Cuando se asiste al estreno absoluto de una obra, como en este caso con la partitura de Mauricio Sotelo, hay siempre una importante curiosidad, pero también incertidumbre. ¿Qué nos esperamos de esta nueva creación? Ante todo, nos informamos sobre el autor y sobre su obra precedente y, sin embargo, siempre hay una expectación particular sobre cómo sonará esta pieza concreta. Queda entonces, con prejuicio extra-musical, orientarse hacia el título por si éste nos puede decir algo que nos permita reconstruir en nuestra mente cómo pueda sonar lo que escucharemos. En este caso, la obra, descrita como concierto para piano y orquestra, lleva por título Con segreto sussurro: De vinculis (Con secreto susurro: de los vínculos) que sería una alusión, casi una cita de Giordano Bruno. Ahora bien, de ahí surge otra pregunta, ¿por qué combinarla con la última, inconclusa, Sinfonía de Bruckner?

Pues, las dudas se disipan cuando empezamos a escuchar los primeros compases: ¡algo extraño, y al mismo tiempo…familiar! Sotelo utiliza reminiscencias, perfectamente reconocibles, de la sinfonía bruckneriana, combinando sus sonoridades postrománticas con texturas más rarefactas y un lenguaje ciertamente contemporáneo, pero que nunca pierde su lirismo. En cuanto a la ejecución, pareció (verbo obligado dada la imposibilidad de confrontarla con otras) reflejar bien el espíritu de la obra, con un trato hipnótico de los materiales que se descomponían en la partitura. El solista, Nicolas Hodges (a quien, junto con Afkham, la obra está dedicada), se mostró siempre atento, sabiéndose librar camino entre la orquestra. El tercer y último movimiento lleva por título Scherzo (Bulería), y es en efecto lo más sorprendente, retoma un tema de Bruckner y primero traza un canon a 6 voces en el piano y luego culmina en un diálogo de aires flamencos entre el mismo piano y un cajón. Así se cierra la obra, en una retorcida espiral que casi suena a burla.

El pianista NIcolas Hodes y el compositor Mauricio Sotelo saludan tras la interpretación © Rafa Martín
El pianista NIcolas Hodes y el compositor Mauricio Sotelo saludan tras la interpretación
© Rafa Martín

La segunda parte, la Novena sinfonía de Bruckner, nos recuerda el origen de la obra anterior pero también nos lleva a unas sonoridades en las que el propio Afkham se siente más cómodo. Bruckner fue un hombre muy religioso y toda su obra está atravesada por esa tensión hacia lo trascedente. Su última, inacabada, sinfonía no es una excepción y nos habla, en cierto modo, del misterio de la revelación, tal como nos dice la indicación del primer movimiento (Misterioso, pero también feierlich, festivo y solemne a la vez). Sin embargo, contra la habitual tensión teológica que nos lleva del misterio a la revelación, aquí el recorrido es inverso (y eso a pesar de la indicación del primer movimiento). En la primera parte de la sinfonía se oyen los destellos celestes, pero son sus reflejos que resuenan a través de la potente sección de metal y nos recuerdan la pesadez y el eterno errar del hombre en la tierra. David Afkham marca muy bien esa tensión y libra la fuerza de la orquesta aunque nunca se deja llevar por la complacencia ensimismada del sonido. El segundo movimiento comienza a elevarnos por encima de los sólidos metales con unas texturas más entrecortadas y un discurso más repartido entre las secciones de la orquesta. El segundo tema, con una cierta incidencia melódica popular, nos aleja a un lugar bucólico.

El director titular de la Orquesta Nacional de España David Afkham © Rafa Martín
El director titular de la Orquesta Nacional de España David Afkham
© Rafa Martín
En este Scherzo, compuesto sobre la repetición y alternancia de los temas, tal vez se echa de menos algún matiz más en cada nueva exposición; pero lo principal es llegar al Adagio, al círculo en el que todos somos consummati in unum, consumados en lo Uno. Aquí la densidad de la cuerda nos lleva al más profundo misterio, siendo también la exposición más clara y transparente de la metafísica musical de Bruckner. Cada vez estamos más alejados del contraste, de la oposición: la explosión de sonido es una tensión ininterrumpida hacia algo que quedará inexpresado, que se desarrolla lenta e inexorablemente, con una trama subterránea que persiste bajo los vaivenes de los aludidos motivos más melódicos. La interpretación de este movimiento es impecable, sobre todo, porque es capaz de reflejar esa tensión desde el principio hasta el final, sin ceder y sin exceder, acercándonos al abismo que es el silencio y punto final de la obra del compositor austriaco.

Fue un concierto complejo, de círculos y espirales, de reenvíos hermenéuticos, pero también de cesuras no indiferentes que requieren varios registros de interpretación. Ciertamente un programa que está pensado con atención y esfuerzo conceptuales, y que tal vez se complace un poco de ello, resultando algo desigual a nivel expresivo. En todo caso se confirmaron las capacidades de adaptación y la sana curiosidad por el repertorio contemporáneo de la ONE y de su director, que nos mostraron los vínculos secretos, susurrados entre dos maneras tan diversas de plasmar la materia sonora.