Apuesta nuevamente Ibermúsica por el talento joven y nos trae a Madrid al director Santtu-Matias Rouvali a capitanear a la Philharmonia Orchestra, tras el éxito notable cosechado no hace mucho en las Islas Canarias. Suponemos, pues, que se trata de un director interesante que puede aportar algo nuevo al público madrileño, y no podemos sino constatar el acierto en esta elección. Se presentaba, además, ante dos obras de tamaña factura y enorme dificultad, a saber, el Concierto para violín de Beethoven y la explosiva Sinfonía núm. 5 de Chaikovskiï, y junto a una solista de la talla de Nicola Benedetti, muy querida por los asistentes del Auditorio Nacional. Sin embargo creo que podemos afirmar que si bien la gran afluencia se debía fundamentalmente al llamado de la violinista y a los firmantes de las partituras, el mayor reconocimiento lo recibió, en cambio, el director finlandés.

Santtu-Matias Rouvali y Nicola Benedetti
© Rafa Martín | Ibermúsica

Sin duda acierta María Santacecilia al recordarnos en el programa de mano que al crítico Johann Möser le pareció el concierto de Beethoven más bien confuso, añadimos nosotros que también le pareció un concierto cargado de un puñado de ideas mal conectadas. Vaya por delante que no estamos de acuerdo con estas afirmaciones, pero sí que es cierto que no destaca el concierto por tener una estructura cómoda, y que requiere, por tanto, un trabajo intenso de inmersión en la partitura y una capacidad para enunciar las frases con fluidez y las transiciones con soltura, pues de lo contrario es fácil que se venga abajo. Ni que decir tiene que es necesario pisar correctamente todas las notas y dominar la técnica necesaria para responder a las dificultades mecánicas sin dejar de proyectar espontaneidad y presencia. Nos pareció en estos aspectos que Benedetti estaba presentando algunos problemas de conexión con la obra al menos durante el tramo que transcurre hasta la primera cadenza, y por ello no podemos decir que fuera esta una interpretación particularmente memorable. Optó por presentar su propia cadenza, manteniendo elementos de aquélla que Beethoven propuso para su versión pianística del mismo concierto, y manteniendo el diálogo con el timbalero. Una vez superada la cadenza sentimos que el fraseo y la seguridad retomaron el control junto al  magnífico y envolvente sonido que es propio de Benedetti y de ahí que pudiéramos gozar de un intenso y divertido Rondó final.

Sin demasiado entusiasmo por parte del público –amén de un “bravo” tremendo proferido por un señor– nos regaló Benedetti una sencilla pero muy expresiva canción escocesa. Interesante, pero ya que uno no tiene muchas oportunidades de escuchar un Stradivarius tocado por una gran solista, nos quedamos con ganas de escuchar además alguna obra de mayor enjundia.

Santtu-Matias Rouvali al frente de la Philharmonia Orchestra
© Rafa Martín | Ibemúsica

La vuelta del descanso nos deparó una segunda parte más resuelta en cuanto a dirección musical y excelencia orquestal, y nos permitió apreciar el efecto producido sobre el sonido y el ritmo por este brillante director, siempre secundado muy hábilmente por el timbalero Antoine Siguré. Tampoco es la sinfonía de Chaikovskiï particularmente sencilla de escuchar, toda vez que a él mismo le parecía deshonesta, larga y poco amena. Es cierto que no tiene el desparpajo de Beethoven, pero tampoco es para ponerse así. O es que nunca tuvo la oportunidad de escuchar una versión como la que presentó Rouvali, que no perdió fuelle ni un momento y que supo atender a la conducción del ritmo de una forma tal que resultaba casi imposible desviar la atención de lo que estaba aconteciendo en el escenario. Claro y eficaz en las entradas, versátil en la dinámica y contrastante en los efectos sinfónicos, condujo el discurso de esta tremenda partitura siempre atento a la declamación de sus solistas, entre los que cabe destacar, por supuesto, a clarinetes y oboes, y con mención especial para las trompas.

Le hicieron, pues, justicia, los miembros de la Philharmonia Orchestra y Santtu-Matias Rouvali a estas dos obras singulares de Beethoven y Chaikovskiï, y nos dejaron ya con el deseo de volver a escuchar a este director que parece ser capaz de afrontar cualquier dificultad estructural y convertirla en un evento expresivo realmente destacable.

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