Que hay algo de evocación del mito en las obras de Albéniz y Prokofiev es tan cierto como que el Concierto núm. 3 para violín y orquesta de Saint-Saëns aspira a ser un dechado de clasicismo y música pura. Y a pesar de las distintas intenciones y el diverso contexto en el que surgen las obras en programa, hay algunas conexiones interesantes que nos permiten transitar entre ellas. Como por ejemplo que el París de Saint-Saëns no fuese demasiado extraño a Albéniz o que el propio compositor francés puso música original a una película en 1908, inaugurando un dichoso camino que muchos compositores, entre los cuales Prokofiev, no tardarían en pisar. Y más allá de lo histórico, seguramente las tres obras programadas se pueden considerar de gran impacto emocional y efectiva sugestión.

Antonio Méndez y Joshua Bell durante el concierto © Rafa Martín
Antonio Méndez y Joshua Bell durante el concierto
© Rafa Martín

La suite de Merlín de Albéniz, anunciada como estreno europeo, es un conjunto de cuatro piezas extraídas de la ópera del compositor catalán. El encargo de realizar una trilogía sobre el ciclo artúrico no llegó a concretarse y, si bien Albéniz concluyó Merlín, tampoco esta obra tuvo una fortuna ejemplar. Paralelamente, en México, el compositor Manuel Ponce arregló la orquestación y preparó esta suite en cuatro movimientos que pretende resumir el espíritu de la obra. Sin duda es una composición interesante, aunque Ponce hizo lo posible para que se pareciera a una pieza de Wagner, tardorrómantica o preimpresionista, según se quiera considerar. La tímbrica es esa y en tal sentido la Orquesta Nacional de España con Antonio Méndez, intentó dejarlo reflejado. El director mallorquín condujo de forma regular, sin mucho contraste, aunque ligando bien los varios momentos, sin solución de continuidad entre ellos (lo que nos ahorró algunas toses). En todo caso, fue una ejecución correcta, sin sobresaltos.

Por otro lado, el concierto de Saint-Saëns es un ejemplo claro de un romanticismo académico de finales del siglo XIX: la dialéctica entre orquesta y solista, las melodías líricas o los arrebatos confluyen para hacer de esta obra un concierto equilibrado, ameno y gratificante para el intérprete. En este sentido Joshua Bell no desperdició la ocasión: sonido robusto, sólido, facilidad en recorrer todos los registros, prácticamente irreprochable salvo alguna nota poco asentada. Lo toca con asiduidad y se nota por la intensidad y la expresividad con las que aborda la pieza. Sin embargo, la Orquesta Nacional apareció más bien desligada, mostrando escasa interacción, salvo en algunos momentos del segundo movimiento. Por lo general, pareció que no prestaban demasiada atención al director, dando una sensación de trámite rutinario y contrastando con el pathos del solista.

El Coro de la ORCAM, la Orquesta Nacional y el director Antonio Méndez © Rafa Martín
El Coro de la ORCAM, la Orquesta Nacional y el director Antonio Méndez
© Rafa Martín

La segunda parte de la velada le correspondía a Alexander Nevsky (en la versión sinfónica del Op.78) de Prokofiev: se añadieron el Coro Nacional y el Coro de la Comunidad de Madrid y en uno de los números la mezzosoprano María José Montiel, para una obra de grande impacto y efecto de cara al público. De hecho, esta composición de Prokofiev puede caer fácilmente en la vanilocuencia vacía y retórica, algo que en parte pasó anoche. Méndez probablemente no tomó bien las medidas de las progresiones dinámicas, empezando desde el primer número muy fuerte, especialmente con la entrada de los coros, que fueron, sin duda, los protagonistas. Hubo problemas sobre todo en los momentos de participación más abultada: ahí la dirección mostraba un fraseo rígido, abrupto, una falta de matices en la dinámica y entre las varias capas de color. Es cierto que la obra requiere un toque ‘brutalista’, pero esto no significa que no se cuiden ciertos detalles. Sí que hubo empero un momento realmente destacable y fue la intervención de María José Montiel. A través de su voz, de rico caudal, se impuso una sonoridad interesante, capaz de articular mejor los demás aspectos, con una fuerza dramática que dejó huella en la noche. Por lo demás, la conducción de Méndez no brilló por equilibrio, la atención en las transiciones y la búsqueda de un buen empaste sonoro, cayendo bajo de la retórica del texto patriótico.

En suma, fue un concierto algo por debajo del nivel habitual (que es en efecto muy alto) de la Orquesta Nacional, en el que hubo destellos representados por Bell y Montiel, una conducción correcta, pero no muy trascendente, y un programa que, a pesar de su potencial de implicación del público, se quedó en parte a medias. Hemos podido destacar en otras ocasiones como la ONE sabe adaptarse muy bien a diversos repertorios y directores: en este caso puede que la operación no haya sido del todo lograda, pero podemos afirmar con seguridad que no dejó de ser un concierto interesante y agradable.

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