Es toda una experiencia acudir al Monte Pelado, esa montaña ucraniana donde las brujas invocan al demonio y celebran sus aquelarres. El compositor ruso Mussorgsky sabía mucho de estos asuntos satánicos. Conocía bien las anotaciones de Matvey Khotinsky sobre brujería y misas negras, y en ellas encontró suficiente material para componer un poema sinfónico sobre esta siniestra, pero fascinante temática. La Orquesta Nacional de España nos ha traído esta composición en el marco de su temporada "Locuras", una oportunidad única para escuchar la obra en una nueva versión.

El director José Miguel Pérez-Sierra debutaba con la ONE
El director José Miguel Pérez-Sierra debutaba con la ONE

Las anotaciones de Mussorgsky en su original, y las de Rismky-Korsakov en la versión que escuchamos, son claras respecto a los episodios que conforman la obra: "reunión de las brujas, discusiones y comadreos, rumores subterráneos de voces sobrenaturales". El director José Miguel Pérez Sierra logró presentar adecuadamente estas acotaciones, mostrando con la música el aspecto exaltado, arrebatado y sarcástico que se le atribuye a estos tremendos episodios. Así, al inicio, las cuerdas perfilaron el "introito" de algo nefasto, y al poco se destacaron los primeros intervalos del Dies Irae, que siempre prefigura escenarios relacionados con la muerte o con lo oscuro. Inmediatamente irrumpieron los metales con su característica melodía anunciando la presencia del demonio y preludiando la misa negra; y al cabo de diez minutos de intensidad, los tañidos de unas campanas lejanas anunciaron la disolución del aquelarre y la vuelta a la calma. Hay que tener una orquesta bien cohesionada y un director perspicaz para lograr que se sienta sobre el Auditorio el tropel de horribles brujas volando sobre sus escobas de paja.

Pero no todo iba a ser siniestro en este concierto. Antes de la audición de Noche en el Monte Pelado, la OCNE propuso una obra insólita e inhabitual en las salas de conciertos Las cuatro piezas sacras de Verdi. Se trata de cuatro obras tardías de carácter devocional. La formación al completo se esforzó en trasmitir el sentir intenso de esta música, pero el resultado se resintió de una acústica pobre en profundidad, como si las voces no llegaran a abandonar su superficie, y se echaron de menos las sonoridades reverberantes de las iglesias con sus paredes desnudas y sus cúpulas. Tampoco el Coro tuvo su mejor día y más de una vez se apreciaron desajustes en las entradas que marcaba el director. Cierto es que estas tachas pueden comprenderse, pero un exceso de ellas quiebra el clima contemplativo y el carácter trascendente de la composición religiosa.

El concierto terminó con otra propuesta que tampoco es muy frecuente en las programaciones, la Sinfonía núm. 4 de Scriabin. Esta obra presenta numerosas dificultades para cualquier orquesta, por ejemplo, las imprecisiones expresivas que anota el propio compositor ("muy perfumado", "Allegro volando", "con una noble y dulce majestad") o las sonoridades volátiles de las flautas y violines lidiando con las irrupciones obsesivas de la trompeta. Ya desde los primeros momentos se percibió este carácter trascendente, casi irreal, mediante un equilibrado ejercicio de abstracción sin licencias, atendiendo al ritmo y a las texturas instrumentales. Pero el mayor logro fue el proyectar la obra constantemente hacia delante, e incrementar la tensión hacia el acorde final, ese brillante acorde de do mayor, culmen de la experiencia extática que supone someterse a un concierto como este.