Hágase la luz. Esta parecería la consigna que nos entregaba anoche David Afkham en la cuidadosa selección del programa al frente de la Orquesta Nacional, con Brahms y Ligeti introduciendo la archiconocida obra de Mozart, el Requiem, K626. Una luz errática, que aparece solamente en el ocaso de la existencia humana, una luz eterna porque se sustrae al tiempo histórico, una luz que da el descanso. Singular fue la elección del director alemán de solicitar al público que no aplaudieran hasta el final del concierto, encadenando las obras casi sin solución de continuidad.

El motete de Brahms “Warum ist das Licht gegeben dem Mühseligen?” (¿Por qué la luz se da al atribulado?) es una pieza de sobria belleza, para coro a capela, en la que Afkham supo bien enfatizar las modulaciones armónicas, así como planteó un interesante juego de dinámicas, con un fraseo que se desplegó a lo largo del texto bíblico. Excelente la afinación y el equilibrio del Coro Nacional de España que plasmaron una ejecución apacible, pero de sonoridad rica y plena: el perfecto broche entre la forma y el contenido, muy típico de la obra brahmsiana, y bien llevado a cabo. Mayor dificultad entrañaba Lux æterna de Ligeti, también para coro a capela, que exigió a los miembros del conjunto vocal la constante comprobación de la afinación, mediante un diapasón, aunque en conjunto fue satisfactoria. Lo que se echó de menos fue una mayor definición en los pasajes en pianissimo: aunque la tímbrica estuvo bien lograda, la emergencia de los pequeños motivos no afloró bien. Cabe decir que tampoco el público ayudó demasiado con numerosas y cada vez más ruidosas interferencias, a saber, las toses, algo que en definitiva arruinó la posibilidad de apreciar cabalmente la interpretación.

David Afkham dirige la Orquesta Nacional © Rafa Martín | Orquesta Nacional de España
David Afkham dirige la Orquesta Nacional
© Rafa Martín | Orquesta Nacional de España

Y con un cambio de luces y apenas unos segundos de pausa, Afkham abordó el Requiem de Mozart. Hay que decir que el comienzo no fue ejemplar: el coro parecía no haber desconectado aún de las sonoridades de Ligeti, la orquesta fue contundente en exceso, especialmente el metal, y el público, desprevenido por tanta continuidad entre las piezas, no dudó en liberar las toses durante los primeros compases de la obra. Todo el Introitus presentó algunas imprecisiones en las entradas y no resultó muy convincente tampoco la primera intervención de Ilse Eerens. Con el Kyrie las cosas fueron mejor, especialmente gracias a la certera construcción del fugato y un coro ahora bien equilibrado y compacto. Aquí Afkham demostró claridad en la exposición y atención a la estructura de la pieza, creando un buen clímax. El Dies irae fue enérgico, con un tempo sostenido y buen fraseo, mientras en el Tuba mirum, el trombón fue algo impreciso en la entrada y Florian Boesch pareció algo incómodo, especialmente en las notas bajas, con un fraseo algo entrecortado. El Rex tremendae volvió a mostrar la predilección de Afkham por los tiempos más bien rápidos y la concisión del gesto, aunque se perdió una cierta aura de solemnidad.

El Recordare vio la participación de los cuatro solistas, que se compenetraron bien entre ellos y también con la orquesta y el coro: fue uno de los momentos más logrados, por equilibrio formal y expresividad de todas las partes; en cambio, el Confutatis resultó acelerado en exceso, sin siquiera ofrecer un respiro entre los dos temas contrastantes, lo cual hizo que uno de los puntos álgidos de la obra, transcurriese de forma algo anodina. El Lacrimosa fue muy conmovedor, de gran impacto, aun sin excederse en la potencia, sabiendo ahondar en los pliegues armónicos de la partitura.

Si esta primera parte del Requiem estuvo marcada por algunos contrastes también en la calidad de la interpretación, a partir del Offertorium, el nivel se mantuvo constante y en general resultó convincente. Las intervenciones de los cantantes fueron más apropiadas en conjunto que en los momentos solistas y la solidez la aportó sin duda el Coro Nacional que sigue estando en estado de gracia. En las partes finales, Afkham fue hábil en trazar los vínculos del material que es retomado de las partes iniciales (solución que Süssmayer adoptó al completar la partitura para mantener la obra lo más cercana a la intención del autor), de tal modo que el sentido de cohesión se trasmitió adecuadamente.

En conjunto, fue un concierto bien pensado, pero irregular en su ejecución. Es loable presentar las posibles conexiones de una obra muy célebre con otras con las que encajan bien, aunque por otro lado, esto no soluciona el hecho de hacer propia una obra como el Requiem de Mozart. Afkham lo intentó en el sentido de que no se lo tomó como mero trámite y sin duda le puso intensidad, pero puede que marcara demasiado ciertos contrastes tanto en la dinámica, como en los tempi, lo que llevó a una interpretación algo desigual y más bien lejana de ser memorable.

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