Antes de comenzar con la solemne misa de Beethoven, Gianandrea Noseda se dirigió desde la tarima al público para comentar el sentido programa de este sexto concierto de la Serie Barbieri de Ibermúsica. Habló de la importancia de unas “últimas palabras que deben ser bellas” en referencia al Concierto para clarinete, penúltima obra de Mozart y la Missa solemnis de Beethoven compuesta también al final de su carrera, sólo un año antes de su última sinfonía. También agradeció a Alfonso Aijón el haber contado tanto con él como con la Orquestra de Cadaqués en tantas ocasiones. Supuso toda una declaración de intenciones de lo que todos nos temíamos: no volver a ver sobre los escenarios una selección de músicos como los que forman la que hasta ahora ostentaba el mérito de ser la única orquesta de financiación privada de España.

El clarinetista Martin Fröst © Rafa Martín | Ibermúsica
El clarinetista Martin Fröst
© Rafa Martín | Ibermúsica

Para la primera parte, la orquesta, notablemente reducida para un Mozart más pequeño de lo que probablemente fuese en el momento de su estreno, contó con la presencia del reputado clarinetista Martin Fröst. El sueco destacó por el timbre, especialmente en el registro grave de su instrumento, el cual, repleto de armónicos, contrastó con el prístino timbre de los pasajes medios y agudos. El virtuosismo de este genio del clarinete se pudo apreciar en los delicados pianissimi en los que se tomó notables licencias en pos de la expresividad, sobre todo en el último movimiento. En el Allegro, por el contrario, le faltó a Fröst algo más de presencia, lo que obligó a Noseda a controlar a una orquesta que se desbocó especialmente en un segundo movimiento, sonando mucho más romántica que el taimado Fröst. La propina, un arreglo de una canción tradicional inglesa, nos demostró que Mozart no es la especialidad de Martin Fröst o al menos no en la que destaca sobremanera. Es perfectamente comprensible: este Concierto para clarinete exige calma, control y perfección en cada una de las notas y únicamente permite el lucimiento a través del sonido. Visto de ese modo, debemos admitir que la interpretación de Fröst estuvo más que a la altura de un concierto de estas características.

Gianandrea Noseda al frente de la Orquestra de Cadaqués © Rafa Martín | Ibermúsica
Gianandrea Noseda al frente de la Orquestra de Cadaqués
© Rafa Martín | Ibermúsica

La Missa solemnis en re mayor, Op.123 de Beethoven es una obra magna que no es lo suficientemente interpretada. La instrumentación es magistral: todo, cada una de las líneas y de los instrumentos tiene un papel imprescindible para crear una atmósfera solemne y gloriosa. Por supuesto, la tonalidad tampoco está escogida al azar, ese “re mayor” se corresponde con la medieval “sonoridad de re”, la cual al estar precedida y sucedida por tonos enteros supone el equilibrio y la estabilidad, y es la propia de, entre otros el introito y la comunión de la misa gregoriana del Domingo de Pascua: la fecha más importante para los cristianos. Sin embargo, como bien comenta Pablo L. Rodríguez en las notas al programa, Beethoven pone mucho de sí mismo en esta misa en la que la contraposición entre calma y agitación son notables y preludian el gran coral de esa Novena que vería la luz sólo un año después, en 1824 y en cuya composición trabajó a la par que en esta Missa solemnis. Encontramos nexos entre ambas obras, por ejemplo en el uso de las fanfarrias de metales, papeles en los que Beethoven trabajó concienzudamente desde su Tercera sinfonía y que destacan en su uso junto con la vocalidad del canto en su única ópera Fidelio. En el Gloria, durante el verso “Quoniam tu solo sanctus” sobresalieron notablemente los trombones de la Orquestra de Cadaqués. Por otro lado, en el Sanctus, menos grandioso, destacó el dúo de flautas y, por supuesto el papel del primer violín que supo concertar con la orquesta y lucir un potente y hermoso timbre por encima de sus compañeros.

Es una obra en la que Beethoven mira también al Renacimiento haciendo uso del madrigalismo, es decir, transmitiendo con la música el significado de la letra. De este modo, durante el Credo tras “et sepultus est”, emerge a todo volumen el “et resurrexit”. Noseda hizo un brillante trabajo al hacer notar estos grandes contrastes que son el más claro testimonio de como Beethoven acoge en su propia personalidad la música de los anteriores grandes maestros. En cuanto al cuarteto de voces solistas, se escuchó por encima del resto el potente y metálico timbre del tenor catalán Josep Bros.

El Coro Estatal de Letonia funcionó muy bien con una Orquestra de Cadaqués que se despide por todo lo alto, con unas hermosas “últimas palabras” que fueron respondidas con un largo aplauso del público que indicaba que, más que un “hasta pronto” era un “hasta siempre”, y ojalá me equivoque.

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