La muerte en guerra de un joven flautista, una oración colectiva y la evocación a un artista que partió antes de tiempo son los tres temas sobre los que orbita el programa conducido por Alondra de la Parra junto a la Orquesta y Coro Nacionales de España. Con las obras de Leonard Bernstein, compositor de raíces judías ucranianas, y de Modest Musorgski, autor ruso, asistimos a un concierto profundamente simbólico que podría titularse igual que el salmo 2 escogido por Bernstein: ¿Por qué luchan las naciones? La pregunta no se resuelve en este concierto, sino que crece con la intensidad de la música y se asienta internamente para hacernos responsables de la respuesta.

La Orquesta Nacional de España con Alondra de la Parra al frente
© OCNE

La velada comenzó con Halil (flauta, en hebreo). Compuesta por Bernstein a la memoria del flautista israelí Yadin Tanenbaum, caído en guerra a los 19 años, esta obra para flauta, cuerdas y percusión relata la historia desde una voz propia. La interpretación magistral de Juana Guillem dio vida a aquellas “imágenes nocturnas”, como describe Bernstein su propia obra. El sonido cálido, transparente y ligero de Guillem, su precisión impecable y su sobriedad performática fueron el aliento vital perfecto para evocar a quien se ha llevado la muerte. Por su parte, la directora mexicana, confirmó en el podio una de sus mayores virtudes: mover la masa orquestal de una atmósfera hacia otra completamente opuesta, del sosiego a la tempestad o de la oscuridad al brillo, con naturalidad y criterio. Es de destacar la acción puntual de los ocho percusionistas en sincronía con la maestra, precisión que no fue lograda al mismo nivel de detalle por las cuerdas.

El punto medio del concierto trajo al escenario al Coro Nacional y al contratenor Terry Wey para entonar Chichester Psalms. Basado en el Libro de los Salmos, un conjunto de poesía religiosa, Bernstein creó esta obra coral con un mensaje potente en el sentido humanista, espiritual y político. Allí, lució la grandeza del coro y la orquesta, su intensidad y brillo como gran unidad sonora que entona una misma melodía de hermandad. La fabulosa parte solista de Wey dio inicio al segundo movimiento con el salmo 23, un instante introspectivo y solemne ejecutado con máxima delicadeza y dulzura. Su voz cristalina y su expresión mesurada impregnaron el recinto de belleza y sublimaron aquella dedicatoria a la divinidad. Aquel momento angelical fue interrumpido abruptamente para entonar incisivamente el salmo 2, una sección que rompe la calma igual que una guerra quebranta la paz. El efecto fue sobrecogedor y fantásticamente logrado por coro y orquesta, guiados por la dosis necesaria de energía e intensidad que le impuso De la Parra a este movimiento, convirtiéndolo en uno de los puntos cúspides del concierto.

Juana Guillem y Alondra de la Parra durante el concierto
© OCNE

El programa cerró con Cuadros de una exposición de Musorgski. Las promenades fueron estupendas, con especial mención a la primera trompeta, al igual que las partes solistas de cada pieza, en la que destacó la intervención del saxofón y del eufonio. La ejecución del corno francés, infortunadamente, no estuvo al nivel de los demás solos. La orquesta mostró su gran paleta de color, destacando muy concretamente las secciones de viento madera y bronces, con gran cohesión, balance y mezcla. La presencia escénica de Alondra de la Parra, con una expresión corporal que guía el discurso musical, encauza la energía y dota de carácter a la orquesta, fue determinante para un programa como este, hecho a su medida y repleto de contrastes y destellos, así como de referencias a la música popular.

La puerta de Kiev, el movimiento que concluye la obra, fue un himno potente y conmovedor que selló esta promesa musical como si fuese una dedicatoria a una nación sumida en la profunda desolación que deja la guerra. Leamos entre líneas ¿Por qué luchan las naciones?

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