Lo trágico y la incumbencia del destino están indisolublemente unidos. Su relación genera una tensión temporal en la que pugnan la aplastante sensación de predestinación e inevitabilidad y, al mismo tiempo, el urgente sentimiento de deber hacer algo para evitar un resultado que parece ser ineluctable. Por esta razón, las palabras del propio Mahler sobre el célebre Hammerschlag son reveladoras: “los golpes han de sonar breves y potentes, con una resonancia sorda, no metálica, como un golpe de hacha”. Un golpe que indica un abismo, un momento que no admite reflexiones y reconsideraciones porque más allá del mismo no podemos vislumbrar una esperanza. E incluso la decisión de Mahler de eliminar, en la versión definitiva, el tercer golpe de martillo es significativa en ese plano simbólico: no debemos acostumbrarnos a la irrupción, no podemos sentirnos cómodos en su repetición. Hemos de cargar con su asimetría y misterio.

David Afkham y la Orquesta Nacional de España © Rafa Martín
David Afkham y la Orquesta Nacional de España
© Rafa Martín

Y de hecho, por asimetría y misterio, por la vida como por la potencial destrucción del apego a ella, está marcada toda la sinfonía. Es tradicional en la forma: cuatro movimientos que reproducen las formas clásicas de la sinfonía y ninguna intervención vocal. Sin embargo, el contenido se presenta manifiestamente incontenible en ese marco. Desde el comienzo, con la incisiva marcha de los violonchelos, la sinfonía nos hace entender que los contrastes serán extremos: el dramatismo del héroe, la elegía del denominado tema de Alma, la paz de las sonoridades alpinas y, como no, la rotundidad del trágico final. Todo ello es extremo. Pero hay que saber dosificar los ingredientes para que la ejecución cobre sentido y no caiga en el exceso. En este sentido, David Afkham es muy hábil: cuando se enfrenta a obras de gran envergadura (y además muy conocidas), sabe contener el desenfreno y medir sus gestos para alcanzar el clímax en el momento más propicio.

En el primer movimiento, se articuló con claridad la distinción entre los dos temas: muy rítmico el primero, con el encaje entre la cuerda y el viento, y diáfano y elegante el segundo. Resultó muy interesante la solución de colocar los cencerros, que resuenan en múltiples puntos de la sinfonía, fuera del escenario, de modo que enfatizaban la sensación de lejanía. De hecho, la sección de percusión es tan importante en los momentos delicados como en los más estruendosos, porque en su presencia casi imperceptible, latente, nos recuerda la imposibilidad de deshacernos de lo fatal. En el desarrollo del movimiento, la orquesta se dejó transportar por la energía de su director y la sucesión de contrastes no hizo perder la estructura compacta del discurso global, si bien es cierto que en algunos de los pasajes finales hubo una cierta dificultad en gestionar todos los elementos, y se perdió algo de detalle e intención.

David Afkham © Rafa Martín
David Afkham
© Rafa Martín

El segundo movimiento fue un oasis de calma, con sonoridades nítidas en un tempo bastante contenido, sin llegar a ser laxo. Las intervenciones de las partes solistas fueron correctas y bien amalgamadas con el conjunto. Es esencial que la orquesta llegue a jugar con un volumen muy precario, casi extinguido, pero al mismo tiempo capaz de mostrar los matices. El resultado fue satisfactorio, aunque tal vez se pueda añadir una ulterior gradación, radicalizando aún más la percepción del oyente. A partir del Scherzo, comienza la progresiva marcha hacia el trágico destino final, si bien ese dramatismo toma la forma de un movimiento grotesco, como si reflejara el punto de vista del propio destino que se complace con su juego macabro. La orquesta también comienza a liberarse de ataduras, construyendo un movimiento ágil, que no pierde en tensión narrativa.

Y cuando ya casi estábamos extenuados por los oscuros vaivenes por los que nos ha llevado el compositor austriaco, el Finale arremetió contra nosotros (y contra el propio Mahler) llevando al extremo todo el discurso precedente, intentando fundir todos los planos que antes se sucedían en una única corriente que, magmática, atraviesa los recuerdos pasados, la percepción de la fragilidad del sujeto, la conciencia de que el punto y final está por llegar. En el movimiento conclusivo, Afkham imprimió una orientación decidida, con intervenciones potentes de todas las secciones, aunque, al igual que en el primer movimiento, se percibió un cierto esfuerzo en algunos pasajes por mantener el mismo nivel de expresividad. En todo caso, el resultado en su conjunto fue grandioso y estremecedor y nos dejó ese necesario sabor amargo que transmite la sinfonía.

Para la Orquesta Nacional de España y su director, la Trágica fue una gran prueba que superaron de forma espléndida, ya que la interpretación habló con voz propia y reconocible y que, a falta de algunos detalles, podemos considerar sobresaliente.

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