El concierto de inauguración de la temporada 2022-2023 fue toda una declaración de intenciones de la Orquesta y Coro Nacionales y su director titular David Akfham, desplegando numerosos recursos en un programa ambicioso que conjugaba estéticas diversas y consistentes orgánicos.

El Requiem de Ligeti está deliberadamente despojado de su elemento litúrgico y se concentra en la interioridad y en la penumbra del ánimo humano. Para ello se sirve de una nutrida orquesta, de un doble coro –además del coro titular pudimos escuchar a la Sociedad Coral de Bilbao y al Coro de la Comunidad de Madrid– y de dos solistas, en este caso la soprano Jenny Daviet y la mezzosoprano Barbara Kozelj. 

David Afkham al frente de la Orquesta Nacional de España
© Rafa Martín

Es una obra que se mueve casi siempre en el claroscuro, aun emergiendo de forma violenta en el Dies irae o bien de forma más trasparente en el Lacrimosa. En tal sentido, en el Introitus se requiere una dirección que haga el esfuerzo por contener las texturas, envolver al oyente en el entramado de motivos y voces. Algo que Afkham hizo de forma correcta, aunque costó un poco establecer esa conexión con un público que decidió añadir toses, móviles y ruidos con los programas de mano a la partitura del compositor húngaro. El Kyrie contiene una de las páginas más intricadas de la polifonía del siglo XX: una fuga a 5 voces, que a su vez se despliegan en un canon de 4 voces, resultando así el coro dividido en un enjambre sonoro que crece paulatinamente. La dirección puso particular atención a ese avance inexorable así como al empaste y al soporte tímbrico desde la orquesta, mientras que el coro cumplió dignamente frente a las dificultades técnicas.

En los últimos dos movimientos, destacaron las solistas Daviet y Kozelj, muy atinadas en el tercer movimiento, donde se vieron obligadas a colocar notas muy altas y con grandes intervalos, así como en el Lacrimosa final, ya sin coro, en el que se pudieron apreciar otras cualidades como la calidez de las voces y un buen fraseo, en unos pasajes más serenos. Por otro lado, la orquesta desenvolvió la exigencia rítimica de la secuencia Dies irae para luego volver a recrear esa atmósfera de misterio y oscuridad en el final, con más decisión de lo que sucedió en el primer movimiento. 

Tres coros y una nutrida Orquesta Nacional interpretaron el Requiem de Ligeti
© Rafa Martín

La Sinfonía alpina, op. 64 de Strauss comienza, en cierta medida, donde acaba el Requiem de Ligeti: saliendo de la oscuridad para narrar una apacible jornada de excursión. Esta es la declarada intención de Strauss, sin embargo hay pocas metáforas mejores que la de la montaña para hablar del ciclo vital, de las cimas y los abismos de la existencia, de los riesgos y el éxtasis de la verdad. Así el trascurso de un día en los Alpes se magnifica en música, en uno de los últimos ejemplos de música programática. Strauss era un maestro indiscutible de la orquesta y esta obra lo refleja, proponiendo diversos retos a la orquesta que la interprete. 

Akfham se desenvolvió de manera muy notable a lo largo de toda la obra, dando forma a cada momento (son 22 los números, ejecutados sin solución de continuidad) y estructurando el conjunto de forma coherente a través de los leitmotiv que vertebran la obra. También fue especialmente logrado el empaste sonoro: obviamente brillaron los metales, pero la cuerda también propuso un sonido robusto, sin fisuras, constituyendo realmente los pilares del gran edificio sonoro de este poema sinfónico. Los solistas del viento madera y la sección de percusión destacaron en sus cruciales intervenciones. Afkham oportunamente enfatizó los momentos más dramáticos como En la cima oTemporal y tormenta, con una dirección nítida y enérgica, que reveló un profundo conocimiento de la partitura. 

Al fin y al cabo, las propuestas dispares de Ligeti y Strauss se reúnen en esa primacía de la sonoridad, en el deleite o la angustia a través de la exposición del oyente a una gama de recursos dominados hasta el detalle; y ello muestra la ambición de la OCNE y su director, capaces de brillar frente a una indudable exigencia. Claramente, la labor de Afkham en estos años va dando sus frutos y los miembros de la ONE se muestran cada vez más integrados, fluyendo con naturalidad la música por sus atriles y encontrando un sonido cada vez más equilibrado y solvente en todos sus repartos. 

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