Juanjo Mena, Javier Perianes y la London Philharmonic Orchestra se han propuesto desgranar la integral de los conciertos para piano de Beethoven con dos actuaciones en Madrid. La primera de ellas, que es la que reseñamos, contemplaba la interpretación de los conciertos núm. 2, núm. 3 y núm. 4 del compositor alemán, en un ejercicio cuya naturaleza no únicamente suponía un reto para el solista en cuestión, sino asimismo para orquesta y director: la lectura conjunta de estas obras hace patente la trama que las une, evidenciando sus giros evolutivos, citas y cambios de paradigma –como puede apreciarse, si nos atenemos al repertorio que nos ocupa, comparando el Concierto para piano en si bemol mayor con el Concierto para piano en sol mayor–. En este sentido, se exigía una dialéctica adecuada entre coherencia y progresión, entre los rasgos lingüísticos comunes a las tres piezas y las mutaciones correspondientes, según la cual fuese posible apreciar la trabazón esencial que cada partitura manifiesta con respecto a las demás sin perjuicio de las alteraciones que, con cada nuevo trabajo, la forma beethoveniana asimilaba e incorporaba a sus estructuras.

Javier Perianes, Juanjo Mena y la London Philharmonic en el Auditorio Nacional © Rafa Martín
Javier Perianes, Juanjo Mena y la London Philharmonic en el Auditorio Nacional
© Rafa Martín

Pues bien, la LPO, Perianes y Mena llevaron a cabo este recorrido con diligencia y empaque, proponiendo un trazado ascendente, desde una primera parte notable hacia la brillantez encomiable que dominó tras el intermedio. Así, la exégesis de la obra que abrió el programa, el Concierto para piano núm. 2, combinó momentos de grandeza con eventuales desajustes –especialmente audibles durante el Allegro con brio inicial, con frecuencia a propósito de las exposiciones temáticas de violines–. Esta alternancia, sin embargo, no fue óbice para que el piano emergiese libre de histrionismos y del reclamo de un protagonismo exacerbado. Más bien al contrario: Perianes logró un balance tendente a tímbricas límpidas y ligeras, lo cual concordó con el carácter clasicista de la composición, cuya escritura todavía se encuentra muy influenciada por la impronta de Mozart. El Adagio benefició las virtudes líricas de la voz solista, con un acompañamiento justo, siempre vigilado por Mena. El Rondo conclusivo redondeó los errores anteriores, con una mayor cohesión en el apartado orquestal.

A continuación, ya instalados en una atmósfera más propicia, se ofreció el Concierto para piano núm. 3, donde, desde los primeros compases del Allegro con brio, el implemento de una nueva armonía –en este caso, con el consiguiente y reconocible aura que atraviesa el empleo beethoveniano de la tonalidad de do menor– fue correctamente destacado en las texturas de la London Philharmonic, cuidadosamente conducidas por Mena. Perianes continuó su discurso con la misma solvencia que había demostrado hasta entonces, y la inconmensurable belleza de su fraseo en el Largo no alcanzó la perfección únicamente por causa ajena: el –habitual– impertinente ruido de un teléfono móvil. Todo aviso, por activa y por pasiva, para evitar estos lances, es, al parecer, inútil. Pero, al margen del incidente –ante el que, no se acaba de entender cómo, Perianes se sobrepuso inmutable–, el segundo movimiento discurrió con verdadero coturno, desembocando en un Rondo que desplegó intensidades de más envergadura que las previas, y vibró gracias a un Mena y una LPO entregados.

Tras el receso se alcanzó la culminación de la velada, con una sublime versión del Concierto para piano núm. 4. Perianes apenas acusó el esfuerzo acumulado, y su pericia al teclado, pareciera que espoleada por la conciencia de su propia gesta, consumó la hazaña con su mejor desempeño. A ello contribuyó no poco la excelente aportación de chelo y viento madera en los solos, además de los pasajes de lucimiento que Beethoven dispuso intermitentemente en las cuerdas, ejecutados con tanto virtuosismo como criterio certero por la formación inglesa. La expresión de Mena reguló sin descanso cada detalle, desde la primorosa introducción orquestal que sucedió a la apertura del piano hasta la vitalidad desatada en el Vivace final. La presencia del metal aportó a los acordes el espesor y color necesario, de un modo simétrico a la construcción del sonido desde archi, dotando al resultando de cierto aire epocal que también ha de engrosar la lista de aciertos cosechados por Mena. Pero, por encima de todo, hay que aplaudir la excelsa manera en que el director español, junto a Perianes y la LPO, conectó tres conciertos tan complejos y exigentes en su representación sucesiva: con un planteamiento sólido y tangible, a cuyo espíritu no traicionó la letra del directo.

****1