Una línea sutil une las obras del programa de esta noche: entre las piezas de Berg, Mahler, Rueda y Shostakovich circula un halo de misterio que tiene que ver con los fines últimos, con los tiempos últimos. La Gustav Mahler Jugendorchester, con Jonathan Nott, al frente se mueve con naturalidad y madurez en un repertorio complejo, pero de grande brillo y color orquestal.

En tal sentido, la obra de Berg nos sume en tiempos sombríos: escrita en 1913, parece presagiar la Gran Guerra que devastaría Europa y la cambiaría para siempre. Por ello, hay nostalgia, como se percibe en la alusión al vals, o en esa idea de forma sinfónica subyacente, pero ya demasiado lejana. Como también está presente el elemento bélico en la marcha final, que es todo menos triunfal. Es el reflejo de una época, que en el último respiro profetiza su fin. La joven orquesta muestra su carácter con atrevimiento, especialmente, en la sección de metal y percusión, pero siempre bajo una dirección clara y nítida del director inglés. Una de las características de esta formación es la de contar con unas notables partes solistas, bien engranadas con el conjunto, haciendo posible numerosos matices en la dinámica y las texturas.

Jonathan Nott © Guillaume Megevand
Jonathan Nott
© Guillaume Megevand

Para los Rückert Lieder, el orgánico menguó bastante y se añadió la participación de la mezzosoprano Elena Zhidkova. Nott es un afirmado director mahleriano y dirigió con confianza este grupo de lieder. Compuestas entre 1901 y 1902, estas canciones de carácter plácido y ameno quieren desvelar los arcanos de la naturaleza, del amor, del ser en el mundo. Sin recurrir a las grandes construcciones y con medios más modestos, el compositor austriaco esboza un sugerente autorretrato en el que Zhidkova tiene una voz cálida, con fondo, aunque también capaz de alcanzar las notas altas con un resultado satisfactorio. Fue expresiva, incluso dramatizando en ciertos pasajes, en los que se giró hacia la orquesta y los bancos del coro, enfatizando una sensación de lejanía mientras pronunciaba esos paradójicos versos de “Ich bin gestorben dem Weltgetümmel, Und ruh' in einem stillen Gebiet!” (¡Estoy muerto para el mundo bullicioso y descanso en un lugar silencioso!).

Tras el receso, La Tierra, de Jesús Rueda, una especie de poema sinfónico sobre nuestro planeta. La composición, de 2007, se da en una escena, un único bloque de sonido que se desarrolla incesantemente, casi sin respiro, por un nutrido grupo orquestal. Nott hizo un gran trabajo sobre las cuerdas que sorprendieron con interesantes sonoridades y supieron exaltarse recíprocamente a pesar de la densidad armónica y rítmica. Gran protagonismo también lo tuvo la sección de percusión con una miríada de efectos que plasmaron el estado de esta Tierra, tal vez naciente, como en un momento auroral, o más bien en su colapso, en el fin de los tiempos, con un estallido brutal. En todo caso, se trata de una página que debería aparecer más a menudo en los programas.

Y finalmente la obra de mayor envergadura de la noche: la última sinfonía de Shostakovich, el último enigma. Mucho se ha escrito sobre esta composición, sobre las citas explícitas a Rossini, Wagner, Mahler o del propio compositor ruso, sobre cómo representa el final de trayecto de un músico que durante toda la vida se enfrentó, más o menos abiertamente, con las formas de opresión de la Unión Soviética. En todo caso, más allá de la exégesis extramusical, cabe reconocer que es una página de suma belleza, audaz a pesar de no adherir a los movimientos de vanguardia de la época, una página feliz por su desencanto.

La obra está atravesada por las intervenciones solistas de los miembros del conjunto: desde la flauta inicial, el concertino, la celesta o los varios metales, todos tienen su protagonismo y Nott es capaz de coordinar bien esos motivos en el tejido global, aunque da lo mejor de sí cuando la orquesta suena al completo, con buena definición del fraseo, una sonoridad clara y dinámicas contrastantes. El segundo movimiento se inauguró con esos acordes de la sección de metal seguidos del solo del chelo: incomparable lirismo. Gran parte del extenso movimiento es un juego de encajes entre las varias partes, que si bien fueron expresivas en sí, faltó algo de tensión en hilar los varios momentos, cayendo en cierta languidez. Nott recuperó a partir del Allegretto el brío grotesco de la obra para conducirnos al final, que se hace cada vez más introspectivo, con los breves gestos que se repiten esparcidos entre la orquesta. El enigma final, en las manos de un uso ejemplar de la percusión, se cierne sobre la Sinfonía, demostrando como la Gustav Mahler Jugendorchester aprueba con nota.

Un año más la cita con esta orquesta se revela imprescindible: por la madurez en la elección del repertorio, por la naturalidad con la tocan con grandes maestros y solistas, por el alto nivel de la ejecución. Sobra, en cierta medida, la retórica de la juventud y la frescura, porque esta formación puede considerarse ya, sin necesidad de ulteriores adjetivos, en la élite sinfónica.

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