En ocasiones, los diccionarios, lejos de esclarecer un término inaudito, nos instalan en la más profunda confusión. En la lengua española, verbigracia, encontramos el caso de “parvo”, que refiere a “pequeño en tamaño, importancia o cantidad”, pero también a “montón o cantidad grande de algo”. Perplejidad similar produce el término “delicado”, que recoge las siguientes acepciones: 1. “Fino, atento, suave, tierno”; 2. “Débil, flaco, delgado, enfermizo”; 3. “Quebradizo, fácil de deteriorarse”; 4. “Sabroso, regalado, gustoso”; 5. “Difícil, expuesto a contingencias”; 6. “Primoroso, fino, exquisito”; 7. “Bien parecido, agraciado”; 8. “Sutil, agudo, ingenioso”; 9. “Suspicaz, fácil de resentirse o enojarse”; 10. “Difícil de contentar”; y 11. “Que procede con escrupulosidad o miramiento”. Son voces de tal jaez las que con más fuerza evidencian una necesidad, un requerimiento ajeno (esto es, no circunscrito) a sintaxis y semántica. Siempre que el objetivo sea entender, naturalmente.

Por otra parte, el rótulo de esta crónica, aunque atento y compadecido con su polisemia, no quisiera connotar los crispados tintes que acompañan al teatro de Edward Albee. Antes lo contrario: un tono reverencial habrá de imponerse. Y es que, en conciertos como el que nos ocupa (a saber, donde comparecen, simultáneamente y encarnados en la figura de una Argerich, el pasado lustroso y un presente que pretende la condición de inmarcesible), la trayectoria precede y predispone al encomio. Nótese que, por idénticas razones, el fantasma de la decepción acecha a menos metros. Pero evitemos la retórica hagiográfica, dejemos a un lado el prolegómeno y hagamos justicia: hablamos de los vivos, no de los muertos, y en plural.

La pianista argentina Martha Argerich © Adriano Heitman
La pianista argentina Martha Argerich
© Adriano Heitman

Desgranemos, por tanto, detenidamente y sección a sección el programa. Tres obras de Franz Liszt para inaugurar, de marcado carácter evocador y las dos últimas en solitario, a cargo de Baldocci: Réminiscences de Don Juan, S 656 (versión para dos pianos de 1876/77, basadas en el Don Giovanni mozartiano); Salve Maria de Jérusalem, S 431 (de I Lombardi alla prima crociata, de Giuseppe Verdi); y Isoldes Liebestod, S 447 (de Tristan und Isolde, de Richard Wagner). El arreglo iniciático puso de manifiesto viveza y duelo lúdico, además de imprimir, por momentos, una rítmica vertiginosa. No hubo tregua y cada uno de los dos intérpretes provocaba al otro para seguir su juego (ánimo que se prolongó en las directrices de Argerich), pero sin incurrir en la tirantez de la disputa agonal. Acto seguido, Baldocci cambió de tercio, tejiendo una atmósfera contenida y de ensueño, especialmente en la cita wagneriana. El Concertino para dos pianos en la menor, Op.94, de Dmitri Shostakóvich, cerró la primera parte, en una manera similar al inicio (los dos solistas inmensos), pero más rica en el registro sosegado y la dinámica intimista (sin desdoro de unos maravillosos pasajes de marcha militar).

Gabriele Baldocci © Luca Sage
Gabriele Baldocci
© Luca Sage

Virtudes todas ellas que, mutatis mutandis y tras el receso protocolario, transparecieron en el clímax de la velada: las Kinderszenen, Op.15, de Robert Schumann. Martha Argerich logró dotar a las piezas de un talante sencillo, despojado de toda pretensión más allá de lo incidental, con esa ligereza y despreocupación exclusivas de la niñez (enmarcada en este discurso sobresalió Träumerei, ejemplo por excelencia de orfebrería mínima). Las dos obras postreras, Suite para dos pianos nº 1, Op.5, de Serguéi Rachmaninov y La Valse (arreglo para dos pianos, 1919/20), de Maurice Ravel, permitieron asistir al despliegue desatado de dos músicos mayúsculos.

La gracilidad y una interacción perfecta coparon la partitura rusa de una factura primorosa y que preludia, merced a su naturaleza misteriosa y sutil, páginas como el ballet Raymonda, de Alexander Glazunov. La reaparición de Baldocci también fue pretexto para intercambiar los instrumentos: un gesto que funciona como el correlato de la buena comunicación y una desenvoltura absoluta. Por último, y tras análogo ejercicio, llegó la cota más elevada al alimón: La Valse propició una danza febril, poseyendo a los dos pianistas y conduciéndolos a través de una fuga frenética, que se ejecutó con virtuosismo y brillantez.

La ovación, entonces, fue impresionante, continuando durante varios minutos y tras dos propinas. Con todo el reconocimiento a Baldocci, que no debe ser relegado a un rol secundario, los entusiasmos parecían corroborar la impresión de Stéphanie Argerich, quien, de viva voz, confesaba en su documental Bloody Daughter (2012): "Hoy en día, me conmueve la pasión que sienten por ella, y mis creencias infantiles resurgen: mi madre es un ser sobrenatural, en contacto con algo fuera del alcance de los simples mortales. De hecho, yo era la hija de una diosa".

Seis años después, al concluir otro concierto grandioso, nadie podría haberlo expresado mejor. 

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