Prodigioso, pirotécnico, majestuoso, espectacular, formidable… Todas estas aproximaciones nos dicen algo sobre Evgeny Kissin, pero no agotan el sentido de sus performances, de su peculiar carisma, de una forma de interpretar el piano que parece intemporal. Heredero de la grande escuela pianística rusa, niño prodigio, Kissin conjuga una técnica portentosa con una visión nítida de la obra interpretada, aportando una versión del celebrado –naturalmente, Beethoven, como se imaginan ustedes– alejada de todo romanticismo. Un programa totalmente beethoviano, incluyendo los cuatro bises finales, desde el do menor de la Sonata “Patetica”, al do mayor de la “Waldstein”, pasando por las Variaciones y fuga, Op.35 y la Sonata “Tempestad”.

El recital se abrió con ese acorde grave, a dos manos, de la Sonata núm. 8, Op.13, que ya adelantaba todas las intenciones del ruso sobre la obra: sonó rotundo, basculado hacia el bajo, esbozando intencionalmente un ligero arpegio. Adoptó un tiempo sostenido, pero sin excesos y sobre todo, extremadamente regular, sin concesiones. Un Beethoven pulcro en el fraseo y contundente en las dinámicas y en el enfoque. Kissin construyó el movimiento inicial con una marcada polarización de las zonas del teclado, para recalar constantemente en el bajo, donde su mano izquierda incidía como un martillo (que sin duda daba en el clavo). El Adagio cantabile fue probablemente el momento menos logrado de todo el recital: el ruso se mantuvo sobre dinámicas demasiado abundantes y su enfoque algo frío implicó una cierta falta de cercanía. El Rondo final retomó el espíritu del primer movimiento, introduciéndonos en el mundo del piano moderno, como si Kissin nos sugiriera que Beethoven tiene más que ver con Prokofiev que con Schumann.

Evgeny Kissin en el Auditorio Nacional © Rafa Martín | Ibermusica
Evgeny Kissin en el Auditorio Nacional
© Rafa Martín | Ibermusica

Para las Variaciones y fuga, Op.35, (sobre un tema de la “Heroica”), Kissin jugó otra de sus cartas, algo que podríamos definir, como su piano sinfónico. El pianista moscovita posee una sonoridad potente que le permite alcanzar y modular una buena paleta tímbrica. En estas Variaciones, Kissin jugó con los efectivos sorpresivos, como si se tratara de las varias partes de una orquesta, pero por otro lado puso suma atención a las voces intermedias. Hay algo lúdico en estas piezas, pero también la demostración de una inventiva excepcional en darle mil vueltas a un tema, en principio bastante elemental. En algunas de las Variaciones, Kissin ofreció una gama de pianos y pianissimi llenos de color y sobrio lirismo, mientras que la fuga se dibujó con una perfecta conjunción de vigor y control.

Si hasta aquí el lector puede imaginarse que la velada estaba cumpliendo lo prometido, hay que decir que la segunda parte fue aun mejor. Con la Sonata núm. 17 en re menor, Op.31/2, Kissin logró un equilibrio inmejorable entre los grandes medios técnicos y una línea de canto muy expresiva, haciendo hincapié en los contrastes. Sus manos viajan seguras por el teclado y apuestan fuerte, sin renunciar al virtuosismo, pero luego es capaz, como en el Adagio, de amansar a la fiera y de plasmar un movimiento hecho de gestos que se esfuman, de frases que sugieren pero se retraen, de palabras que sólo se escuchan en el silencio más recogido. También el Allegretto conclusivo brilló como una detonación controlada, valga la paradoja para indicar ese talento de hacer parecer simple lo que evidentemente no lo es.

Pero la apoteosis llegó con la Sonata núm. 21, la “Waldstein”: la construcción se edificó nítida, simétrica, con absoluto control por parte de Kissin, pero también con un derroche de energía que nos dejó incrustados en el asiento. Los vaivenes del primer movimiento se sucedieron encadenando los desarrollos y las figuras rítmicas: Kissin logró una lectura rica de matices y al mismo tiempo compacta. En el segundo movimiento, el intérprete ruso trazó un cuadro cristalino, infundiendo un clima de calma y sabiendo sacar todo el provecho de los esenciales medios que Beethoven pone a disposición en este lunar movimiento. Igualmente de gran sosiego fue la transición hacia el Rondo: Kissin marcó un tiempo apacible para luego dar rienda suelta a toda la potencia en el tema principal. Efectivamente se trató de una explosión de colores, de dinámicas, un equilibrio soberbio entre las voces, que encauzó de forma memorable este recital hacia su final.

Y no obstante el notable dispendio de energías, Kissin nos brindó cuatro piezas beethovianas (variaciones, bagatelas y escocesas), joviales y jocosas que pusieron el broche final. No hay duda de que Kissin se encuentra en un momento de madurez musical envidiable, que se traduce en una técnica puesta al servicio de una visión global de la obra y del compositor, con lecturas alejadas de los clichés y, al mismo tiempo, una orientación personal evidente, cargada de historia y de tradición. Kissin y Beethoven, Beethoven y Kissin: un binomio de acero inoxidable.

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