Los Conciertos para piano núm, 1 y núm. 5 de Beethoven son dos obras que se miran al espejo: no tanto por ser el primero y el último de los conciertos del compositor de Bonn, (realmente, el primero fue sustancialmente compuesto, aunque no publicado, después del núm. 2, Op.19), sino por un diálogo entre discursos afines, por insertarse en una misma línea emotiva y por requerir un ánimo similar al solista. Por otro lado, en el arco que va del uno al otro también se plasma la evolución de la obra beethoviana, con la consecuente distancia de las referencias mozartianas. Pero estos conciertos para piano, a diferencia de las sinfonías, son formalmente bastante clásicos y no dejan de regirse por la confrontación entre el solista y el conjunto orquestal. Ciertamente, este último adquiere un peso mucho mayor, por lo que la hazaña del pianista se vuelve cada vez más titánica. En este marco ha de encuadrarse el concierto de anoche, con la London Philharmonic Orchestra dirigida por Juanjo Mena y el brillante Javier Perianes, como solista. Era la última etapa española de la gira, antes de volver a Londres para repetir programa, con la integral de los conciertos de Beethoven. Un esfuerzo notable que merece ya de antemano un reconocimiento sincero y profundo.

Juanjo Mena al frente de la London Philharmonic y Javier Perianes al piano © Rafa Martín
Juanjo Mena al frente de la London Philharmonic y Javier Perianes al piano
© Rafa Martín

El Concierto en do mayor arrancó discreto, mostrando su continuidad con sus referentes anteriores, aunque introduciendo ya sus peculiaridades. Tras la exposición del tema por la orquesta, el piano de Perianes hizo su ingreso de forma extremadamente elegante. Orquesta y solista mantienen ya una interlocución consolidada, una interacción gentil, nunca demasiado enfrentada, que muestra las capacidades del pianista. Perianes tiene un toque luminoso, sobrio y brillante, pero sin redundancias, casi seco por momentos. La LPO apoyó en todo momento el discurso del solista, con una cuerda tersa, una sección de madera no densa pero siempre presente y trompas y trompetas dando los necesarios toques de color. El segundo movimiento fue exquisito ya que Perianes se encuentra más cómodo en los pasajes menos heroicos; movimientos lentos, transiciones, contrastes: en ese material hay un tesoro, una atención por el detalle, una capacidad de dotar de sentido a cada nota. Es sorprendente su capacidad de jugar con el límite de un sonido que casi se extingue. Pero en el movimiento conclusivo, Perianes no se acomoda en ese rol de traernos un Beethoven lunar: en el Rondo, a pesar de no excederse en potencia, el fraseo es mucho más vivaz con un destacado sentido rítmico, acentuado por el gesto amplio de Mena en la dirección, con un material que nunca llega a descansar porque se da impulso sobre sí mismo hasta llegar al último momento de sosiego y a esos proféticos trinos finales, antes de concluir esta primera parte.

En la reanudación del concierto nos esperaba el “Emperador”. El apelativo del Concierto en mi bemol, aunque no es del propio Beethoven, refleja su espíritu. Gran parte de su fascinación consiste en la capacidad de entablar una dialéctica casi al límite de la falta de entendimiento entre el piano y la orquesta, justamente para poner de relieve la capacidad de superación del solista. Si este elemento no se transmite suficientemente el concierto pierde fuerza, llegando a sonar incluso vacío en algunos pasajes, especialmente en el primer movimiento. La proporción de volumen nunca fue desequilibrada, a Perianes nunca se le dejó de escuchar, pero es cierto que su tono no fue particularmente desafiante, frente a un conjunto que sí se creció. Hubo destellos y momentos interesantes en el Allegro moderato, pero más interesante fue el movimiento central, en el que el piano insinuó entresijos que se envolvían en una nube de sonoridades difusas. Y todo ello con medios parcos, sin excesos. Realmente representa el momento más heroico de esta interpretación, pero no del héroe durante el combate, sino cuando, contemplativo, ha alcanzado el Elíseo. En el movimiento final, se repite el esquema de la primera parte: ritmo desbordante pero gesto medido, un fraseo continuado, pero bien definido, y un material que se articula en una gran cola con sus repeticiones y hesitaciones, pero siempre transmitiendo una idea clara y optimista.

A Perianes no se le puede reprochar nada: es un pianista atento, completo, capaz de trabajar bien con la orquesta. Lo único, tal vez, que se echó de menos es una actitud más valiente, menos modesta, que los conciertos interpretados en esta ocasión (especialmente el Op.73) pueden requerir, para que resulten del todo eficaces. Pero en todo caso, las virtudes fundamentales despuntan sobre algún detalle menor, regalándonos una muy apreciable interpretación, para la cual, como olvidarlo, imprescindible fue también la aportación de Juanjo Mena y la London Philharmonic Orchestra.

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