decisión redundó en el carácter trágico que atraviesa la segunda parte de la página, de tal suerte que el Scherzo precipita el Finale. Nuevamente la cuerda volvió a ser protagonista, enhebrando un remanso armónico en la turbulencia estructural de la Sexta, y mostrando la disciplina de la Filarmonica della Scala, que empastó las emisiones de archi alcanzando una resultante sonora de belleza arrobadora.

Pero, con la contundencia de una sentencia macabra, los golpes del timbal quebraron el hechizo y anticiparon el viraje trágico de la parte conclusiva. En estos pasajes de desarrollo Chailly consiguió privilegiar el registro lúdico a través de recursos como los precisos pizzicatos, la figuración del fagot o la intervención del xilófono –junto a la celesta, este instrumento encuentra su introducción en el repertorio sinfónico por primera vez con la Sexta–. Y todo esto para transitar a una de las clausuras más monumentales –especialmente por su arquitectura formal– de la producción de Mahler. La ambigüedad de los compases de arranque del sostenuto evolucionó progresivamente hacia un torrente fatídico en el que la labor de contención de Chailly fue fundamental. Así, catalizados por la prodigiosa aportación de trompetas y trombones, los devaneos de violines y arpa guiaron, siguiendo un rodeo tortuoso, al paroxismo de las potencias del sino, que se correspondieron adecuadamente con la masa orquestal, ya desatada. Los conocidos mazazos del Hammerschlag terminaron por revelar el sentido de una exégesis que estuvo a la altura de la partitura: el repentino rumor de una catástrofe que no tardaría en alcanzar a su autor y a la floreciente Viena, a la sazón capital de un imperio que hoy se antoja, como la música de Mahler, lejano y perdido, arraigado en una esperanza que ya no existe.

*****