Desde 2014 no ha faltado ningún año a su cita con Ibermúsica y sus conciertos siempre son esperados por críticos y aficionados. Vladimir Jurowski es un director cuya sola presencia sobre el podio crea una atmósfera de elegancia en la sala. Una negra figura de la que emanan diferentes órdenes a través de movimientos claros y precisos capaces de conducir por los cauces que él desee la misma esencia de la música.

Para la primera parte tuvimos el único concierto para violín del compositor británico Benjamin Britten. Una obra endiablada tanto para el solista como para la orquesta. Para el primero es necesaria una gran flexibilidad para cambiar de registro y de intensidad unida a una notable rapidez en los dedos. Ambas cualidades las reúne Vilde Frang, a quien solamente se le puede achacar el defecto de haber sido demasiado exagerada con unos pianissimi justificables en el Moderato con moto, pero no tanto en el Vivace. Si bien es cierto que en la cadencia de este segundo movimiento Frang tomó la decisión de sacrificar en parte la expresividad por el virtuosismo, no estuvo del todo mal, pues nos permitió admirar sus grandes capacidades tanto en los musicales piano, como en las contrastantes pizzicati y dobles cuerdas, sin llegar estas a sonar demasiado agresivas y manteniendo una taimada elegancia. En el último movimiento llegó demasiado pronto el pianissimo, anticipando un final en el que, como bien decía Pedro González Mira en las notas al programa, debería ir “desvaneciéndose en el horizonte”.

Vladimir Jurowski frente a los integrantes de la London Philharmonic Orchestra © Rafa Martín | Ibermúsica
Vladimir Jurowski frente a los integrantes de la London Philharmonic Orchestra
© Rafa Martín | Ibermúsica

La orquesta hubo de plegarse al sonido pequeño de la solista y Jurowski se hizo valer contrastando bien los tutti de los acompañamientos. En el primer movimiento, por ejemplo pudimos ver como el timbre del violín se sumergía en la orquesta para volver a emerger al ascender hacia los agudos. Los vientos y los chelos sufrieron en algunos momentos perdiendo timbre para quedar supeditados a la solista, pero resultó un esfuerzo que mereció la pena. Además, después del descanso tendrían la oportunidad de sacar todo el sonido del que fueran capaces en la grandiosa Quinta sinfonía de Gustav Mahler.

La marcha fúnebre comienza con el conocido solo de trompeta que rápidamente llegó a un gran fortissimo que podría haber sido un digno final de movimiento. Los oboes y clarinetes posicionaron sus instrumentos como clarines proyectando junto con la enorme sección de metales –compuesta por siete trompas, cinco trompetas, tres trombones y una tuba– todo su sonido hacia el público. En cada tutti en el que se indicaba fortissimo se llegaba al mismo punto de grandiosidad sonora, sin embargo, Jurowski, de forma muy inteligente, se guardó un poco de potencia que no mostró hasta el final del Scherzo, agudizando el contraste entre esta parte con el calmado Adagietto. No fue, sin embargo, el único alarde de genialidad que hizo Jurowski. Supo desde el primer momento resaltar las distintas melodías que conforman la compleja estructura armónica de esta Quinta sinfonía y pudimos apreciar, gracias al gran empaste en la sección de bajos de las cuerdas, las melodías secundarias que se entrecruzaban con la principal creando efectos rítmicos que mantenían en movimiento a este gran gigante musical. Más allá de la arquitectura de la obra, la London Philarmonic Orchestra prestó atención a los detalles, destacando tanto los acentos como, sobre todo los fortepiano o, por ejemplo, colocando al solista de trompa al lado de la tuba, para que en su solo junto a su ayudante de sección el sonido surgiera en una especie de stereo, generando un maravilloso efecto.

En el Adagietto no hubo un exceso de expresividad, mostrando Jurowski una versión quizás más académica en la que destacaron de nuevo chelos y contrabajos por encima de los violines. El alarde de sonido de los tres primeros movimientos dejó un Rondo-Finale que no sonó del todo a final, a pesar de que exprimió la orquesta sus últimas gotas de expresividad y sonoridad, que hicieron al público aplaudir con ganas al siempre elegante y sobrio en apariencia Vladimir Jurowski.

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