Danzar sobre una cuerda de violín, inundando lienzos con colores inimaginables, frente a la inminente e inexorable catástrofe. Creo que esta imagen nos puede devolver la atmósfera de lo vivido anoche en el Auditorio Nacional. De dos célebres compositores soviéticos fueron las obras de las que se compuso el programa: el Segundo concierto para violín de Prokofiev (1935) y la Octava sinfonía de Shostakovich (1943) y que fueron brillantemente interpretadas por la Gustav Mahler Jugendorchester, dirigida por Vladimir Jurowski y con la presencia de Lisa Batiashvili en la primera parte.

La violinista Lisa Batiashvili © Sammy Hart | DG
La violinista Lisa Batiashvili
© Sammy Hart | DG

El concierto de Prokofiev, estrenado justamente en Madrid por el violinista francés Robert Soëtens, es un excelente ejemplo de esa síntesis entre clasicismo y modernismo que en aquellos años buscaba el compositor, y que se traduce en una obra compacta, desde el punto de vista de la forma, en la que el virtuosismo rítmico se alterna con temas de gran lirismo, repletos de colores ricos y exuberantes. En tal sentido, Lisa Batiashvili nos devuelve todos los matices en un primer movimiento que se inaugura misteriosamente con el violín solista. A este le sigue la cuerda, para luego comenzar su hipnótico y virtuoso recorrido, manteniendo un perfecto equilibrio con la orquesta, muy enriquecida en la partitura de Prokofiev. El segundo movimiento es la quintaesencia del lirismo de Prokofiev: se abre con el pizzicato de la cuerda y los arpegios de los clarinetes y luego, con un sonido diáfano y discreto, entra el Guarneri solista. Todo sopesado con increíble gracia para una textura delicada y plena a la vez, que va in crescendo hasta la parte central del movimiento en la que Lisa Batiashvili vuelve a mostrar su registro más virtuoso, dialogando con el metal y la percusión, para volver al tema inicial y concluir con una nueva variación. El último movimiento retoma la atmósfera del primero añadiendo nuevas figuras rítmicas y un aire más popular que intenta entremezclar los motivos rusos y españoles, constituyendo un eje a través del cual Batiashvili libra sus vuelos visionarios, insistiendo sobre la pulsión rítmica de la pieza hasta el punto final, hasta el último respiro, sin tregua. El carácter de los grandes intérpretes sale a la luz cuando consiguen transmitirnos un sentido musical profundo y devolvernos cierta simplicidad, a pesar de la dificultad técnica de la obra; la violinista georgiana sin duda no faltó a dicho principio, confirmándose una voz imprescindible en el panorama actual.

Después del descanso, todo el protagonismo pasó a las manos de Vladimir Jurowski y la orquesta de jóvenes talentos europeos, fundada ya hace más de 30 años por Claudio Abbado. La obra escogida, de enorme complejidad y envergadura, mostró la excelente capacidad y madurez del conjunto orquestal, al completo para la ocasión, así como la capacidad de Jurowski de penetrar y dar sentido a una partitura cargada de significados. La obra, en la época de su estreno, provocó gran expectación: la batalla de Stalingrado se había librado pocos meses antes y la anterior sinfonía de Shostakovich, la “Leningrado”, había representado el momento de mayor conexión emocional del compositor con la Unión Soviética. Sin embargo, lejos de ser una obra celebrativa, la Octava sinfonía es un alegato pesimista e introspectivo y, en efecto, esta es la clave interpretativa que Jurowski adopta. En el Adagio inicial se percibe un cierto esfuerzo para mantener un rumbo certero, pero seguidamente, con una mayor implicación de la orquesta, asistimos a una yuxtaposición de capas de color, reconocibles e imprescindibles las unas con otras. Es sobre todo a partir de la mitad del primer movimiento cuando se establece una dialéctica capaz de enfatizar magistralmente los momentos de mayor potencia sonora a través de su contraste con pasajes en los que pocos instrumentos, con un hilo de voz, mantienen vivo el discurso. Los movimientos centrales aparentemente más “bélicos”, realmente son una trasfiguración grotesca y amarga, que desde el punto de vista interpretativo permiten lucirse a muchos elementos de la orquesta: una gran incidencia rítmica nos acompaña hasta desaparecer paulatinamente y transformarse en una pastoral en la que, sin embargo, el sentimiento de lo trágico no desaparece. La compacta estructura parece desagregarse y atomizarse, recuperando los tonos misteriosos del Adagio inicial y dejándonos un sentido de vacío e incertidumbre.

Si en el concierto de Prokofiev la presencia inicial del violín solista nos permitía creer aún en los héroes, en la Sinfonía de Shostakovich no caben dichas esperanzas: la catástrofe ha acontecido y lo peor de todo es que, a la larga, es capaz de dejarnos indiferentes. A pesar de este pesimismo, Jurowski, la GMJO y Lisa Batiashvili supieron unir emoción y reflexión en un concierto que, a pesar de prestarse a numerosas interpretaciones filosóficas o existenciales, dejó clara una cosa: la música nunca debe renunciar a afectarnos, más allá del concepto, con indescifrable pasión.  

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