La Orquesta Sinfónica de Viena y Leonidas Kavakos, en su doble papel de director y solista, tuvieron a bien presentarnos un programa en el que brillaron las obras de dos grandes genios musicales, Mendelssohn y Brahms. Desde luego, se entiende por qué esta agrupación, de fama reconocida a nivel mundial, se halla en primera línea concertística, y por qué el violinista es considerado como uno de los más sobresalientes dentro del panorama musical.

No era sólo el Stradivarius Abergavenny de 1724 que Kavakos utilizó en el concierto, con un sonido redondo, pleno, que cautivaba al público y llenaba los sitios más recónditos de la sala sinfónica del Auditorio Nacional; era la claridad, la musicalidad, la técnica y la naturalidad con la que el violinista interpretó el afamado Concierto para violín en mi menor, Op.64 de Mendelssohn. Su talento deslumbra desde las primeras notas, así como la complicidad que se dio con esta orquesta a lo largo de todo el concierto, y no sólo en los diálogos más evidentes, sino también en los momentos de mayor individualidad del solista. Este concierto de Mendelssohn, brillante y enérgico, derrochó una técnica magistral, con un equilibrio perfectamente logrado entre el control técnico que demanda al violín y la fantasía y profunda expresión de cada línea. La orquesta y Kavakos demostraron, además, una paciencia infinita cuando se escuchó el impertinente sonido de un móvil, justo después de haber alcanzado la reexposición del primer movimiento, en un momento en el que Kavakos descendía con un diminuendo y sempre più tranquilo (justo antes de la doble barra que retoma el segundo tema en mi mayor). Público: ¡por favor, modo avión! En definitiva, una primera parte de la velada que, pese a este traspié, terminó con el Adagio de la Sonata para violín núm. 1 en sol menor de Bach como propina. Qué decir… magníficamente interpretado.

Leonidas Kavakos en su papel de director © Jan-Olav Wedin
Leonidas Kavakos en su papel de director
© Jan-Olav Wedin

La Sinfonía núm. 1 en do menor, Op.68 de Brahms ocupó la segunda parte del concierto. Desde luego, la búsqueda de grandeza y de fuerza se percibe desde la entrada de los timbales y el tutti orquestal, en esta obra que le costó “parir” al propio Brahms no menos de catorce años. A lo largo del primer movimiento, la riqueza del cromatismo, el despliegue de diseños motívicos y una sensación de desconsuelo en una intensa lucha de secciones orquestales, consiguieron dibujar una atmósfera brumosa, rota en ocasiones por los incesantes diseños rítmicos y momentos de desaliento; elementos, todos, de una perfecta tormenta romántica. La orquesta convirtió la sutileza de instrumentación del lied que conforma el segundo movimiento en pura poesía musical perfectamente recitada, en donde el violín concertino y la trompa destacaron notablemente (y así se lo reconoció el público al finalizar); aquí pudimos sentir el contraste entre el mundo romántico que tiende a lo teratológico (primer movimiento) y el romanticismo que se concentra en la miniatura poética. La característica disonancia métrica brahmsiana, heredada en gran parte de la exaltación schumanniana y de la polifonía rítmica de Bach, sobresalió en un tercer movimiento en el que los vientos madera jugaron un papel importante. En el cuarto, tras la lucha inicial y un breve coral de metales, brilló el tema del Allegro non troppo cantado por los chelos, tema en el que se ha querido ver siempre la influencia de “La oda a la alegría” de la Novena sinfonía de Beethoven. Como es sabido, la sombra del maestro de Bonn siempre planea por muchas de las obras de nuestro admirado Brahms (evidente en la primera y segunda sonata para piano). Los intrincados conflictos que refleja permanentemente esta sinfonía se resolvieron progresivamente, y desembocaron en una coda vertiginosa y triunfal que lanzó su grito de victoria en un final imponente. 

La unidad de la orquesta, su entendimiento y el buen saber hacer de su director hicieron de este concierto un acontecimiento musical memorable. Los artistas se hicieron mucho de rogar, pero el público no dejó de insistir hasta que le arrancaron el deseado bis: una soberbia interpretación de la Danza húngara núm. 5 en sol menor de Brahms, que cerró el concierto con el público entregado y en pie, reconociendo la inmensa calidad musical de esta orquesta y director.

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