Nueva sorpresa para los asiduos del Auditorio Nacional. Anunciaba la megafonía que por circunstancias sobrevenidas la primera obra programada -la obertura de Orestíada de Taneyev- no se iba a interpretar. Mala suerte para un compositor que se programa más bien poco, y para una audiencia que esperaba una auténtica tragedia, ya saben, asesinatos, venganzas y apoteosis. Directos, pues, al Concierto para piano y trompeta de Shostakovich, una composición genial y disparatada, a ratos divertida, siniestra, endiablada, de esas que lo zarandean a uno de un lado a otro del abanico anímico, pues toca todos los estados, pero no se decide por ninguno.

Una brillante escala y una cómica cadencia conclusiva abrieron el concierto. Los solistas se mostraron seguros y compenetrados en este arriesgado inicio, y sugirieron una interpretación amena y un tanto bufona. Tras una breve intervención del piano, el director Semyon Bychkov dio la entrada a las cuerdas, y éstas presentaron una claridad en la pronunciación y una agilidad en el ritmo insuperable. Un comienzo, sin duda, prometedor. Pero ocurrió que esta maestría de la orquesta dio el contraste a un pianista que no parecía sentirse en su elemento y que mostraba una cierta despreocupación por el discurso en su conjunto. Emborronado en sus conjunciones con la orquesta, tampoco se terminó de acomodar a las exigencias del diálogo musical con la trompeta.

Los solistas Manuel Blanco y Bertrand Chamayou © Rafa Martín
Los solistas Manuel Blanco y Bertrand Chamayou
© Rafa Martín

Sin embargo, si bien incómodo en el conjunto, el pianista mostró en los pasajes a solo un sonido y una variabilidad dinámica encomiables que además fueron in crescendo en el Allegro con brio. Llegado el punto culminante, atacó un trino y acometió un finale imposible, plagado de trampas y dificultades, que vino a poner fin a una primera parte desigual, pero feliz.

La idea subyacente era que sería interesante escuchar al pianista tocando solo, para poder apreciar mejor sus destrezas individuales, pero las propinas las protagonizó todas Manuel Blanco: tres, nada menos. Además, el trompetista de la Orquesta Nacional presentaba su debut discográfico, y quiso ofrecer al público una muestra de sus cualidades musicales. Sobre estas, ninguna pega, pero habría sonado mejor acompañado por un pianista entusiasta que pudiera aportar un sustento más vigoroso a su interpretación.

Semyon Bychkov al frente de la Orquesta Nacional © Rafa Martín
Semyon Bychkov al frente de la Orquesta Nacional
© Rafa Martín

La cosa cambió cuando la Orquesta y el director se quedaron solos con la Primera sinfonía de Tchaikovsky. Uno se pregunta por qué se interpreta tan poco esta obra en favor de otras que son más trágicas. Y no hay que dejarse engañar con los sobrenombres de los movimientos “Sueños de un viaje de invierno”, “Tierra lóbrega, tierra de nieblas”, pues la Sinfonía parece más una contemplación de estos paisajes que una vivencia de los mismos. La melancolía está presente, desde luego, pero la formación supo evitar regodearse en este temperamento por medio de un abrumador sentido del pulso magistralmente marcado por el director.

Además, el tratamiento recurrente del material temático facilita la escucha, pues siempre resultan reconocibles las líneas melódicas. En un director poco avispado esto puede generar aburrimiento, pero con Bychkov ocurre que en cada entonación de los temas principales siempre hay algo de novedoso y sorprendente. Como siempre, el inicio fue representativo de esta tendencia. Primero las cuerdas creando el ambiente, e inmediatamente el tema ruso enunciado por una flauta y un fagot bien equilibrados. La viola toma el relevo y articula nuevamente el tema principal sin encumbrarse, y ahora la flauta comenta de lejos, habiendo cedido el protagonismo. Unas llamadas de las trompas ponen fin al ambiente severo y una brevísima pero eficaz intervención de las flautas pone los medios para que las cuerdas retomen el tema, ahora de manera más vital y más alegre. Seguidamente el clarinete y los violonchelos presentan el segundo tema. El oyente ya está familiarizado con la Sinfonía y puede escucharla sin que su mente se distraiga, porque el director y la orquesta están completamente implicados en la música.

Sobrecogedoras las cuerdas al inicio del segundo movimiento, la “tierra lóbrega y de tinieblas”, pero es necesario destacar la inigualable intervención del quejumbroso oboe, que trazó admirablemente los contornos de esa tierra, tan brillantemente acompañado por el fagot y por la flauta; y la de las trompas hacia el final del movimiento cuando, recuperaron el tema principal.

Indiscutible, como ven, la Orquesta Nacional, y aún quedaban los pasajes de virtuosismo, el Scherzo y el Allegro maestoso, con sus insuperables pasajes fugados que siempre ponen a prueba a cualquier orquesta. En esta ocasión el pasaje fugado contiene una exigencia de velocidad sólo al alcance de los más hábiles, por lo que es obligado mencionar y aplaudir a los contrabajistas de la orquesta. Una segunda parte que, nuevamente, deja muestras del excelente estado de forma de la Orquesta Nacional y de la razón por la que Semyon Bychkov es uno de los directores más importantes del panorama actual.

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