Esta semana pudimos escuchar por segunda vez en lo que llevamos de temporada a la Orquesta de Cadaqués en el Auditorio Nacional de la mano de Ibermúsica. ¿Qué es lo que tiene esta formación para gozar de tal honor? Sin duda grandes músicos y una capacidad de trabajo abrumadora que hacen de esta orquesta una elección siempre adecuada. Así lo demostraron con un repertorio que, a pesar de ser “di baule”, es decir, de lo más conocido y que todos los músicos han tocado al menos una decena de veces y lo conocen, incluía un estreno mundial, la pieza Ad limine caelum de Núria Giménez-Comas y una obra trabajosa como la Séptima de Dvořák, a la que por mucho que se conozca siempre se le pueden sacar nuevos detalles.

La pieza de estreno no fue muy lucida, disonancias, un ostinato rítmico en ocasiones, un clímax a base de superposición de motivos sonoros... nada que no se hubiese hecho antes aún de que la compositora llegase a este mundo y la enésima prueba de que la música experimental al menos con instrumentación orquestal es una vía de composición estéril. Sí que hubo algún elemento interesante en la percusión o el timbre logrado con la incorporación de los frulatos en las maderas, pero poco más se puede decir de Ad limine caelum.

David Robertson al frente de la Orquesta de Cadaqués © Rafa Martín
David Robertson al frente de la Orquesta de Cadaqués
© Rafa Martín

Tras este inicio, un segundo preludio, el que tocan los metales en el comienzo del Concierto para piano núm. 1 de Tchaikovsky y que sirve para poner al espectador en el contexto sustancialmente romántico de la obra. Dmitry Masleev, el solista, encaró con fuerza los primeros acordes, pero en cuanto tomó el tema lo hizo marcando un hermoso contraste entre la energía del comienzo y la elegancia que desborda en este concierto. Tanto orquesta como solista engranaron bien en los movimientos primero y segundo, no tanto en el tercero, y los músicos comandados por David Robertson respondieron con atención y cuidado a los detalles ­–y especialmente a los matices– a la elegancia de Masleev. La cadencia del primer movimiento fue todo un regalo para los oídos con un piano delicadísimo convertido casi en cajita de música. La propina del pianista, una nana de Tchaikovsky correspondiente al núm. 1 de su Op.16, demostró una vez más que a pesar de que el piano de Masleev no es el más expresivo, tal vez sí sea de los más delicados y precisos.

La segunda parte de la velada transcurrió sin imprevistos, David Robertson eligió una conducción clásica en la que destacaron principalmente la amplia gama de matices que la Orquesta de Cadaqués es capaz de interpretar. En cuanto a los soli destacaron la sección de trompas capitaneada por la valenciana María Rubio y de entre los solistas de viento-madera, la flauta de Frederic Sánchez. Claro que su lucimiento no hubiera sido posible sin la excelente labor de la sección de cuerdas, concretamente los violas, bajos y chelos que estuvieron mejor cohesionados y más precisos que sus compañeros de violín. Uno de los momentos más difíciles de la sinfonía, el Scherzo (Vivace) en el que todo sonó como un mecanismo bien engrasado sin duda gracias a la labor de Robertson que supo controlar bien los tempi. En el Finale la sección de metal tuvo la oportunidad de lucirse y los trombones se hicieron notar dejando un final grandioso que desembocó, como no podía ser de otra manera, en un sonoro aplauso que “obligó” a Robertson a ofrecer una propina el Vals triste, Op.44, núm. 1 de Sibelius en el que consiguió un piano asombroso y que provocó aún más aplausos, tanto que el maestro tuvo que decir basta y ordenar a la orquesta retirarse, que ya iba siendo hora de cenar.

Una orquesta de primer orden tocando un repertorio conocido, la música por la música, sin ningún tipo de hilo conductor o temática subyacente. Los socios contentos y todo en orden. Tal vez sea bueno, después de todo, presenciar de vez en cuando un programa conservador.

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