La Orquesta Filarmónica de Oslo, con el laureado Vasily Petrenko a la batuta, ofrecieron ayer, en la sala sinfónica del Auditorio Nacional de Madrid, un concierto remarcable en el que el solista, Simon Trpčeski, demostró una técnica y claridad pianística abrumadora. Este concierto quedaba enmarcado dentro de la gira que esta agrupación ha programado por España, tournée que celebra, además, el centenario del nacimiento de esta orquesta.

Se abrió el programa con el sombrío y sobrecogedor inicio del Concierto para piano núm. 1 de Brahms. Compuesto entre 1854 y 1858, el carácter inicial turbulento e incluso dramático parece que se presenta en sintonía con los acontecimientos que le tocaron vivir al joven compositor, entre ellos, el suicidio de su amigo Robert Schumann. Reflejo o no de esta dramática experiencia, sí podemos decir que los temas de este extenso movimiento se amalgaman, mientras escuchamos sus característicos juegos de terceras y sextas. Simon Trpčeski dejó claro su dominio técnico desde el primer movimiento, así como la sutileza de su interpretación, que captó la atención especialmente en el Adagio, en donde la introspección y la calma contrastaron con la tensión presentada con anterioridad. La delicadeza con la que el pianista parecía dar forma a cada una de las líneas respetaron el carácter religioso que se ha querido otorgar a este movimiento a partir de la indicación en él reflejada, “Benedictus qui venit in nomine Domini”, detalle que bien pudiera aludir a “Herr Domini” -Schumann-, a Puntos de vista y consideraciones del Gato Murr de E.T.A. Hoffmann o incluso a Clara Schumann a quien, según una epístola de 1856, Brahms le dedicaba este “retrato”. En cualquier caso, la interpretación de Simon Trpčeski fue verdaderamente hipnótica.

El pianista Simon Trpčeski © Simon Fowler
El pianista Simon Trpčeski
© Simon Fowler

Hubo detalle llamativo: el joven pianista y el director parecieron darse cuenta del peligro que entrañaba el ofrecer al público del Auditorio unos segundos de pausa entre movimiento y movimiento. Así, si entre el primero y el segundo el interludio de toses fue, por decirlo de alguna manera, especialmente notorio, Petrenko y Trpčeski comenzaron el rondó final y enérgico de manera prácticamente continuada, lo que ahogó casi la totalidad de carraspeos que, cómo no, explosionaron –acumulados como estaban– en los pianissimi. Realmente es incomprensible que en un momento de máxima tensión surjan estas tortas sonoras. El tercer movimiento cerró el concierto brahmsiano que, si bien en general podía haber encontrado un equilibrio tímbrico mayor entre solista y orquesta, no dejó indiferente a nadie. Con la densificación característica del autor y casi sin solución de continuidad, el piano recreó en esta parte final los juegos ya escuchados, caminando hacia un fugato que desembocó, de manera brillante en un final danzable impecablemente interpretado.

El programa se completó con la interpretación de Scheherazade de Rimsky-Korsakov. Se puede decir que esta obra alcanzó el clímax del concierto. Escrita en 1888 bajo la inspiración de Las mil y una noches, esta creación refleja la maestría tímbrica de su autor y dejó patente la unidad de la Orquesta Filarmónica de Oslo en el transcurso de sus cuatro movimientos. El papel de Elise Båtnes, violín solista, fue sobresaliente, así como la energía que reflejó la orquesta y el director. Ya de entrada, el tema inicial del sultán, constituido por cuatro notas, quedó claramente definido, y su amenazante figura se dibujó en los trombones, la tuba, cuerdas y maderas. En contraposición, el segundo tema de Scheherezade, esposa del sultán que, como narradora, cantó en su solo de violín, con cierto carácter sensual y acompañada por el arpa, su leitmotiv. “La historia del príncipe Kalender” fue narrada por el fagot de una manera precisa, y los ecos de grandeza de la historia se vieron transformados en un destello de color orquestal. La sección de carácter más lírico apareció en “El joven príncipe y la princesa”, en donde el clarinete fue el que tomó la palabra y en donde los violines, con su canción de amor, destacaron. A lo largo de esta suite sinfónica observamos cómo el leitmotiv de la esposa del sultán se transforma, dando pie a un auténtico festival en su último movimiento, en donde el magisterio de Korsakov se despliega en toda su extensión. “La fiesta de Bagdad” es una explosión de color en la que la orquesta de Oslo deslumbró por su cohesión y virtuosismo sonoro, alcanzando, tras los tempestuosos compases, un luminoso y apaciguado final.

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