La sala estaba llena y el público madrileño se disponía a celebrar el regreso de Daniel Barenboim y la Staatskapelle Berlin al Auditorio Nacional de Música. La primera sinfonía de Schumann y la cuarta de Brahms harían eco esa noche, reafirmando la experticia de la orquesta y su director, y complaciendo al público con una experiencia que, aunque mesurada en términos de energía, logró cautivar a los espectadores. 

El programa de concierto hace parte de un repertorio conocido, madurado y más que familiar para esta orquesta alemana, que ha sido distinguida por su interpretación de ciclos completos de ambos compositores. En el caso de las cuatro sinfonías de Brahms, la reciente grabación que realizó la Staatskapelle junto a Deutsche Gramophone en 2018, sentaba un precedente para la versión de la Cuarta sinfonía que escucharíamos en el Auditorio. ¿Qué fue nuevo en esta ocasión? 

Daniel Barenboim al frente de la Staatskapelle Berlin en el Auditorio Nacional
© Rafa Martín | Ibermúsica

En ambas obras, el maestro argentino sorprendió demandando contrastes extremos en las dinámicas, el carácter y el tempo. La flexibilidad para sortear estos cambios responde a su absoluto conocimiento y conexión con las obras y, por supuesto, con la orquesta con la que lleva trabajando tres décadas. Ver a Barenboim es comprender la sabiduría y el aplomo de alguien que lo ha hecho prácticamente todo. Sabe hacia dónde conduce cada idea musical y es capaz de predecir la respuesta de la orquesta a cada gesto que hace desde el podio. Tal vez por eso, expresa justo lo necesario para sacar lo mejor de su ensamble. Y así fue, aunque con algunos imprevistos en el camino.

La interpretación de la Primera sinfonía de Schumann no fue la mejor versión de la orquesta. En el primer movimiento, el inicio triunfal de las trompetas y cornos fue impreciso, la afinación de los vientos no era homogénea y el diálogo entre las filas se sintió más bien frágil. No obstante, en el segundo movimiento los violonchelos cautivaron con su color y los pianísimos del tutti fueron inolvidables. Sin duda los momentos más destacados fueron el tercer y el cuarto movimiento que, con su carácter gracioso y animado, lograron emocionar y dejar que la música nos sacudiera gracias al dominio absoluto de los detalles técnicos.

Daniel Barenboim
© Rafa Martín | Ibermúsica

La Cuarta de Brahms fue un ejemplo de madurez y magistralidad en la orquesta: un inicio en el que el sonido surgió de la nada para irse convirtiendo, poco a poco, en esa fuerza narrativa que se entrelaza en los cuatro movimientos. Los aplausos absolutos son para la cuerda: una sonoridad maravillosa y un balance justo de la cuerda grave fueron la base sobre la cual giró el color del resto del conjunto.

A lo largo de los cuatro movimientos, Barenboim nos sorprendió con ese abanico de colores que explora en la orquesta: desde los más solemnes y profundos hasta los más ligeros y graciosos; desde los pianísimos llenos de suspenso hasta los fortísimos tormentosos. Es de resaltar, también, la precisión y el detalle en los momentos más expuestos de la orquesta, cuando la textura no es tan densa y cuando hay momentos solistas en los vientos. 

La flexibilidad de la Staatskapelle para responder con criterio y maestría refrescó esta nueva versión de un repertorio tan bien conocido y nos ofreció un ansiado equilibrio entre la madurez, la tradición y la novedad.

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