Es posible suponer que el recital de piano, entendido como formato de concierto, debe su éxito y longevidad, frente a otras propuestas análogas no tan practicadas y/o encumbradas –a pesar de un repertorio igualmente propicio, como el recital para violonchelo, violín, etc.– a la idoneidad de su naturaleza para la exaltación de un catálogo de rasgos vinculados con la figura del genio, el portento, el virtuoso. En este sentido, el intérprete cobra un rol protagonista que en registros alternativos –ahora atendiendo al número de efectivos implicados, como los trabajos sinfónicos o los escritos para conjunto de cámara– es menos frecuente o se encuentra atenuado, acaso por la intervención de más ejecutantes o debido al grado de atención que atraen sobre sí las propias obras que conforman el programa en cuestión.

Los recitales de Evgeny Kissin responden a esta caracterización, concentrando alrededor del pianista ruso un aura de expectación que logra rebasar cualquier otra proyección sostenida sobre las piezas a representar. Parece, entonces, que no importase tanto el objeto de la exégesis como la versión en particular de nuestro protagonista, erigido, desde que Herbert von Karajan le dispensó su favor, en una suerte de sinécdoque con respecto al contenido de la lista de atributos que mencionamos más arriba. Un ejemplo evidente de ello pudimos comprobarlo en la primera parte, configurada a través del recorrido doble por F. Chopin –Nocturno núm. 15, Nocturno núm. 12 y Nocturno núm. 18– y R. Schumann –Sonata para piano núm. 3, Op.14–.

Evgeny Kissin © Rafa Martín
Evgeny Kissin
© Rafa Martín

Kissin elaboró una lectura de gran poder evocador –pero, también, de un cautivador carácter, preñado de ensueño y trascendentalismo–, en la que la materialidad sonora de cada floreo, de cada pedal y de cada modulación redundó en un correlato acompasado y recíproco de la estructura chopiniana y su estilo. En este sentido, uno de los recursos más efectivos en la construcción de la atmósfera taciturna que dota de unidad a las tres composiciones que dieron comienzo al ejercicio fue, sin duda, el tempo, el manejo adecuado de la cadencia y balance entre el fraseo de aspiración romántica en su dimensión melódica y el correspondiente contrapeso armónico, general y fundamentalmente a cargo de la mano izquierda. Aquí, es preciso apuntar, fue determinante el dominio de Kissin para calibrar las distintas profundidades y pulsiones de los macillos, a efectos de mantener en su riqueza todo el espectro de voces, pero evitando incurrir en un excesivo lirismo. Se articuló, por tanto, un discurso nítido pero denso, volátil pero compacto, controlado pero libre. Prácticamente inmaculado en su limpieza técnica y en su organicidad global –también, naturalmente, en lo que concierne a las transiciones, tanto ad intra como ad extra–.

A continuación, Schumann nos reveló al Kissin más brillante y diestro, con una evolución gradual apabullante por fuerza, contención y solvencia. Los cuatro movimientos estuvieron conectados entre sí merced a la coherencia interna, cincelada, a su vez, mediante un respeto ortodoxo de los patrones rítmicos que constituyen los diferentes temas del Allegro, el Scherzo, las Quasi variazioni y el Prestissimo final. Asimismo, destacó el empleo de las dinámicas y el juego de resonancias, coordinado a la perfección desde las ágiles pero decididas extremidades del solista ruso. Los tramos de más exigencia interpretativa refulgieron con el máximo coturno cuando Kissin desató su talento sin ninguna reserva. La amplitud de la Sonata núm. 3, célebre por su exploración del teclado y un lenguaje de elevada complejidad tonal, fue correspondida por un músico en estado de gracia, que no escatimó energías y propinó ataques agresivos y pasajes de no poca condensación sonora, que siempre obtuvieron un resultado lleno, rebosante de color e impacto.

© Rafa Martín
© Rafa Martín

En un plano más reducido, conforme al género de la miniatura, se saldó el inicio de la segunda parte, con una selección de ocho preludios de Debussy que nos permitió contemplar a un Kissin sofisticado y creativo, que alcanzó casi en la totalidad de su planteamiento cotas de verdadera orfebrería impresionista. Dos momentos perdurarán en el recuerdo: La doncella de los cabellos de lino y La Catedral sumergida. Por último, la Sonata núm. 4, Op.30 de Scriabin nos retrotrajo a lo experimentado anteriormente con motivo de Schumann, pero esta vez sin tanta agitación emocional y sí, por contra, bajo la pauta de un flujo más ágil y eléctrico. Fue, en definitiva, una clausura a la altura de todos los precedentes, que desató el clamor unánime, alimentado por hasta cuatro –más que dignas– propinas: la confirmación de que el recital de Evgeny Kissin ha dejado en Madrid una impronta excelsa e indeleble.

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