Existen muchas formas de responder a la pregunta '¿qué es un concierto de música clásica?'. Sin embargo, hay ocasiones –y esta que nos ocupa engrosa tal cuenta– en las que, a fuer del programa escogido, la experiencia parece ajustarse al modelo de recorrido museístico con guía. Así, la hoja de ruta propuesta correspondería con uno de los infinitos salones que vertebran nuestra pinacoteca musical y el cicerone, con director, solistas, coro y orquesta. Sin duda, anoche la excursión transcurrió por los pasillos del ala este, reservada a creaciones eslavas, y Jurowski, Lisiecki y la London Philharmonic Orchestra, óptimos lazarillos, desgranaron con maestría el profuso acervo, encarnado para la coyuntura en Glinka, Chopin y Tchaikovsky.

La sección de cuerda de la LPO © Benjamin Ealovega
La sección de cuerda de la LPO
© Benjamin Ealovega
Vals fantasía, de Mikhail Glinka, fue la obra seleccionada para inaugurar la travesía. Concebida en un primer momento como vals–scherzo para piano, su versión orquestal despliega con mayor riqueza los tonos de una coloración que posteriormente influiría en autores de la talla de Tchaikovsky, Glazunov o Shostakovich. Jurowski y la London Philharmonic llevaron a cabo una exégesis justa, prevenida contra toda grandilocuencia y que supo generar la atmósfera adecuada: juego embebido de misterio –ambigüedad con patente rusa– donde, como señaló Pushkin, el dolor llega a convertirse en luz. La ejecución se desarrolló siempre en una dinámica no superior al forte, combinando delicadeza y suspense merced al rigor de la cuerda, el contrapunto de maderas y los brillantes matices de la percusión –mención especial para el triángulo–.

A continuación, nuestra visita abandonó –provisionalmente– Rusia para explorar paisajes polacos: Fryderyk Chopin y su Concierto para piano núm. 1. La formación londinense acometió el Allegro maestoso con ímpetu y majestuosidad, preparando el terreno sin titubeos, en la mejor tradición beethoveniana. Jan Lisiecki, con precocidad similar a la de Chopin –el canadiense suma tan sólo 21 prímulas y el compositor eslavo estrenó su concierto a la edad de 20–, recogió el testigo y, tras la exposición orquestal, hizo emerger la voz del piano, vestida de empaque y personalidad. Una voz canora y una personalidad que sorprende pues, a pesar de su señalada juventud, no puede tacharse a Lisiecki de bisoño: plasmó magistralmente la nostalgia melancólica que atraviesa la página chopiniana, más propia tal vez –aunque no necesariamente, como ha desmentido la Historia– de quien acumula un considerable racimo de años. Por eso hay que reconocerle al canadiense un mérito aún mayor.

El pianista Jan Lisiecki © Mathias Bothor
El pianista Jan Lisiecki
© Mathias Bothor

El segundo movimiento, Larghetto, puede calificarse de undoso. Jurowski y la LPO arroparon con pericia al piano, que a su vez dibujó meandros románticos evitando la habitual tentación de lo exagerado. Lisiecki dotó al hechizo de cierta gravedad, pero sin entorpecer la fluidez rítmica, compaginando con solvencia anverso y reverso tan caros al nocturno –ese que inspiró, hace ya casi dos siglos, Konstancja Gladkowska–. Por último, el Rondo–vivace dio rienda suelta a la energía en reserva y puso el broche a una gran actuación del canadiense.

Los ecos folclóricos que todavía resonaban en la sala supusieron el gozne perfecto para transitar hacia la última obra de la velada: Sinfonía núm. 2, ‘Pequeña Rusia’, de Piotr Ilich Tchaikovsky. Con exquisita sensibilidad, el solo de trompa iniciático –inspirado en la canción popular ucraniana Bajando el Volga– desencadenó la avalancha del Allegro vivo, que exigió el brío de la cuerda en el vórtice para diminuir después: fagot y pizzicatos rubricaron la expiración del primer movimiento, claro esbozo de lo que más tarde constituirá su análogo en la Sinfonía núm. 6, Patética. El Andantino marziale, liderado por la sucesión de maderas, expresó el donaire de Jurowski y la formación británica. Acto seguido arribamos al Scherzo–Allegro molto vivace, que se desarrolló en ejercicio de precisión y contrapunto orquestal, con una sección de violines experta, empleada juiciosamente a través del amplio catálogo de golpes de arco. El Finale–Moderato assai recogió el grano sembrado y, esta vez al socaire de La Grulla –de nuevo, Ucrania–, desembocó en un cierre apoteósico, con la limpieza y comunión del tutti que adorna los grandes conjuntos.

Así concluyó la lección de un cicerone concentrado y bien dispuesto, en todo momento al servicio de nuestra excursión eslava. Cicerone, por cierto, bajo el auspicio de Ibermúsica, que, en otra esfera y merced a su buen olfato, también nos brinda, de alguna manera, una valiosa guía. Sobran motivos para celebrarlo.