¿Alguna vez nos hemos parado a pensar en el poder de una melodía? Más allá de sus cualidades musicales, que pueden ser mayores o menores, está el significado que nosotros le damos. Por ejemplo, la primera de las obras que tocó la Orquesta Nacional de España, A la busca del más allá de Joaquín Rodrigo, es un poema sinfónico dedicado a los astronautas de la NASA que le encargó la Houston Symphony con motivo del bicentenario de los Estados Unidos. Tal vez podamos encontrar en los soli de la flauta el sonido de los astros o, a lo mejor una futurística nave a la deriva, incluso los pitidos de alguno de los instrumentos que componen un transbordador espacial, cualquier cosa es válida y, si a uno le convence cuando lo escucha, ¿por qué no dejar a la mente viajar y que cree sus teorías, sus cábalas y que, al final, la obra tenga un significado propio para cada uno?

Lo cierto es que A la busca del más allá es una obra formidable, la composición es exquisita, y una muestra estupenda de la cantidad de música poco conocida que el compositor del Concierto de Aranjuez tiene cogiendo polvo en algún archivo. La interpretación, además, fue excelente, destacó, por supuesto, José Sotorres a la flauta, pero también los percusionistas, la celesta y el arpa que consiguieron crear un timbre intimista, de esos que recuerdan a una cajita de música, también brillaron los metales y, por supuesto, unas cuerdas bien cohesionadas. La orquesta fue capaz de mantener unos pianos increíblemente delicados en contraste con los sonoros tutti. En definitiva, una interpretación excelente.

Ramón Tebar al frente de la Orquesta Nacional de España © Rafa Martín
Ramón Tebar al frente de la Orquesta Nacional de España
© Rafa Martín

Cuando ya todo el mundo se hallaba en un éxtasis terrenal provocado por la música de Rodrigo apareció Pinchas Zukerman con su violín. El afamado violinista israelita se pasea por el escenario como Pedro por su casa: con gran tranquilidad y sin apabullarse, tampoco había motivo para ponerse nervioso con un repertorio que tampoco exige unas cualidades técnicas extraordinarias, excepto tal vez Beethoven, cuyas dobles cuerdas pueden presentarse como un problema para violinistas noveles, pero no para Zukerman. En cualquier caso, Mozart siempre es un arma de doble filo, pues la sencillez de sus obras obliga también a una interpretación perfecta, pues cualquier fallo, por mínimo que sea, puede ser rápidamente escuchado. Para Zukerman no fue un problema, demostró sus enormes capacidades sin despeinarse, un timbre excelente, unos matices explotados al máximo... se encontraba cómodo, y era normal, pues Ramón Tebar le estaba brindando una base excelente. El valenciano, mucho más cómodo que con Rodrigo, dirigió Mozart, Tchaikovsky y Beethoven con elegancia, gracilidad y destreza, sacando unos matices y un sonido a una ONE que estuvo especialmente brillante.

Tras la alegría inocente de Mozart, la pesada melancolía de Tchaikovsky. Zukerman planteó una propuesta un tanto diferente a lo habitual, más sobria, una nostalgia un tanto tímida, velada, la que se lleva por dentro quizás, esa que duele día a día, pero que no evita que uno siga con sus responsabilidades, tal vez fuera más cercana esta interpretación a la deseada por Tchaikovsky para su Sérénade mélancolique, en lugar de las versiones que pecan de una melancolía más fuerte y notoria. Finalmente Beethoven y los contrastes del amor de su Romanza núm. 1, Zukerman los supo mostrar con unos pasajes de dobles cuerdas pesados, casi dolorosos, enfrentados a la delicadeza de los trinos y las tímidas melodías más agudas. En cualquier caso, el público aplaudió a rabiar, probablemente esperando que el israelita nos otorgara una propina que no llegó.

El violinista Pinchas Zukerman durante el concierto © Rafa Martín
El violinista Pinchas Zukerman durante el concierto
© Rafa Martín

La segunda parte estaba dedicada completamente a Rachmaninov y su extensa Sinfonía núm. 2 de en torno a una hora. En ella, el compositor ruso juega constantemente con las expectativas del autor y, como un buen amante, nos deja en muchas ocasiones al borde del clímax sonoro que no llega, en opinión de un servidor, hasta el grandioso tutti del tercer movimiento y el piano posterior. El gran protagonista de esta segunda parte fue Ramón Tebar que propuso infinidad de matices que no siempre la orquesta siguió tan rápido como hubiera sido necesario a pesar de que el valenciano se acuclilló varias veces en el podio con el fin de que los músicos reaccionaran ante el movimiento súbito e hiciesen los contrastes que esta música pide. Pero la mayoría de veces sí que se pudieron escuchar y les quedó una sinfonía brillante, repleta de matices y contrastes, con unas melodías largas y tremendamente expresivas que no hace falta desentrañar porque son de las que van directamente al alma.

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