“Un estímulo o un gesto que no señale u origine expectativas de un acontecimiento musical subsiguiente o consecuente carece de significado. Como la expectativa es en gran medida producto de la experiencia estilística, la música perteneciente a un estilo con el que no estamos en absoluto familiarizados carece de significado”. La cita pertenece al tan importante como discutido Emoción y significado en la música, de Leonard B. Meyer, y, al margen del debate a propósito de su vigencia, constituye un acicate adecuado para reflexionar sobre el concierto que nos ocupa. Especialmente en lo relativo a los procesos catalizadores de música futurible, así como a la vinculación (en no pocas ocasiones vidriosa) entre la obra y el marco estilístico que pueda operar en su exégesis o alumbramiento.

François-Xavier Roth © Marco Borggreve
François-Xavier Roth
© Marco Borggreve
En este sentido, Livre pour cordes, de Pierre Boulez, constituye un objeto de análisis de particular interés. Articulado como reelaboración del Livre pour quatour (concretamente de los movimientos 1a Vivo y 1b Moderato), la pieza de 1968 funciona a la manera de ampliación polifónica provisoria, de desarrollo progresivo inacabado. Así, su interpretación es susceptible de provocar zozobra, incertidumbre, una vulnerabilidad similar a la que comentaba el filósofo americano con base en la orfandad estilística por parte del oyente. François-Xavier Roth (primera aparición bajo el auspicio de Ibermúsica) y una inmensa Gürzenich-Orchester Köln (cuyas raíces musicales, remontándose hasta el siglo XV, alcanzan y rebasan la contemporaneidad del compositor francés) tradujeron semejante imaginario en un delicado trabajo de divisi, donde cada voz contribuyó urdiendo una atmósfera más próxima al hilvanado que a un tejido perentorio. Hay que encarecer el resultado final, basado en el desempeño individual de cada atril de archi y la labor de Roth, muy activo desde el principio y cuidadosamente atento al balance total.

A continuación, tuvo lugar la segunda presentación de la velada: Benjamin Grosvenor. El joven solista británico (pero no bisoño; a sus espaldas ya figura un amplio racimo de premios y grabaciones) fue el encargado de desgranar la siguiente composición del programa: Concierto para piano y orquesta núm. 2 de Beethoven. Interpretado por primera vez en público el 29 de marzo de 1795 y finalmente editado en 1801, el Concierto para piano núm. 2, pese a no pertenecer, en palabras del propio Beethoven, a lo mejor de su repertorio, conforma, en virtud del discurso solista y ciertos experimentos armónicos, un ejercicio todavía interesante y digno de ser escuchado. Así lo demostraron Grovesnor y la formación de Colonia, logrando encomiables pasajes a lo largo de los tres movimientos: Allegro con brio, Adagio y Rondo: allegro molto (según asegura F. R. Tranchefort, ¡compuesto en una noche la víspera del estreno!). La buena actuación pianística, que destacó por su limpieza y sencillez, se prolongó a través de un bis cinematográficamente célebre: el Largo del Concierto para clave núm. 5 en fa menor, de Johann Sebastian Bach.

Benjamin Grosvenor © Patrick Allen/Opera Omnia
Benjamin Grosvenor
© Patrick Allen/Opera Omnia

Sin embargo, y sin desdoro de las virtudes previas, la mejor lectura acontecería en la segunda parte, a propósito del Concierto para orquesta, SZ. 116, de Béla Bartók. Compuesta por encargo dos años antes del fallecimiento de su autor, la obra, aunque acusada de barroquismo exagerado por cierto sector de la crítica, ofrece un amplísimo despliegue de técnicas e intervenciones virtuosísticas, implicando la correspondiente plantilla de efectivos orquestales. Así, además de las nutridas secciones de cuerda, maderas y metal, la instrumentación recurre a la caja clara, el bombo, el tam-tam, el címbalo, el triángulo y dos arpas, conformando un espectro sonoro ciertamente variado y rico. Condición material que, no solo en cuanto a número, sino también en lo concerniente a calidad, satisfizo con creces la Gürzenich-Orchester. Y, en este respecto, es preciso destacar a Roth como máximo artífice: tuvo arte y parte en todo lo meritorio de la exégesis.

Desde la Introduzione hasta el Finale, pasando por el Giucco delle coppie, la Elegia y el Intermezzo, la música aventuró y sublimó toda suerte de futuribles, magistralmente sugeridos por la alternancia de tramos solistas (mención especial para violines y violas) y el prolijo contrapunto. La exactitud de trompas, la cadencia rítmica de percusión y la solidez de bajos dotó al ejercicio de una brillantez encomiable, que tuvo un último eco en la propina “sorpresa” ofrendada por Roth -en castellano- al Auditorio: Danza eslava núm. 8, op. 46, de Antonín Dvořák.

Expectativas, estilos y una plétora de significados confluyeron en otro notable concierto de la Serie Arriaga. Lo celebramos y ya esperamos, por tanto, el pronto regreso de Grovesnor, Roth y sus  espléndidos músicos (entre los cuales, por cierto, figura desde hace no mucho el madrileño Guillermo Sánchez Lluch). Felicitaciones para todos ellos. 

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