El diluvio en Madrid fue preludio de una velada que siguió idénticas lógicas climatológicas. No solo en sus prolegómenos –donde, a la agitación causada por la lluvia torrencial, que retardó unos pocos minutos el comienzo del concierto, hay que añadir la excitación suscitada por la presentación de la temporada que celebrará los 50 años de Ibermúsica–, sino también en el desarrollo de la actuación que Philharmonia Orchestra, la violinista Esther Yoo y el aclamado director y pianista Vladimir Ashkenazy brindaron al público sobre el guión de un programa conformado por dos grandes nombres y obras del repertorio ruso: P. I. Tchaikovsky y su Concierto para violín, en la primera parte, y D. Shostakovich y su Sinfonía núm. 10, en la segunda parte.

Vladimir Ashkenazy al frente de la Philharmonia Orchestra y la solista Esther Yoo © Rafa Martín
Vladimir Ashkenazy al frente de la Philharmonia Orchestra y la solista Esther Yoo
© Rafa Martín

No obstante, asistimos a una interpretación desigual. Porque el Concierto para violín de Tchaikovsky propició una imagen significativamente distinta de la que obtuvimos en la escucha de la Sinfonía núm. 10 de Shostakovich: menos enérgica y más contenida, lo que da cuenta de la diferencia contextual en que ambas piezas se alumbraron, pero también de la variación en el desempeño sobre el escenario que los protagonistas hicieron evidente en cada capítulo de su intervención. Así, el Allegro moderato se inició con una delicada introducción de orquesta, que seguidamente fue recogida por la voz del violín en una dinámica intermedia, con la que el discurso solista se desenvolvió en buena parte de su ejercicio. La sincronía entre Yoo y la Philharmonia en este movimiento se percibió mejor que en los restantes, y, a pesar de cierta aridez melódica en pasajes puntuales y de la asimismo eventual diversidad de criterio en el fraseo, el resultado alcanzado fue notable. Peor impresión, sin embargo, produjeron las lecturas de la Canzonetta y el Finale. No hubo estabilidad en la concordancia de los tempi, que en el número intermedio tendieron a la aceleración que reclamaba Yoo y en el allegro vivacissimo exigieron –como lo hizo notar desde el podio Ashkenazy– la relajación del pulso y una mayor complicidad en las respiraciones. Con todo, Yoo se reveló como una violinista de gran capacidad técnica, lo cual fue constatado durante la propina, en colaboración con la violista Yukiko Ogura y a propósito de la célebre passacaglia versionada por Johan Halvorsen.

Muy otra atmósfera dominó la exégesis de la página de Shostakovich. Con un arranque tenebroso, en el que bajos y chelos evocaron el ulterior desenlace de la sinfonía a través de una sonoridad sutil pero definida –se trata de compases que, por lo demás, apuntan un importante rasgo estilístico de esta partitura: la influencia y la cita de composiciones firmadas por autores como Mahler o, pudiera alegarse en el presente caso, Stravinsky (en virtud del paralelismo con el número iniciático de El pájaro de fuego–, la Philharmonia y un Ashkenazy –visiblemente más implicado en sus gestos– se instalaron en la tensión armónica y posteriormente rítmica que atraviesa todo el trabajo. El Moderato dio lugar al estrépito del Allegro, en el que el director de origen ruso supo extraer de sus músicos una entrega apabullante: la caja se alzó con redobles armamentísticos y la cuerda exhibió una inquebrantable disciplina en la articulación, sobre la que, a su vez, el viento madera aportó contrapuntos cortantes y estremecedores. Rápidamente nos sumergimos en el Allegretto, donde los giros líricos se elevaron mediante transiciones no por veloces de menor cuidado. Y la ejecución del Andante y el Allegro postrero no desmereció las conquistas anteriores: una esforzada estructura de conjunto habilitó la aportación del plexo de cuerdas, viento y percusión, firme y magistralmente conducida por Ashkenazy. En conclusión: triunfó Shostakovich, no únicamente sobre Stalin.

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