Se presenta todo un acontecimiento en la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional, principalmente orientado a los amantes de la música barroca. En el selecto Universo Barroco del CNDM tienen cabida los más grandes exponentes de un período que suele exigir especialistas, de aquéllos que, a base de profundizar en uno u otro autor, se han convertido en paladines de sus obras. Acaso sea este el caso de Fabio Biondi con Vivaldi. Dada su trayectoria discográfica, se trata de un compositor cuyos misterios parecen ya resueltos. El acontecimiento es mayor, si cabe, por cuanto viene a interpretar su obra más característica -Las cuatro estaciones-, y porque le custodian dos mezzosopranos singulares que dejan huella en cada escenario que pisan: Vivica Genaux y Sonia Prina.

La contralto Sonia Prina © www.allegorica.art
La contralto Sonia Prina
© www.allegorica.art

A ellas correspondió la mayor parte del mérito de la primera parte, y en gran medida por ser capaces de elevar a una categoría inaudita la curiosa serenata de Gloria e Imeneo. No yerra el programa de mano al sugerir que se trata de un encargo producido con premura. Además, no se ha conservado ni la obertura ni el título, y de alguna manera, esta carencia le resta un punto de equilibrio y variedad a la obra, que al final puede verse afectada por la monótona continuidad de su estructura.

Ninguno de estos obstáculos hizo mella en la interpretación que las dos solistas realizaron de estos personajes. Es cierto que, tratándose de la formación Europa Galante, uno habría deseado una introducción orquestal, pero esta necesidad se disipó en cuanto Sonia Prina entonó las primeras notas de su recitativo con una claridad, una proyección y un carácter conmovedores. Impecable en la afinación y en la medida, destacó principalmente por la robustez y la seguridad de un timbre que demostraba un dominio sin fisuras de la voz y de la partitura. Asimismo, Vivica Genaux redundó en proponer una interpretación que diera aliento a una composición no demasiado brillante, creándole un hábil contrapunto a su compañera por medio de una emisión menos robusta pero más ligera. Este feliz conciliábulo, y siempre con la impecable Europa Galante dándole amparo a las solistas, logró crear una ocasión inigualable en que los pasajes de coloratura nunca se desvincularon de la línea orquestal. También supieron prescindir del estereotipado duelo de divas y procurar una interpretación donde las jerarquías cedieron impulso frente al contenido y a la expresión musical, y así se manifestó con toda claridad en el inolvidable dúo final “In braccio de contenti”.

Y hasta aquí el acontecimiento, pues la desaparición de las solistas pareció llevarse consigo todo el equilibrio y la cordura, para dejarnos ante un solista y una formación que hicieron del desafinar el leitmotiv de la segunda parte. En realidad, todo comenzó más o menos correctamente. Las cuatro estaciones venían precedidas por un Concierto para cuerdas en sol menor que, al carecer de pasajes solistas, sonó bien encuadrado, un tanto liviano, tal vez, al uso de un calentamiento en toda regla, pero al menos dentro de los límites de un tempo y un afecto, con un buen carácter sonoro y sin problemas de afinación llamativos.

Los problemas llegaron cuando Biondi comenzó a alternar su papel de solista con el de director. Sin duda hábil para el comportamiento camerístico y para ofrecer claridad en la entrada de los instrumentos, destacó sobre todo por un desequilibrio sorprendente en la afinación que se perpetuó a lo largo de las cuatro estaciones, sin excepción. Llamativo, sin duda, tratándose de una figura indiscutible en Vivaldi. Pero no solo la afinación quedó expuesta en esta ejecución del “cimiento de la armonía” sino también la pulcritud y la limpieza, muchas veces comprometidas por la ineficacia al abordar unas velocidades imposibles. Y esta particularidad de la ejecución solapó de alguna manera los mayores logros del concierto, aquellos en que la formación supo perfilar todos los elementos programáticos que abundan en la composición y que convierten la obra de Vivaldi en una partitura climática dentro del universo barroco.

Nos quedamos, pues, a la espera de una próxima ocasión para disfrutar del Fabio Biondi con cuyas grabaciones nos hemos deleitado durante décadas, confiando en que estas tachas de ejecución no sean más que el borrón del mejor escribano.

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