Existen tradiciones que, al socaire de su poder atrayente y el anclaje con lo comunitario, logran seguir conservando la vigencia. Revisten cierto carácter aurático, un mecanismo similar al del ritual que, asimilado -en el sentido de comprensión del valor- por cada individuo, pervive a través del transcurrir de los años. Una muestra evidente de ello la constituye el conjunto orquestal no dependiente de la realeza más antiguo de Alemania: la Gewandhausorchester Leipzig. Sus orígenes se remontan al siglo XVIII y la nómina de directores -Gewandhauskapellmeister- que han asumido la titularidad de la formación arroja nombres tan egregios como Felix Mendelssohn, Herbert Blomstedt, Ricardo Chailly, Bruno Walter o Wilhelm Furtwängler. La flamante última figura en engrosar el inventario es Andris Nelsons, presentado en la Festwochen zur Amtseinführung durante los pasados meses de marzo y abril, así como en una gira internacional que, tras recorrer algunas de las principales salas de Europa -Hamburgo, Colonia, Ámsterdam o Bruselas-, concluía, coincidiendo con el cierre de la XLVIII temporada de Ibermúsica, anoche en el Auditorio Nacional de Madrid. No se trataba, por tanto, de un concierto al uso, y la expectativa podía percibirse en el ambiente desde los instantes previos al comienzo.

El director Andris Nelsons © Jens Gerber
El director Andris Nelsons
© Jens Gerber

La velada se inició con la comparecencia en el escenario de prácticamente la totalidad de la plantilla de la Gewandhaus. La pieza que ocasionaba tan nutrida coalición de efectivos: Chiasma für Orchester (estreno en España), de Thomas Larcher. Escrita por encargo para la puesta de largo de Nelsons, la obra de Larcher condensa un despliegue estructural que la aproxima al género sinfónico de gran aliento, si bien en esta coyuntura acotado a los 10 minutos de duración. En dicho sentido, la Gewandhaus no escatimó intensidad ni matiz, imprimiendo a la composición un talante realmente sorpresivo y emocionante. Destacó el empeño de archi, manifestando la agudeza del contrapunto en una coordinación de motivos fragmentarios que fueron interpretados sin desdoro de un resultado unitario. También aportó viveza el amplio apartado de percusión y, en suma, todo el engranaje orquestal, que encadenó la sucesión de compases como un algoritmo perfecto.

Nelsons creció ostensiblemente con la segunda partitura del programa: Sinfonía núm. 40, de Mozart. Celebrada hasta incurrir en el abuso, la penúltima sinfonía del genio austriaco, apodada «Gran sol menor» -en contraste con la núm. 25, K. 183/173dB-, propició, sencillamente, el milagro musical. La Gewandhaus Leipzig y el conductor de Riga reunieron destrezas en una lectura rayana con lo sublime de principio a fin. Amén de la exactitud y homogeneidad de cada voz, siempre complicada en la límpida textura armónica mozartiana, asistimos a un catálogo de dinámicas y recursos técnicos que confluyeron en la más excelsa versatilidad exegética. Conviene ensalzar al magnífico Konzertmeister, Sebastian Breuninger, que con su gesto prolongó la labor de Nelsons y ofreció referencias precisas en todo momento. La afinación y empaste de trompas denotó un nivel difícilmente superable, así como la arrobadora sección de madera, que realmente se alzó hasta cotas estratosféricas en el discurso melódico y la urdimbre del tutti. En lo respectivo a cuerda, poco cabe añadir: quedó patente que, 275 años después de su fundación, la Gewandhaus Leipzig congrega entre sus filas a los mejores músicos del mundo. Por lo demás, hay que aplaudir el criterio de Nelsons, que no desbocó los tempi ni impostó ningún añadido innecesario. Al socaire de lo escuchado, resulta complicado concebir un Mozart más pletórico.

En la segunda parte pudimos atestiguar el trasvase de las virtudes alemanas desde una página inagotable: la "Patética" de Tchaikovsky. En un registro completamente diferente, la Gewandhaus modificó ataques, articulación y balance. Con un sonido eminentemente grueso -revelando, bien es cierto, una denominación de origen más germana que rusa-, logrado a través del détaché sostenido y un vibrato elongado, violines y chelos lideraron el discurrir lírico, implicando en su excelente ejercicio al resto de cuerda. Las intervenciones de trombones representaron lo más granado de un metal, en cualquier caso, mayúsculo, y auspiciaron el éxtasis en el Allegro molto vivace, que conformó el movimiento mejor construido -sin perjuicio de que lo extraordinario que asimismo atravesó a los tres restantes- de la sinfonía. Nelsons enhebró una atmósfera trascendente, consiguiendo concentrar toda la atención de la Sala Sinfónica, que se tradujo en un silencio sepulcral, imprescindible para la conmoción del testamento chaikovskiano. Su personalidad también transpareció en las licencias agógicas, especialmente en el Allegro con gracia, contribuyendo al espíritu del pasaje y fintando el mínimo atisbo de extravagancia. Una solidez y seguridad que brillan si cabe con más fulgor teniendo en cuenta la reciente incorporación al cargo de la batuta letona. El futuro, desde luego, rebasa lo prometedor.

No obstante, hay algo de amargo en la celebración: que pone fin a un curso musical encomiable. Concluir con una presentación de la magnitud de lo brindado por Nelsons y la Gewandhaus no es sino otro síntoma de la redondez que hemos ilustrado, el ínclito fenómeno que se revela cuando la aspiración consigue solaparse con lo alcanzado. 

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